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TRIBUNAP. Pablo Gabriel Casas Aljama

No vieron un diagnóstico; vieron a Covadonga, su hija

La acogieron como un regalo de Dios, convencidos de que toda vida humana posee una dignidad infinita, desde el inicio de su concepción hasta su fin natural, independientemente de las circunstancias en las que llegue al mundo

Hay noticias que ocupan unos minutos en los medios y se olvidan enseguida. Y hay historias silenciosas que, sin hacer ruido, iluminan el corazón y devuelven la esperanza. La de la pequeña Covadonga es una de ellas.

Cuando Pablo y Mariana esperaban el nacimiento de su hija, recibieron un diagnóstico que habría hecho tambalearse a cualquier familia. La niña tenía síndrome de Down y una cardiopatía muy severa. Los médicos advirtieron de la extrema gravedad de su estado y de que su vida corría un serio peligro. Incluso algunos profesionales les plantearon el aborto como una opción.

Ellos, sin embargo, nunca dudaron. No vieron un diagnóstico; vieron a su hija. Una niña esperada, querida y amada desde el primer instante. Junto con sus otros hijos, acogieron a Covadonga como un regalo de Dios, convencidos de que toda vida humana posee una dignidad infinita, desde el inicio de su concepción hasta su fin natural, independientemente de las circunstancias en las que llegue al mundo.

El parto estuvo marcado por la incertidumbre. La situación clínica era tan delicada que, ante el peligro inminente de muerte, tuve la gracia de administrarle el Bautismo de urgencia. Fue uno de esos momentos en los que el tiempo parece detenerse. En medio de la fragilidad de aquella criatura, brillaba con fuerza la esperanza cristiana.

La familia nunca dejó de rezar. Con una confianza sencilla y profunda, pidió de manera especial la intercesión de san Carlo Acutis. En los momentos más críticos colocamos una reliquia del joven santo sobre el pequeño cuerpo de Covadonga, poniendo su vida en las manos del Señor.

Lo que vino después fue un camino de lucha, cuidados, oración y esperanza. Poco a poco, la pequeña fue respondiendo a los tratamientos. Cada pequeño avance era recibido como un inmenso regalo. La ciencia hizo su trabajo con admirable profesionalidad, mientras la fe sostuvo el corazón de unos padres que nunca dejaron de confiar.

Hace apenas unos días, familiares y amigos nos reunimos para celebrar una Santa Misa de acción de gracias por la vida de Covadonga. Se trataba ahora –un poco más serenos– de dar gracias a Dios por una niña que ha cambiado la vida de quienes la rodean y por una familia que ha dado un testimonio admirable de amor a la vida humana.

Pablo y Mariana han recordado, con su ejemplo, que el amor verdadero no pone condiciones. Que un hijo nunca vale más o menos por su estado de salud. Que la fragilidad no disminuye la dignidad de una persona, sino que despierta lo mejor del corazón humano.

Covadonga continúa su camino, acompañada por el cariño de sus hermanos, el desvelo de sus padres y la oración de muchas personas. Su historia sigue escribiéndose día a día y es, ante todo, una historia de esperanza.

En una sociedad que con demasiada frecuencia mide el valor de la vida por criterios de eficacia, perfección o bienestar, esta pequeña niña nos recuerda algo esencial: toda vida merece ser acogida, protegida y amada.

Quizá dentro de unos años pocos recuerden los informes médicos o los pronósticos iniciales. Pero quienes han conocido a Covadonga difícilmente olvidarán la inmensa lección que una niña tan pequeña ha regalado al mundo: que el amor es siempre más fuerte que el miedo y que la esperanza nunca defrauda cuando se pone la confianza en Dios.

Pablo Gabriel Casas Aljama es capellán del hospital universitario Virgen del Rocío (Sevilla)

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