Viernes criminales
«Sé de algunos colegas de aquel botellón que, después, iban a dar palos y atracos por media Córdoba»
Le vi venir. A ese notas. Quise evitarlo, de veras, pero fue imposible. Él llevaba la faca escondida en el bolsillo de atrás de los pantalones vaqueros; yo, el coraje en las entrañas. Cuando, imperturbable, se metió la mano en los jeans, tomé los dos pasos para atrás de rigor. Sabía que iba a por mí.
Corrían mediados de los 90. De aquel botellón, a él era al único que no conocía personalmente. Pero sabía, porque me dieron el soplo, que además -me enteré después- siempre llevaba escondido un «hierro» bajo el anorak. Bendita suerte la mía. Sin embargo, era el más noble de todos los que estábamos en aquel botellón de la Plaza de Toros de mediados de los 90´s: pijos malos expulsados de mil colegios privados, skinheads de las Margaritas, chungos de La Salle, punkies nazis locos del Centro y rockers de la Avenida de Barcelona. También estaba lo más granado del López Neyra. Sé de algunos colegas de aquel botellón que, después, iban a dar palos y atracos por media Córdoba. Algo inaudito y a su manera noble pasaba por entonces, en aquellos viernes de los 90, imposible en la actualidad por otra parte. Nadie dijo nunca que no a nada, ni nadie se quejó. Nunca conocí a gente más fiel, noble y más criminal. Pero eran mis colegas. Y estábamos vivos. Se trataba de sobrevivir.
La cosa era fácil. Llegaba el viernes -porque todo, lo sabemos, ocurre los viernes- por la noche, nos juntábamos y alguien pedía quinientas pelas por cabeza para pillar priva. Vale. La mitad de aquellos que frecuentábamos el delito, cualquiera que fuere, llevábamos mil pelas y algo suelto para llamar por teléfono desde una cabina, por si las moscas y la bofia o nuestras madres católicas hacían de las suyas. Poco más. Caía la tarde, joder si caía, y la vida se abría como nunca. Si veíamos a un «moderno» o a uno de la Tuna, los corríamos. Bolsa de plástico en el colmado de 24 horas con dos botellas de Dyc, cola, hielo y un paquete de Fortuna.
Así crecimos algunos, entre otras cosas. Con el tiempo, nos hicimos mayores, mientras esquivábamos la trena y la madurez. De pronto, casi sin darnos cuenta, llegaron las responsabilidades para hacernos la puñeta. Nos casamos, tuvimos hijos, un curro mal pagado, votamos a la derecha o a la izquierda, surfeamos el delito de odio hasta ser atrapados por su gran ola, nos volvimos aburridos y previsibles.
Los malentendidos, la trifulca, el desparrame violento siempre ha sido consustancial al hombre, a la civilización, a la melopea existencial. Hace ya unos años, saltó la noticia de dos tipos rusos que se pegaron de tiros en un supermercado tras una acalorada discusión en torno al filósofo Kant. La discusión acabó en un tiroteo sangriento un frío septiembre de 2016 en un supermercado ruso, más allá de los Urales, con uno de aquellos benditos y locos rusos hospitalizado con heridas en la cabeza. Y todo por esa romántica idea de la defensa de los presupuestos metafísicos de Don Immanuel Kant, nacido doscientos años antes. Estos rusos a veces son maravillosos.
Todos los años, al llegar la primavera cordobesa, se desata el torbellino, la mandanga, el estropicio, la bulla, el fartusqueo. Como dos yonquis por una papela, las discusiones se multiplican en torno a cualquier asunto baladí o no tanto.
Salvando las distancias, siempre soñé con que en cualquier supermercado cordobés como un viejo Pryca surgiera una discusión metafísica similar y a tiros sobre el origen del término «vargas», como aquello de Rusia -pueblo vivo, contradictorio y tradicional, al fin y al cabo-, en el que dos cordobeses de piel fina discutieran sobre el origen del término cordobés. El origen está en la legendaria venta antaño situada en la avenida del Brillante, quillo: diría uno. Que no, cipote, que es un acrónimo de Valdepeñas y gaseosa: contestaría el otro. Y, de pronto, uno de ellos soltaría un: «¿Quieres bulla?»; y el otro respondería: «¿A que te doy, gañán?» Naturalmente, la cosa saldría de madre y pum pum pum. Para el hospital. Mucho mejor que una discusión virtual en Forocoches. Dónde va a parar. Sujétame el cubata, que voy.