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Unas líneasEduardo de Rivas

La presidenta María Jesú

Su capacidad como ministra era nula, proporcional a la de su logopeda para enseñarle a pronunciar las eses y las ces. Porque una cosa es el acento andaluz y otra, lo que hace Montero

Ya estamos otra vez de campaña. No ha pasado ni medio año y contamos tres en tres territorios diferentes. Pronto habrá que renombrar la jornada electoral de las municipales y autonómicas, porque comunidades quedarán pocas que vayan a las urnas en mayo del año que viene. O a lo mejor repiten porque le han cogido el gusto.

El caso es que ahora vienen las andaluzas, esas en las que antaño arrasaba el PSOE y ahora rezan en Ferraz para no sumar otro batacazo. Lo podrían haber pensado un poco antes y no haber presentado a María Jesús Montero como candidata, pero ya se sabe que en Moncloa pesa más el sanchismo que el talento y, en cuanto a peloteo al líder, a Montero no la gana nadie.

El voto andaluz ya no es el que Montero conocía de su anterior etapa en la Junta. La que hasta hace bien poco era ministra de Hacienda, antes fue consejera de la misma cartera con Susana Díaz. Y también fue consejera de Sanidad y Consumo con Chaves y Griñán, en el mismo Gobierno en el que se produjeron los ERE, esos que supuestamente nunca existieron por orden del Tribunal Constitucional. Los casi 680 millones de euros que se desviaron debieron ser ficticios, una ensoñación, como el procés.

En aquella época, daba igual lo que hiciera el PSOE, que seguía ganando elecciones. Aún con el caso ERE en los juzgados, seguían imponiéndose en las urnas, alimentando el miedo de que podía venir la derecha a quitar todas las subvenciones que habían establecido. El miedo a perder la paga ahuyentaba las ansias de cambio y los socialistas seguían aprovechándose de las prebendas de San Telmo.

Pero las elecciones de 2019 lo cambiaron todo. Ocurrió lo que nunca pensaron los andaluces que verían sus ojos y la derecha llegó al poder para mantenerse. Hasta el punto de que Juanma Moreno arrasó en la siguiente visita a las urnas con una mayoría absoluta que ahora es capaz de repetir.

Mientras tanto, María Jesús Montero emigró a Madrid para involucrarse de lleno en el proyecto sanchista que ha destrozado España. En Moncloa fue portavoz durante la pandemia, para amenizar las tardes de unos ciudadanos que habían sido encerrados ilegalmente por su Gobierno. Demostró que su capacidad para transmitir era nula, proporcional a la de su logopeda para enseñarle a pronunciar las eses y las ces. Porque una cosa es el acento andaluz y otra, lo que hace Montero al hablar. Lo dice un andaluz.

Como ministra de Hacienda no lo hizo mucho mejor. Fue cómplice de la elevada presión fiscal con la que Sánchez exprime a los españoles y ha abandonado el Ejecutivo después de tres años sin aprobar Presupuestos. Sin presentarlos, de hecho, que es su principal función como ministra y su obligación constitucional. Pero esa parte de la Carta Magna será como los ERE, otra ensoñación.

Con ese currículum se presenta Montero en Andalucía, aunque en Ferraz no deben tener demasiadas esperanzas cuando hasta el CIS habla de una probable mayoría absoluta de Juanma Moreno. Y si Sánchez prefiere darse paseos bajo la lluvia con la bici en lugar de apoyar a su candidata en los primeros días de campaña, será porque o lo da todo por perdido o considera que su presencia puede hundir aún más a su exministra.

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