Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

Yo me leí tres de Vizcaíno Casas

«Diseccionó la España de antes y leerlo hoy es un gesto de osadía y hecho contracultural»

Era finales de agosto, corrían los finales de los 90, y aquella tarde los muchachos y yo habíamos quedado en casa de los abuelos de Lucía. Era esta una vieja casona, casi abandonada, por Huerta de los Arcos, Brillante arriba. Ella nos había invitado a unos cuantos a su casa, a pasar la tarde de verano, porque sus padres estaban en un sitio pijo de Cádiz, y nadie tenía nada mejor que hacer. Por entonces algunos -no demasiados- íbamos de modernos. A algún insensato se le ocurrió, incluso, poner un cedé de Patrullero Mancuso en el estéreo.

Como si nada, enfilados, uno a uno, había un montón de vespinos aparcados en la puerta de la casa de los abuelos de Lucía.

Meses antes -porque ella y yo repetíamos COU en el Ángel de Saavedra tras ser expulsados de mil colegios de pago-, Lucía me había pasado, de extranjis, el examen de matemáticas la noche de antes del delito -su madre era la profesora-, y eso siempre será algo que, nobleza obliga, le agradeceré toda la vida. Así que aprobé mates con un elegante y criminal 5 raspado. Claro que eran otros tiempos. Y, entonces, así fue cuando ella y yo nos enamoramos por primera vez.

La casa de los abuelos de Lucía constaba de una vieja alberca vacía con una historia romana desde hacía siglos -ya sabes, Córdoba-, amén de la casona, de unas caballerizas inútiles, y de un viejo mundo decadente que se desmoronaba pero del que nadie tenía que decir por qué no. O eso creíamos. Como nuestras supuestas élites económicas y culturales del lugar que nunca estuvieron a la altura. Ni estarán. La fiesta de aquel fin de semana, en la casona, iba cambiando como una turbulencia de chicas descocadas y tipos que nunca creyeron en casi nada. Pero Lucía y yo íbamos por libre. A otro rollo.

Tras ponernos dos vinos, ella y yo nos perdimos entre los cien cuartos de la casa de sus abuelos. Vimos una cocina de suelo de mármol, un tocadiscos de pizarra, camas de colchón de lana, pasillos hacia ningún sitio con paredes desconchadas, cuartos de estar imposibles con los muebles cubiertos de sábanas, cuadros del siglo diecinueve venidos a menos. Hasta que me llevaste a la biblioteca de tu abuelo, Lucía.

Por entonces, digo, eran finales de los 90 y algunos colaborábamos en un fanzine. Veníamos de leer a Jünger, a Ray Loriga, a Ortega, a Jose Ángel Mañas- el de Historias del Kronen-, a Jardiel Poncela, a Bukowski. a Jorge Manrique, a un par de tipos a los que hoy fijo llaman nazis. Lo que nos molaba. Normal, bro. Pero es que todo lo demás nos aburría.

Y, de repente, mientras Lucía hablaba de algo no tan importante, recorriendo la vieja biblioteca de su abuelo, cogí un libro de Vizcaíno Casas, casi al vuelo. Y fue entonces cuando me dijiste, Lucía, que eso no molaba, que yo estaba fuera de onda. El libro se titulaba «De camisa vieja a chaqueta nueva» y me reí leyéndolo como un enano. Después vinieron otros: «...Y al tercer año, resucitó», «Chicas de servir» o «Historias puñeteras». Al poco, Lucía me dejó.

Fernando Vizcaíno Casas fue uno de esos últimos tipos escritores españoles que tuvo el lujo de escribir lo que quiso, en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia. Fue ese único tipo que vendió más de cuatro de millones de libros en España, y no hace tanto de ello. Cachondo, risueño, apolítico a su manera, considerado «outsider» hoy en día, Jefe de Centuria del Frente de Juventudes -que nadie se moleste, tranquilos chavales de la cancelación: siempre tendréis tiempo- en su mocedad, fue casi el último escritor que escribió acerca de lo que le dio la gana en una España inaudita, casi sin recibir cancelaciones varias. Diseccionó la España de antes y leerlo hoy es un gesto de osadía y hecho contracultural. Al loro. Y eso no está al alcance de cualquiera.

Nunca me atrevería a decir que yo soy un gran tipo, porque, como todos, llevo algunas penas cargadas en la mochila. Ni tan siquiera podría decir que Lucía fue el amor de mi vida. Pero de lo que sí estoy seguro es que la próxima vez que usted vea -porque lo verá- un libro de Vizcaíno Casas en cualquier lado, en cualquier estantería de biblioteca de segunda mano, en cualquier casa, debería pararse, cogerlo, y devorarlo. Porque, antes de que lo prohíban, me lo agradecerá. Y aunque a usted le llamen fascista, con cuernos y rabo incluidos, y pete de azufre como el mismísimo demonio.

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