La verónicaAdolfo Ariza

¿Víctimas de tanta autocontemplación?

«La conciencia se convierte en lo que se llama sentido moral, la llamada del deber pasa a ser una especie de gusto, y el pecado no es ya una ofensa contra Dios, sino contra la naturaleza humana»

El título no es mío, sino de John Henry Newman en una de sus reflexiones sobre la idea de Universidad; simplemente lo he formulado como un interrogante. Un interrogante que, por otra parte, puede que su formulación sea especialmente sugestiva más al comienzo, como estaremos a partir del miércoles, de una nueva Cuaresma. Lo cierto es que puede que bordeemos esa autocontemplación cuando se perciben ciertos síntomas, a veces, difícilmente diagnosticables. De dichos síntomas escribía el escritor Charles Péguy lo siguiente: «La gente más honrada, o sencillamente la gente honrada, o, en fin, quienes son llamados así, y a quienes gusta mucho que los llamen así, no tienen defecto en la armadura. No están heridos. Su piel de moral constantemente intacta forma una especie de cuero y una coraza sin defectos. No presentan esa abertura que exhibe una herida horrible, una angustia inolvidable, una pena invencible, un punto de sutura eternamente mal cosido, una inquietud mortal, una ansiedad oculta en la trastienda, una amargura secreta, un perpetuo hundimiento escondido, una cicatriz eternamente mal cerrada. […] Como no carecen de nada, nada se les aporta. Como no carecen de nada, no se les aporta lo que es todo. Ni siquiera la caridad de Dios puede poner un vendaje al que no está herido. Precisamente por estar tirado en el suelo, el Samaritano recogió a aquel hombre. Precisamente porque la cara de Jesús estaba sucia, Verónica se la limpió con un pañuelo. Ahora bien, quien no está tirado en el suelo jamás será recogido, y quien no está sucio jamás será limpiado».

Volviendo a Newman conviene considerar que uno de los consabidos síntomas seguramente se da «cuando el alma solo se siente irritada consigo misma, y nada más». En tal caso, «está claro que se ha olvidado el verdadero sentido de la voz de la conciencia y la hondura de sus barruntos». Puede que, sin darnos cuenta, «el temor» haya sido devorado por «el auto-reproche», limitándonos así al «mero sentido de lo que es correcto y decoroso». De este modo, «la conciencia se convierte en lo que se llama sentido moral, la llamada del deber pasa a ser una especie de gusto, y el pecado no es ya una ofensa contra Dios, sino contra la naturaleza humana». Pongamos un ejemplo para ilustrar: «[…] hombres que tienen grandes virtudes, pero orgullosos, llenos de timidez, maniáticos y reservados»; esto tales están «ensimismados pensando solo en lo que a ellos se les debe, en su propia dignidad y su propia solidez de principios». «Su conciencia se ha convertido, sencillamente, en respetabilidad» y «su único objetivo […] es pintar una superficie suave e impoluta y poder decir a sí mismos que han cumplido su deber». Y lo que es todavía peor: «Cuando actúan mal, siente no contrición, de la que Dios es el objeto, sino remordimiento y una sensación degradante». Por esta razón «se llaman a sí mismos tontos, no pecadores; se ponen malhumorados e impacientes, no humildes. Se encierran en sí mismos; para ellos es cosa ruin pensar o hablar de sus sentimientos; es cosa ruin que los demás puedan advertirlos».

También suele suceder que, «lejos de tolerar el temor como un principio en su comprensión de la verdad moral y religiosa», «se apresuran a llamarlo, sencillamente, superstición y cosa tenebrosa». Lo cual no es sino la expresión de la vieja querella de los antiguos paganos contra el cristianismo: «En lugar de fijar, sin más, la mente en lo bello y lo agradable, entremetía ahí otras ideas de naturaleza triste y dolorosa; hablaba de lágrimas antes que de alegría, de cruz antes que de corona; ponía los cimientos del heroísmo en la penitencia; hacía temblar al alma al dar a conocer el purgatorio y el infierno; insistía en una idea de Dios y de su culto que para la mentalidad pagana resultaba mezquina, servil y cobarde». Como consecuencia de todo este prejuicio desequilibrado lo que quedaba y sigue quedando es la idea aberrante «de un Dios suma Perfección y Omnipresente en cuya presencia somos menos que átomos y que, aunque se haya dignado venir a la tierra, puede castigar tanto como bendecir». En lo recalcitrante del error y para paliar la tropelía «hicieron de sus mentes su santuario, de sus ideas su oráculo, y la conciencia moral quedó en algo paralelo al genio en arte y a la sabiduría en filosofía, nada más».

Consecuentemente el drama es dado por «un intelectualismo sin Dios» en el que no cabe «una doctrina del premio y el castigo». Para ello es muy propia «la insensibilidad de conciencia en la ignorancia de la misma idea de pecado», así como una más que engreída «contemplación de la propia solidez moral». En definitiva, la autocontemplación.

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas