La verónicaAdolfo Ariza

¿A qué comparar el poder de la Gracia sobre nosotros?

«Lo cierto es que un dato tan difícilmente analizable sobre el papel – como es el del poder de la Gracia en el alma - es mostrado a través de un libreto llamado a ser encarnado sobre unas tablas»

Decía el teólogo Hans Urs von Balthasar que para entender muchos de los datos de la Teología «no es de menor monta» reflexionar sobre experiencias como la que el escritor francés, Paul Claudel, parece reflejar en su obra de teatro El zapato de raso a través de sus protagonistas Doña Proeza y Don Rodrigo. Es más, considera el teólogo, ciertamente provocando, que no es irrelevante el amor de Claudel por su amante polaca, que le sirvió de modelo para el personaje de Doña Proeza.

Lo cierto es que un dato tan difícilmente analizable sobre el papel – como es el del poder de la Gracia en el alma - es mostrado a través de un libreto llamado a ser encarnado sobre unas tablas. Son cuatro las imágenes de las que se vale Claudel para tamaña tarea en la que la Literatura – en este caso el Teatro – pone ante el entendimiento (la imaginación) la metáfora, la imagen puede que pueriles o incluso frívolas y sin embargo necesarias. A todo esto uno de los personajes lo llama: «intérprete de sus balbuceos».

La primera es la de la Música – Doña Música -. Una Doña Música que es capaz de estar en el alma más dura y esquiva «sin que lo sepa» y que en el más aterido de los soldados consigue que sin conocerle aún arrostre «tantas fatigas al frente de sus soldados», dé «de comer a los pobres» y perdone a sus enemigos. Una Doña Música que quiere mezclarse con «todos y cada uno de sus sentimientos como una sal centelleante y sabrosa que los transforme y los limpie»; y todo de tal manera y con tal fuerza que Doña Música cavila: -«¡Me gustaría saber cómo va a arreglárselas en adelante para estar triste y para obrar el mal aunque quisiera!».

Una Gracia –en forma de Música - que desea ser para el alma «rara y común como el agua, como el sol… Agua para una boca sedienta, que, a poco que uno se fije, jamás sabe igual». El trasunto no está exento de cierta estrategia: -«Quiero colmarlo de golpe y dejarlo de pronto, y que no tenga entonces ningún miedo de encontrarme, ni con los ojos, ni con las manos, sino sólo el corazón y con ese nuevo sentido del oído que en nosotros se abre… Ser para él rara y común como la rosa cuyo perfume, aspirado una sola vez, se percibe todos los días mientras dure el verano».

Segura de su victoria exclama: -«¡Qué alegría poder colmar un corazón que me aguardaba! […] Donde él está, siempre estoy yo con él. Soy, mientras trabaja, el murmullo de la fuente piadosa. Soy el pacífico trajín del gran puerto a la luz del mediodía. Soy mil aldeas por doquier, con cosechas que nada han de temer del pillaje ni del recaudador. Soy, en mi pequeñez, esa alegría bobalicona en su rostro rudo, la justicia en su corazón, el gozo que hace resplandecer su cara».

La segunda de las imágenes es la de la Luna y su luz que solo puede bañar el alma en la oscuridad pero que es tan candorosa que al alma «entonces nada le resta por hacer; no ha de ocuparse ya en reemplazar incesantemente lo que la vida le arrebata: cede – no le importa porque sabe que yo la sostengo -, cree, se repliega en sí misma, se siente llena, flota, duerme».

Esta Luna – con «manos inefables» que «acarician a los que lloran» - tiene muy claro que «todas las criaturas a la vez, todos los seres – los buenos y los malos – están inmersos en la misericordia de Adonai, el Señor». Si ella misma se pregunta – «¿Cómo podrían desconocer esta luz que no está hecha para los ojos del cuerpo?» -; ella misma se responde entendiendo que es «una luz cuyo destino no es ser vista, sino bebida: para que de ella beba todo ser viviente, para que todas las almas, a la hora del reposo, beban y se bañen en ella».

La tercera de las imágenes viene dada en la forma de las aguas bautismales. Unas aguas con respecto a las cuales el alma está prendada: -«¡Llévame por fin a esas aguas en que fui bautizada!». Unas aguas que por todas partes bañan y penetran. Y todo de tal modo que el alma exclama: -«¡Me bañan y no puedo probarlas! ¡Es un rayo que me atraviesa, una espada que me divide, un horrible hierro candente aplicado al nervio mismo de la vida! ¡Es la efervescencia de la fuente que se apodera de todos los elementos de mi ser para disociarlos y recomponerlos! ¡Es la nada en que muero a cada instante y el aliento de Dios en mi boca que me resucita! ¡Suprema dulzura! ¡Y es el inmisericorde tirón de la sed, el horror de esta sed espantosa que abre mis carnes y me crucifica!».

La cuarta, sin lugar a dudas, es la más sugestiva a la par que provocadora. Uno de los protagonistas – el amante - reconoce, en su búsqueda de lograr «mística liberación de nuestro ser» y la consabida incapacidad, que el poder de la Gracia es semejante al «poder de la mujer» sobre el enamorado. De tal manera que la amada reconoce también que la fuerza por la que ella ama no es distinta de aquella que los hace existir. Es ella quien se experimenta «siempre unida a aquello de te da vida eterna». Y todavía más: -«No es más íntima la unión de la sangre con la carne que aquella con que Dios me hace sentir cada latido de este corazón en tu pecho que a cada segundo de la eternidad bienaventurada se junta y se separa del mío».

Luego como se exclama al principio de la obra: -«Pero, Señor, no es tan fácil huir de vos…».

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas