Los gatos
Durante este verano, no he sido indemne a esas avalanchas de molicie propias de la estación. Y así, he tratado de burlar el aburrimiento utilizando muchas estratagemas. Por ejemplo: rastreando las redes sociales, en busca de vídeos, ocurrencias o curiosidades. La mayoría de ellas, justo es reconocerlo, son escasamente aprovechables, pero hay alguna otra que llama la atención y mueve a la hilaridad por la encomiable estulticia de sus autores.
En una grabación publicada en Facebook, Pacma cuelga un vídeo en que aparece un señor montado en moto, paseando por las calles de un pueblo, a escasa velocidad, a unos galgos convenientemente atraillados, que avanzan al trote sin signo de fatiga alguna. El afán del vídeo es presentar el hecho como un maltrato animal, y así lo acreditan algunos de los comentarios a las imágenes de la grey animalista. Tal pretensión acusatoria mueve a la ternura, porque hay que ser muy ignorante (y muy tonto) para no saber que los galgos necesitan un ejercicio moderado como el que su dueño, en el controvertido vídeo, les procura. Yo veo un galgo y veo, simplemente, a un perro. Y, a la par, recuerdo a mi abuelo, cazador de liebres, en aquellos tiempos lejanos en que el hombre se ayuntaba con la naturaleza en fecunda relación. O a don Antonio Machado, cuando describía a los galgos en «Campos de Soria»:
«...galgos flacos y agudos
que pululan
por las sórdidas callejas...»
Son, desde luego, memorias más luminosas que el repugnante acoso a un ciudadano por entrenar a sus perros. Más que nada, porque ese acoso es una vesania intelectual, propia de quienes creen que los animales son personas y, seguramente, que muchas personas somos solo animales.
Sigamos con el furor animalista: en otra filmación de Facebook aparece una señora retirando comidas o bebidas que alguien ha dejado, cerca de su casa, para alimentar a gatos callejeros. Se conoce que la señora estaba hasta el endometrio de las micciones, excreciones, olores y repugnancias varias de los felinos, y no tenía otro modo de defenderse que cortar el chorro de condumio a los animales. Pero en ese momento aparece un «torquemadín» animalista y la filma, afea su conducta y la acusa, con reseñable desahogo, de estar cometiendo un delito. La señora, desde esa indiferencia que procura a los mayores su edad provecta, sigue afanada en su menester, mientras el «torquemadín» insiste en el ilícito penal. Me pregunto cómo sabe el personaje que un proceder tan simple es un delito. Me gustaría conocer dónde ha estudiado Leyes y qué experiencia tiene en esa disciplina tan compleja como es el Derecho Penal, para atreverse a acogotar (o tratar de acogotar) a una pobre anciana, a mayor abundamiento minusválida, con esos dicterios amenazantes. La señora, justo es decirlo, no se achara y responde con vehemencia e insultos. Se conoce que tenía el genio vivo y que tampoco era especialmente exquisita en las formas. Lo más bonito que le espeta al leguleyo «torquemadín» es hijo de puta.
Todo lo anterior me llevaba a una conclusión: estos animalistas no son malos del todo, solo son «distraidillos» (en rigor no sé qué es más grave) y algo gandules. Pero, como tantas veces en mi vida, al poco de alcanzar una convicción, las circunstancias han venido a mudármela. Como decía el clásico: ¡no hay soberbia que no caiga! Y ahora creo que, aparte de «distraidillos», son interesados y parciales.
En la vida, antes que nada, hay que ser honesto y no cambiar las convicciones según convenga a intereses espurios. Y es que han aparecido en prensa informaciones de que las colonias felinas de Ceuta, desde la invasión de finales de julio, han menguado. No se sabe bien si han sido devoradas por las masas hambrientas o si, por haber estas ocupado los espacios habituales de los mininos, los gatos han preferido cambiar de aires. También se sabe que cazan patos de los parques para comérselos y hacen otras felonías con animales domésticos o semidomésticos. Aun así, ninguna protesta de Pacma ha llegado a mi conocimiento, ninguna denuncia de este partido, ninguna acción reivindicativa… Digo yo, en mi pulcra inocencia, si no será que solo son animalistas cuando lo que se discute es lo puramente español (la caza, los toros, las costumbres…) y olvidan a los animales cuando quienes los agreden son enemigos de nuestras tradiciones, formas de vida y usos.
Yo pienso en los gatos y rememoro su eficaz y esquiva presencia en las casas de pueblo, en los cortijos, siempre en su pertinaz lucha contra ratones y reptiles, en una extraña e interesada asociación con el hombre, en esos tiempos, ya lejanos, en que los animales eran solo animales. Ahora son animales humanizados, en una especie de combinación antinatural, que a los primeros que perjudica es a ellos mismos, en tanto los priva del desarrollo de sus instintos, de su verdadera esencia, de su animalidad inmanente. También recuerdo la poética descripción que de los gatos hace Baudelaire, cuando estos eran solo animales, hermosos animales altivos:
«Con pose pensativa adoptan los nobles aires
de esfinges solitarias tumbadas al desgaire
que parecen sumidas en un sueño sin prisa»
Y, entonces, columbro que esta humanidad, ayuna ya de poetas auténticos y ahíta de «comeollas» ignorantes, tiene un porvenir poco alentador, porque se preocupa de humanizar a los animales mientras animaliza a los hombres, relativiza las normas morales y criminaliza los hechos más cotidianos y naturales de las personas normales. Menos mal que el porvenir es una entelequia. Ya lo decía mi admirado poeta Ángel González, que antes de ayer habría cumplido 101 años: «Te llaman porvenir, porque no llegas nunca». Esa esperanza tengo: que el porvenir que pretenden esos especímenes animalistas no llegue nunca.