Andalucía está ya en plena campaña electoral. Ahora sí, de manera oficial. Aunque conviene no engañarse: desde que el presidente de la Junta, Juanma Moreno, disolvió el Parlamento y convocó las elecciones, los actos, las reuniones sectoriales y los encuentros con marcado carácter electoralista no han parado. Se han sucedido incluso antes de que conociéramos las listas definitivas. La campaña, en realidad, llevaba tiempo en marcha.
Por delante hay apenas dos semanas para decidir lo que, en muchos casos, probablemente ya esté decidido. Porque estas elecciones van, fundamentalmente, de ponerle nota a una gestión: la del Partido Popular, que ha gobernado con mayoría en el Parlamento andaluz. Se trata de ver si los andaluces la aprueban o no. Si, por encima de esa gestión, pesa también la figura de su candidato, o si, por el contrario, se entiende que ha habido claroscuros suficientes como para no renovar la confianza.
Por su parte Vox parece dispuesto a aguantar el tirón que ha mostrado en otras comunidades autónomas, aunque las encuestas señalan que sin el empuje de esas citas electorales recientes. Y, sobre todo, está el PSOE, que llega a esta campaña con una pregunta difícil de responder: qué viene a ofrecer en Andalucía.
No lo tiene fácil. Ni por la candidata, María Jesús Montero, que no ha terminado de desprenderse de su papel en Madrid, ni por el contexto en el que se presenta. Un contexto en el que los españoles —también los andaluces— están sufriendo las consecuencias de un Gobierno como el de Pedro Sánchez, marcado por la corrupción y por todo lo que esa corrupción está significando. Un episodio trágico, como el accidente de Adamuz sirve para poner sobre la mesa hasta qué punto determinadas decisiones y dinámicas políticas oscuras pueden tener efectos muy reales.
A la izquierda del PSOE, la opción ha sido clara: unirse. La izquierda más radical ha decidido concurrir en coalición. Y aunque en esa unión parece pesar más la necesidad de mantener los sillones que la construcción de un proyecto sólido, lo cierto es que ofrece al votante una alternativa más escorada ideológicamente frente a un PSOE que, por otra parte, ya ha asumido posiciones cada vez más radicalizadas.
Mientras tanto, el mensaje del Partido Popular es insistente: hace falta repetir la mayoría absoluta. Pero conviene introducir un matiz que no es menor. También con mayorías relativas se gobierna. Y ahí es donde se pone a prueba algo más que la aritmética: la verdadera cultura democrática de quienes piden el voto. Porque la democracia no va solo de concentrar poder; va también de saber gestionarlo cuando no se tiene todo.
En cualquier caso, serán las urnas las que hablen. Dos semanas por delante para confirmar tendencias, para ajustar o no los discursos y para intentar movilizar a los indecisos. Pero, sobre todo, para que los andaluces decidan qué están dispuestos a respaldar.