El codazo de Tassotti
«Aún no sé por qué el Estado español no ha exigido la extradición de este ya entrañable criminal futbolístico romano y de su cómplice húngaro»
El que sería futuro central de la selección italiana Mauro Tassotti nació un diecinueve de enero de 1960 hacia las cuatro de la tarde en Roma, en un parto difícil para su madre, en un barrio de las afueras de la ciudad eterna. Algo después, ya de crío, sobrevivió dando palos a los monederos de las monjas del romano colegio católico del barrio de San Basilio donde cursaba primaria y a los cepillos de las parroquias romanas más cercanas. Entre tanto, comprendió, estudió, masculló y atisbó lo que era la criminalidad.
Recién aprobado párvulos, a los seis años, durante los recreos, las otras madres fueron progresivamente apartando a sus hijos de su lado -ante el escándalo de la señora Tassotti- asustadas por las entradas asesinas del futuro central de la selección italiana al resto de los jugadores impúberes e ilusos que cursaban primaria junto a él en el Liceo. Pobres diablos. Había días bonitos en la familia Tassotti, cómo no. Siempre fueron un modelo de conducta los Tassotti. Tardes de sábado viendo películas de Marcelo Mastroiani y Sofía Loren en el cine del barrio o escuchando canciones de Adriano Celentano en el «picú» del cuarto de estar del pequeño piso del extrarradio. Es más que probable que aquel joven imberbe Mauro jugara a los soldaditos de plomo y -como según luego se constató- a quemar rabos de lagartijas, a plomear palomas sobre los campanarios de las iglesias del barrio de Trastévere y a mangonear a atractivas mujeres turistas nórdicas mientras estas tiraban fotos al Coliseo con una cámara Nokia en la década de los 70. Aún cuentan los carabinieri que el muy cabrón exigía impunidad legal ya a los siete.
Atardecía en Roma -y todos sabemos que esta es la «única» ciudad: las demás solo son ganas de fastidiar- cuando la señora Tassotti, enfundada en su delantal, guisaba canelones con callos en una enorme olla cómo probablemente nadie más lo hacía en media Roma de esa vieja Europa que se nos escapa entre los dedos. Mujer de carácter, la madre de Tassotti era madrugadora, limpia, y siempre quiso lo mejor para aquel hijo travieso que nunca supo barrer un balón en un campo de tierra sin llevarse por delante media docena de esguinces del equipo contrario por el camino, ya de paso. «Tassotti, coño, Tassotti, relájate»: fijo le dijeron en aquellos descampados italianos de principios de los 70, tan parecidos a los de estos lares por aquella época. Pero él tenía guardado lo mejor. Aún las coladas colgaban de los tendederos de los balcones en la vieja Roma.
Mauro creció y cómo. Pasó por la cantera de la Lazio antes de ser fichado por el Milán que le hizo hueco en el equipo titular para más tarde ser reclamado por la selección italiana y pertrechar el bandidaje en la zaga de la absoluta.
Aquella mañana del 9 de julio de 1994 se jugaban los cuartos de final del campeonato mundial de fútbol entre España e Italia en el estadio Foxboro de Boston, Massachusetts. Arbitraba el húngaro Sàndor Puhl y ya desde el principio se masticaba la tragedia en el ambiente húmedo de aquel césped de la costa este como en un remedo de primera guerra mundial europea entre imperios a punto de desaparecer. Húngaros, italianos, españoles. Empezaron marcando los italianos con gol de Dino Baggio, empataron los de la Furia con un zurdazo de Caminero. Se pusieron de nuevo por delante los de la Azzurra con un disparo de Roberto Baggio batiendo a Zubizarreta, cómo no, en el minuto 88 de partido.
Minuto 93, dos a uno para los italianos, codazo de Tassotti a Luis Enrique que manchó de rojo espeso el área pequeña italiana de la cancha de Boston. Sàndor Puhl prefirió mirar hacia el cielo y no pitó penalti. Tassotti, con la cabeza gacha, sintió vergüenza por primera vez desde que nació. Cuando el húngaro pitó el final del partido, solo se firmó un sangriento armisticio de zamarras manchadas de sangre. Los italianos vestían de azul y los españoles de blanco.
Lo leí siendo un adolescente en una de aquellas crónicas legendarias de José Luis Garci sobre el Mundial de 1994 para ABC, cuando los árbitros gastaban bigote, eran panzudos y nos recordaban al tendero del ultramarinos de nuestro barrio, antes de hablar cuatro idiomas y ser carne de gimnasio como los actuales.
He superado muchos traumas en mi vida. La muerte de Chanquete en «Verano Azul», una docena de fracasos sentimentales, que mis artículos solo los lean mi madre y sus amigas, la Argentina vencida en la Guerra de las Malvinas -volveremos-, la derrota de la España de Eloy ante Bélgica por penaltis en el Mundial de México en 1986, la subida del precio de la caña en el Bar Correo, el cierre del bar Balmoral de Madrid, la espantada de Mary Poppins volando con su puto paraguas dejando tirados a aquellos feos críos ingleses (Dios, esto es demasiado fuerte), el nunca haber tenido un Renault 5 Turbo, el que mi asesor fiscal no me coja el teléfono, la imbecilidad que nos rodea, que me expulsaran de diez colegios de pago, o que Rick Blaine no se fuera con Ilsa Lund al final de «Casablanca».
Pero lo que jamás podré superar es aquel partido en el que ese central llamado Tassotti dio un codazo a Luis Enrique rompiéndole la nariz en el Mundial del 94. Aún no sé por qué el Estado español no ha exigido la extradición de este ya entrañable criminal futbolístico romano y de su cómplice húngaro para que purguen sus delitos con cien años en galeras.
Los Mundiales de fútbol han cambiado mucho, claro, y algunas cosas han ido a peor, a mucho peor. Una, que ya no esté Julio Salinas haciendo lo imprevisible en el área contraria, casi siempre para mal, pero cómo disfrutábamos. Otra, sobre todas las demás, que Juan Carlos Rivero comente cualquier partido de fútbol. El notas.