Por la región de Occitania
«El paso por el país vecino lleva al viajero a observar otros aspectos como los del ámbito espiritual»
La piedra inunda los edificios de los pueblos medievales que jalonan el sur de Francia. El ladrillo es el elemento más característico en la arquitectura de ciudades como Toulouse o Albí. La tonalidad anaranjada o rosa, como es más conocida, es su señal de identidad. Un recorrido por la región occitana envuelve al visitante en una atmósfera propia de un cuento recreado en el Medievo con un halo enorme de misterio.
En este entorno físico, en el encuentro con la ciudad de Carcassone, se percibe la huella del catarismo. Los cátaros o albigenses, que siguen despertando curiosidad aún hoy, fueron un grupo religioso bajo cuyo nombre concentraban numerosas herejías en las que el dualismo, el bien y el mal, la vida celestial y la terrena, constituían su esencia. Pese al intento por convertirlos para que regresaran al catolicismo, ni siquiera predicadores de la talla de Santo Domingo de Guzmán tuvieron éxito. Es por ello que se organizaría la Cruzada Albigense para acabar con ellos aunque después la Inquisición los iba a seguir persiguiendo al ser acusados como herejes.
La ciudad de Albí llama poderosamente la atención por su imponente catedral. Conocida como Ciudad episcopal, el majestuoso edificio que conforma la seo junto con el antiguo palacio episcopal (hoy Museo de Toulouse-Lautrec), no es sino el reflejo de la autoridad y poder de los obispos que se había recuperado después de la cruzada contra los cátaros.
Más allá de lo arquitectónico, más allá de lo cultural, el paso por el país vecino lleva al viajero a observar otros aspectos como los del ámbito espiritual. Hace más de un siglo que Francia es laica. En sus escuelas se estudia el hecho religioso de forma histórica pero no hay clases de religión confesional. Sin embargo, la profunda convicción religiosa de los católicos es llamativa.
Vivir la eucaristía dominical me permitió comprobar que una primavera de esperanza en lo piadoso empieza a renacer tras un largo periodo de invierno seco y árido. Los templos se nutren de un buen número de fieles pese a la secularización. Es notable el resurgir, fundamentalmente, entre los jóvenes. Se aprecia la importancia que le dan al sacramento en la participación; en los cantos que entona toda la comunidad; en el interés por vivir la eucaristía en familia, con espacios habilitados para los más pequeños que son bienvenidos por parte de todos… Y, en este Tiempo de Pascua, fue significativo observar cómo cada domingo mantienen el protagonismo en el agua, símbolo de vida, realizando el rito de la aspersión con ramos de olivo.
En todo lugar, en todo momento, la unidad en la diversidad refleja la riqueza humana de la Iglesia que es universal.