La verónicaAdolfo Ariza

Epifanía

Mañana, 6 de enero, es el día de la Epifanía. Esta solemnidad nos conduce, a través de las primicias que en sí son los Magos de Oriente, a la celebración de la vocación de las naciones paganas a tener a Cristo por Revelador y Salvador único y definitivo. Nadie como el neo-Doctor de la Iglesia, John Henry Newman, ha comprendido y ha explicado, tanto de forma vital como teórica en los últimos tiempos, las implicaciones de este Misterio al que llamamos Epifanía y que conocemos popularmente como el Día de Reyes.

Newman - al enumerar «aquellas condiciones o grupos de coincidencias que, aunque no son en sí mismas milagrosas, sin embargo nos fuerzan irresistiblemente […] a reconocer la presencia y actuación» de Cristo en su Iglesia - se detiene en una especialmente. Para hacer ver esa condición o coincidencia, por contraste, nos recuerda, a modo de ejemplo, que «la religión de Mahoma» es «un reflejo demasiado exacto de la raza, el tiempo, el lugar y el clima en el que surgió, para que pueda ser una religión universal». De igual modo sucedería con «las religiones del lejano Oriente». Por el contrario, uno puede encontrar en el Cristianismo aquellas verdades que «trascienden los descubrimientos humanos, importantes prácticas, mantenidas sustancialmente invariables desde el principio a través de todos los tiempos, y dirigidas a toda la humanidad». De ahí que el Cristianismo - y aquí brilla su nota más epifánica y católica – ha sido y es «abrazado y se encuentra actualmente en todas las partes del mundo, en todos los climas, entre todas las razas, en todos los estamentos de la sociedad, bajo todos los grados de civilización, desde la barbarie hasta las culturas más elevadas» .

Newman nos recuerda a un autor como Gibbon para el que la universalidad del Cristianismo no respondería sino a la «suertuda» coincidencia de unas causas humanas. A saber, según Gibbon: «El celo que los cristianos heredaron de los judíos, su doctrina sobre una vida futura, sus pretensiones de poderes milagrosos, sus virtudes y su organización eclesiástica». Ahora bien, se pregunta Newman «si estas causas tienen algún valor para su propósito» y «este valor proviene de su coincidencia», «¿de dónde proviene esta coincidencia?». Salta a la vista que «estas supuestas causas son totalmente diversas entre sí»; «la maravilla es cómo vinieron a encontrarse juntas». Con justeza se preguntaba Newman: «¿Cómo fue que una multitud de gentiles vinieron a ser influenciados por el celo de los judíos? ¿Cómo fue que gente de celo fanático se sometieron a un régimen eclesiástico estricto?» […] ¿Cuál es este efecto del que se considera que son tales causas?”.

Newman nos dice que Gibbon se equivocaba. Estas cinco causas no fueron «la causa eficiente de que masas de hombres se hiciesen cristianos». Lo deja bien claro: -«Yo creo que ni obraron tales conversiones, ni eran adecuadas para obrarlas» . La clave radicaría en lo que él denominaba como «la idea vivificante». Para él no había otro «principio de conversión y de unión» que la «la imagen o el pensamiento de Cristo». Si bien es cierto que no ha dejado ni dejará de haber personas que hablen del «cristianismo como si fuera una cosa que ha pasado a la historia y que no tiene más que una relación indirecta con los tiempos modernos», considerándolo como «una mera religión histórica». Y, sin embargo, el poder del Cristianismo «está en el presente». «No es un objeto de arqueología que no tiene interés. No lo contemplamos en consideraciones sacadas de documentos mudos y hechos muertos, sino por la fe que se ejercita sobre objetos siempre vivos y por la apropiación y el uso de dones siempre repetidos» .

La universalidad del Cristianismo – su catolicidad – es la prueba irrefutable de que «por el experimento nuevo de la santidad y el sufrimiento», por la «práctica de la virtud» «algún poder divino debía acompañar al que la concibió y la proclamó». Ya por ultimo añadir que en esto de los argumentos a favor del Cristianismo «no es necesario que primero venga la razón y luego la fe, aunque éste es el orden lógico, sino que la misma doctrina puede ser bajo diversos aspectos objeto y prueba»: «Nos habla a nosotros uno a uno, como un segundo yo, y es algo tan real como nosotros mismos» (Por cierto, este y el resto de entrecomillados están tomados de la Gramática del asentimiento, su gran ejercicio de gnoseología del acto de fe).

¡Feliz día de Reyes!

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