Por todos en general y por nadie en particular
No han sido pocos los medios de comunicación que se han aventurado a definir Cor ad cor loquitur como un «disparar sin apuntar»
El pasado 3 de marzo, la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española publicó una nota doctrinal sobre el papel de las emociones en el acto de fe con el newmaniano titulo Cor ad cor loquitur. No han sido pocos los medios de comunicación que se han aventurado a definir la nota como un «disparar sin apuntar» a realidades como los retiros de Emaús, Hakuna o la Renovación Carismática a través de los denominados seminarios de vida en el Espíritu y que han hablado con respecto a la citada nota de un «título confuso», de un «ambiguo mensaje» o de una «dura advertencia».
Ya se entiende que la recepción por parte de los medios de comunicación de una nota como la citada siempre va a estar expuesta a la «división de opiniones»; división de opiniones que, por otra parte, no será sino reflejo del mismo hecho en el seno de la Iglesia (En este caso, de la Iglesia que peregrina en España).
He de confesar que a estas alturas no se me ocurre una mejor perspectiva que tomar la de San Agustín en el comienzo de su De Trinitate: «Quien esto lea, allí donde comparte conmigo la certeza, avance conmigo; allí donde comparte la duda, busque conmigo; allí donde reconoce su error, venga a mi campo; y donde reconoce el mío, llámeme a la verdad. Así caminaremos juntos por el camino de la caridad hacia Aquél de quien se dice: ‘Buscad siempre su rostro’ (Sal 104, 4)» (De Trinitate, I, 3, 5). De ahí que estimo, con toda la humildad que me sea posible, que no hay una mejor forma de recibir la nota que entenderla como destinada todos en general y nadie en particular y así ahondar en el agustiniano «caminar juntos».
Honestamente - con la nota - considero que no está de más el mirarnos para comprobar hasta qué punto no nos hemos convertido en consumidores «experiencias de impacto y buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual» (4). Con sinceridad considero también que no nos hace ningún daño pensar por un momento si hacemos «depender la fe de la intensidad de la emoción reduciéndola a la medida del sentimiento y a lo placentera que pueda resultar» (8). No estamos exentos del drama que sería otorgar la dirección de la propia vida «al estado de ánimo del momento» o de «un profundo temor al futuro y a todo compromiso perdurable» (8).
No solo una realidad como la de «los nuevos métodos o herramientas de evangelización» está exenta del «peligro de pretender suscitar algunos comportamientos mediante un ‘bombardeo emocional’» o de desarrollar una «‘presión emocional del grupo’ que hace que los individuos se vean obligados a ‘sentir’ lo mismo que los demás para no automarginarse de la experiencia» (10). De ahí la pertinencia de una Nota que va por todos en general y por nadie en particular.
La nota es un aviso para navegantes que nos invita a ser precavidos «ante los sentimientos y las emociones que simplemente proporcionan bienestar al sujeto». En ningún momento conviene olvidar que «a una fe basada en sentimientos agradables y positivos le repugna la cruz» y que «Cristo, por el contrario, llama a cargar con la cruz y a seguirlo» (26).
El «por sus frutos lo conoceréis» suele ser una «prueba del algodón» infalible. Sería un reduccionismo necio donde los haya pensar única y exclusivamente en estas nuevas realidades al leer pasajes de la nota como los que siguen: A) «Los frutos de los nuevos métodos de evangelización, por tanto, pueden medirse por su capacidad de integrar en la comunidad y de despertar la pregunta por la propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (‘¿Para quién soy yo?’). Es decir, por su capacidad de generar y acompañar las diversas vocaciones que el Espíritu ha suscitado en el cuerpo de la Iglesia (cf. 1 Cor 12, 11)» (32). B) «La fe no puede quedarse en una experiencia meramente emocional, sino que se traduce en la caridad hacia lo más pobres en el testimonio y el servicio que transfiguran el mundo haciendo presentes en él los valores del Reino» (33).
Puede que haya sido providencial la nota para recordarnos – ya se sabe a que todos en general y nadie en particular – «el peligro de reducir la liturgia a un mero ‘devocionalismo’ que potencia el subjetivismo sentimental frente a lo comunitario, objetivo y sacramental» (36).
Por lo demás, asumamos la nota como un exhortar «con auténtico corazón de pastores» por parte de los Obispos de la Comisión de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal y, desde la humildad, dejemos que el Espíritu nos regale «una sana afectividad en la experiencia creyente» (38).