Al tenazónRafael del Campo

Id y dominad la tierra

«Tras los incendios devastadores hay causas muy tangibles, muy materiales: política errática, falta de planificación y escasísima aplicación de fondos»

En estos días arde la tierra y el hombre (el hombre que piensa, quiero decir) percibe que frente a la naturaleza, su aparente supremacía es mera petulancia. Ejemplos los hay, y muy recientes: frente a nevadas, volcanes, danas, terremotos, el potencial del hombre ha sido insuficiente. Hace pocas horas, en las estribaciones montañosas de Córdoba, en Cerro Muriano, hemos sufrido un incendio (felizmente controlado) y, por tanto, hemos sentido el miedo a la devastación, el aliento de la impotencia y el horror. Pero en Madrid y Ávila y en otras geografías de España ese horror es realidad: las consecuencias son destructivas, arrolladoras, inconmensurables.

Casi todos nuestros políticos culpan de estos desastres al cambio climático. Eso y nada es lo mismo. No existe el cambio climático. Sí existe una evolución climática, natural y constante, mantenida y permanente desde que el mundo es mundo, porque el clima es efecto de la naturaleza, la naturaleza está viva y todo lo vivo evoluciona. Por tanto, el cambio climático, entendido como una maldición de nuestros días, no existe. Culparlo o es un modo de escurrir el bulto o es un infantilismo enternecedor, porque el «cambio climático» no tiene identidad individual o aprehensible. Atribuir los incendios al cambio climático sería tanto como culpar de un accidente al destino, del atardecer a la melancolía o de la luz al calor, en una metonimia absurda y disparatada. Sólo un partido, por cierto verde en su simbología cromática (aunque no «ecolojeta») ha expuesto lo obvio (e incontrovertible) como solución: no malgastar el dinero y aplicarlo a gestionar inteligentemente las masas forestales, a promocionar el mundo rural y a tornar a la tradición y al sentido común.

Porque tras los incendios devastadores hay causas muy tangibles, muy materiales: política errática, falta de planificación y escasísima aplicación de fondos. A pesar de los incendios de estos años pasados, a pesar de que hemos tenido un otoño y una primavera lluviosos, la prevención ha sido nula. Y las inversiones mínimas. No se puede hablar de que los incendios son imprevisibles: las experiencia de años anteriores y la situación de los montes conducen una certeza: habrá más incendios monstruosos. Y la solución no es lamentarse. Es inaplazable, primero, un cambio de mentalidad, y excluir (sí, excluir) del ámbito de influencia en esta materia a todas aquellas asociaciones, grupos o colectivos que obstaculizan la adopción de medidas tradicionales y racionales en la gestión del campo. Hay, en segundo lugar, que cambiar la legislación represiva que sufren las gentes del campo, a los que se impide por sistema, de hecho o de Derecho, aplicar los usos que tradicionalmente han permitido el control de la naturaleza y la evitación de incendios: podas, cortafuegos, caminos… Y, finalmente, y por no extenderme más, invertir en prevención y medios. Yo creo que, entre otros, los fondos para ello podrían venir de las ayudas públicas que se otorgan a entes presuntamente ecologistas: seguro que están de acuerdo en que les retiren las subvenciones si con ello se consiguen medios para prevenir y evitar incendios y proteger y salvaguardar la Naturaleza que tanto aman.

Como colofón: bastaría con seguir el mandato bíblico: «Id y dominad la Tierra». Porque la naturaleza debe ser embridada y cuando se la deja desmandarse nos arrasa. Ahora bien, en este mundo de jerarcas europeos, y regidores ignorantes, imbuidos de una cultura exclusivamente urbana pasa lo contrario: hemos abandonado la tierra y la tierra nos domina a nosotros y las consecuencias están a la vista.

Os dejo este poema que dice algo de mi profundo amor por la Naturaleza y de los buenos y muchos momentos que he disfrutado confundido en ella.

He encontrado el consuelo de mis días terrestres

en la inmensa llanura donde crecen los pájaros

y los árboles trinan su vegetal contento.

En cielos verdecidos por mares de retamas

y en el polvo azulado que agita el remolino

de un verano que anuncia la lengua del otoño.

En la flor impostada que crece en el invierno

y en la sombra marchita que me brinda la nieve

cuando cae con fecundo silencio sobre el alba.

Árbol, pájaro, nieve…en mis días terrestres.

Nos vemos, si Dios quiere, en septiembre. No sabemos cuánta parte de España estará calcinada entonces.

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