EditorialLa Voz de Córdoba

Aislados y obedientes

Las borrascas y su gestión nos han obligado al refugio

Una de las imágenes más impactantes que han dejado los días de borrasca ha sido la de las calles prácticamente desiertas. Aun con la lluvia de ‘Leonardo’ y antes de que ‘Marta’ terminara de mojar la ciudad, solo algunos turistas, ataviados con chubasqueros y con la tranquilidad de quienes seguramente padecen peores inclemencias meteorológicas, caminaban por las calles de la Judería y aledaños, y sobre un Puente Romano que todavía permanecía abierto al paso de peatones, algo que resultó casi inaudito cuando posteriormente se decidió cerrarlo con una medida a todas luces exagerada.

Esto último venía a reforzar una actitud mantenida durante los días anteriores y que tuvo su cénit aquel viernes, cuando se nos avisaba poco menos que del apocalipsis: el miedo. Un miedo ataviado de prudencia administrativa y hábilmente dirigido hacia una población que, desde la pandemia, ya se sabe que es más obediente, más controlable, más acongojada. El discurso de la climatología milenarista, amplificado y sostenido por las redes sociales, regulado e impuesto desde Bruselas, hace el resto.

Y así se ha tenido a los cordobeses en casa, no vaya a ser que una cornisa o una rama se interponga en una agenda personal que debe ser controlada, medible, previsible y segura. Ocurre que la vida no es así y que las personas, mal que les pese a los gobernantes, suelen ser adultas, tiran de sentido común en su día a día y ejercen la prudencia desde su cada vez más acogotada libertad.

El balance de las pérdidas en hostelería no solo es grande debido a las inclemencias del tiempo —porque, evidentemente, esto afecta—, sino también porque se nos ha metido en casa ante un episodio que, aunque ciertamente extremo, no es tan extraño como otros con los que el hombre lleva conviviendo siglos. Se ha convertido el chaparrón en catástrofe, el viento en terror y la prevención bienintencionada en la mejor herramienta —una más— para que el Estado y las administraciones controlen la vida y haciendas de los individuos.

Las borrascas y su gestión nos han obligado al refugio. Es el mejor sitio para no comprobar que las infraestructuras no están como deben, cómo se ha permitido un urbanismo precario e ilegal, que no se ha mantenido una política hidráulica efectiva y actualizada y, lo que es peor, que no se puede salir porque la red ferroviaria es un despropósito y las autovías tienen agujeros que devoran neumáticos y vidas. Ese sí es un miedo objetivo.

Y así resulta que, en la tercera década del siglo XXI, tenemos a ciudadanos —contribuyentes cautivos y esquilmados— aislados por el temor a que las cosas no solo no mejoren, sino que vayan a peor. Y con más miedo a un chaparrón o a un relámpago que un azteca a que no salga el sol por la mañana.

Pero más obedientes, por supuesto.

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