San Francisco y el socialismo: dos visiones completamente distintas de la riqueza y la pobreza
La degradación de las almas que promueve el socialismo por la vía del resentimiento, en una escala masiva y global, es tal vez la mayor de sus corrupciones, pese a lo frondoso del bosque de la corrupción socialista
En octubre se cumplirá el 800 aniversario de la muerte de San Francisco de Asís. Hijo de un próspero comerciante, San Francisco hizo la vida propia de un niño y adolescente rico de su época. En algún momento pensó que encontraría la gloria en el campo de batalla; por eso participó de la guerra entre Asís y Perugia.
Lejos de encontrar la gloria, sufrió una derrota humillante. Si no lo mataron fue porque sus ropas mostraban que era un caballero; era más rentable mantenerlo con vida para exigir un rescate.
Francisco fue rehén cerca de un año, hasta que su padre pagó lo exigido. Volvió a Asís, donde vivió un breve período de duda existencial. Período que terminaría por un hecho que cambiaría su vida para siempre.
Francisco iba montado en su caballo y se cruzó con un leproso, pero lejos de huir sintió la necesidad de acercarse. Bajó de su caballo, lo abrazó y le besó la mano. Al montarse otra vez en el equino, Francisco se giró, pero el leproso había desaparecido (el episodio es contado de distinta forma en las varias biografías de San Francisco; me atengo al relato del Francisco histórico del profesor Alessandro Barbero, recientemente publicado).
Francisco interpretó que había sido el propio Jesucristo quien se había aparecido en forma de leproso para que comprendiera su misión. A partir de ahí se acercó a la Iglesia y comenzó a donar su dinero, vendiendo incluso su caballo.
Su padre, Pietro di Bernardone, se disgustó por el «despilfarro» de su hijo. No logrando que cambiara de actitud, buscó la mediación del obispo de Asís. Se reunieron en la plaza de la ciudad los tres, padre, hijo y obispo. El padre exigió la devolución de todo el dinero; lejos de ceder, Francisco se desnudó, entregó toda su ropa y las monedas que tenía a su padre, de quien ya no necesitaría nada más. Había elegido voluntaria y abiertamente la pobreza total. Es el momento fundacional de la orden franciscana.
Hasta ese punto, un socialista podría creer que San Francisco fue uno de ellos: los socialistas también dicen estar junto con los vulnerables y en contra de la injusticia. Pero el error no podría ser mayor.
Para Francisco, la ausencia de posesiones era el camino de la liberación: si nada quiero, nada envidio; si nada tengo, nadie tendrá poder sobre mí, ni me envidiará, ni necesitaré defender ninguna propiedad, por lo que tampoco tendré enemigos. En cambio, para los socialistas, la pobreza es una injusticia que merece venganza.
Francisco nunca dijo ni una palabra contra los ricos, a quienes agradecía su limosna para mantener la orden; para los socialistas, los ricos son explotadores que merecen ser expropiados. Francisco creía en una relación armónica entre ricos y pobres, unidos por la caridad voluntaria y una benevolencia recíproca: el pobre no envidia y el rico no desprecia. El socialismo, por el contrario, ve conflicto y lucha de clases. Lucha que en nuestros días adquiere la forma de una permanente creación de seudoderechos sociales para provocar una redistribución forzada de la riqueza valiéndose de la violencia estatal.
¿Cómo puede, una misma cuestión (la relación entre ricos y pobres), tener enfoques tan opuestos? La clave la da Tocqueville, en La democracia en América, cuando dice que «veíase entonces en la sociedad desigualdad y miseria, pero las almas no estaban degradadas».
El socialismo ofrece liberación, pero entrega amargura. Porque la paz interior no depende de uno, sino de lo que tenga o deje de tener el otro. El socialismo reemplaza la aspiración por la envidia y no busca la excelencia, sino la igualdad forzada aun a costa del empobrecimiento general.
El motor del socialismo es el resentimiento. De ahí que la armonía social que promete sea imposible, porque esta no depende de la igualdad material (meta inalcanzable que siempre deja lugar a la envidia), sino del estado del alma, tal como señala Tocqueville.
La degradación de las almas que promueve el socialismo por la vía del resentimiento, en una escala masiva y global, es tal vez la mayor de sus corrupciones, pese a lo frondoso del bosque de la corrupción socialista.