El cambio de denominación del Parque Tecnológico de Rabanales 21 a Córdoba TechPark no debería desviar el foco de lo verdaderamente importante: el papel que este espacio está llamado a desempeñar en el modelo económico de la provincia.
Porque, más allá de la nueva marca —más o menos acertada, más o menos internacional—, lo relevante es que Córdoba vuelve a situar sobre la mesa una cuestión clave: si quiere ser algo más que un lugar de paso o de servicios, necesita consolidar un tejido productivo basado en el conocimiento, la innovación y la tecnología. Y ahí, el parque tecnológico es una pieza estratégica. No tanto por lo que ya es, sino por lo que puede llegar a ser.
Los datos conocidos del ejercicio 2025 reflejan una realidad con potencial, pero aún en construcción: 110 empresas, más de 600 empleos y una facturación cercana a los 96 millones de euros.Cifras positivas, sí, pero que evidencian también el margen de crecimiento si se comparan con otros entornos tecnológicos más consolidados. El reto, por tanto, no es de identidad, sino de escala.
Córdoba necesita que un espacio como este se convierta en un verdadero motor económico. Eso implica atraer inversión de mayor volumen, facilitar la instalación de empresas con capacidad tractora y, sobre todo, generar empleo cualificado que permita fijar población y retener talento joven, uno de los grandes déficits históricos de la provincia.
En este contexto, la conexión con la Universidad de Córdoba, el desarrollo de sectores como la logística o el agroalimentario avanzado, y el impacto indirecto de proyectos como la Base Logística del Ejército de Tierra dibujan una oportunidad real. Pero las oportunidades, si no se consolidan, acaban diluyéndose.
También será clave que las políticas públicas no se queden en el impulso inicial. La experiencia demuestra que los ecosistemas innovadores necesitan continuidad y una colaboración público-privada que vaya más allá de los anuncios.