De comienzo en comienzoElena Murillo

Don Bosco, portador de la alegría del Evangelio

«Sentía veneración por el sucesor de Pedro y así lo transmitió a los jóvenes. Era uno de sus amores junto con la Eucaristía y la Virgen»

Hace poco tiempo que caía en mis manos un libro con historias poco conocidas sobre la vida de Don Bosco. Movida por la curiosidad de conocer algo más de un santo que me ha atraído desde bastante tiempo atrás, no me resistí a leer su contenido. El autor, D. Pedro José Cantos Luque, un antiguo alumno comprometido con el movimiento de egresados salesianos, compila una serie de artículos que completa con una propuesta de reflexión para cada uno de ellos.

Cuando alguien, teniendo unas nociones básicas sobre San Juan Bosco, ha realizado una visita a Turín y ha recorrido los espacios por los que se movió el santo, ha experimentado el sentimiento de una mayor sensibilidad espiritual al descubrir la teología que estos encierran en sí mismos; y ha podido contemplar la belleza de un carisma que se ha ido transmitiendo para seguir vivo en cada una de las comunidades que la Congregación Salesiana tiene distribuidas por el mundo. Partiendo de esta premisa, la lectura del texto evade el pensamiento hasta la capital del Piamonte y permite recrear lo descrito en cada una de sus páginas.

El título, ¿Sabías que…?, despierta curiosidad en el ávido lector. Y no queda defraudado. Si tuviera que destacar un capítulo, sería el dedicado a la figura de los Papas. Don Bosco sentía veneración por el sucesor de Pedro y así lo transmitió a los jóvenes. Era uno de sus amores junto con la Eucaristía y la Virgen. Y también los Papas, tanto sus contemporáneos como los posteriores, lo han admirado a él. San Juan Pablo II en el centenario de la muerte del santo diría «los años decisivos de mi vida transcurrieron en una parroquia de Salesianos, la parroquia de San Estanislao de Kotska, de Cracovia; he vivido esta mi conversión precisamente en el ambiente de esta parroquia salesiana…» Benedicto XVI lo definió como «el santo de una pasión única: la gloria de Dios y la salvación de las almas».

Mención aparte merece el caso del Papa Francisco. Fue alumno de Salesianos en su Argentina natal y afirmaba lo siguiente: «Los salesianos me han formado en la belleza, el trabajo y en el estar muy alegre, y ese es vuestro carisma». Me parece formidable, además, la definición que hace del fundador: «no era un santo de cara de ‘viernes santo’, triste, enfadado…, por el contrario, era de ‘domingo de Pascua’, siempre alegre, acogedor a pesar de las mil fatigas y dificultades que lo asediaban continuamente». Incluso por su pedagogía de amor y cercanía a los jóvenes marginados, lo cita en Evangelii Gaudium, exhortación apostólica de Su Santidad publicada en 2013, de una manera bellísima: «portador sano de la alegría del Evangelio».

Temas como las enfermedades, la vocación sacerdotal, las epidemias o la Semana Santa, entre otros, aparecen reseñados de una manera sencilla y accesible para cuantos deseen aproximarse a una figura tan carismática y servicial como la de este Padre, Maestro y Amigo de la juventud.

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