Hay un momento al comienzo de la Santa Misa que marca el resto de la celebración. Tras el saludo inicial, la liturgia invita a los fieles a realizar el acto penitencial, un breve examen de conciencia comunitario que, en su forma más conocida, adopta las palabras del Yo confieso. Antes de escuchar las lecturas, formular peticiones o participar en la celebración eucarística, cada persona reconoce sus propias faltas, «de pensamiento, palabra, obra y omisión». No se trata de una confesión sacramental ni de un ejercicio de culpabilidad, sino de un gesto de humildad que sitúa al creyente ante la realidad de sus limitaciones y le dispone interiormente para participar en el resto de la celebración. Este acto encierra una intuición profundamente humana: antes de hablar, pedir, juzgar o celebrar, uno reconoce que no es perfecto.
Desde una perspectiva antropológica, psicológica o incluso cívica, ese gesto tiene mucho valor. Obliga a abandonar, aunque sea por unos instantes, la posición de quien siempre tiene razón. Supone admitir que nos equivocamos, que hemos herido a otros, que hemos sido injustos o simplemente que podríamos haber actuado mejor. Y ese reconocimiento suele ser la condición previa para cualquier mejora personal. De hecho, muchas tradiciones filosóficas no religiosas han llegado a conclusiones parecidas. Los estoicos insistían en examinar cada día los propios errores. Sócrates defendía que la sabiduría comienza al reconocer la propia ignorancia. En psicología moderna se habla de autoconciencia, de asumir responsabilidades y de evitar los sesgos que nos llevan a culpar siempre a los demás.
Quizá uno de los problemas de nuestro tiempo es precisamente la dificultad para reconocer los propios fallos. En el debate público casi nadie rectifica; en las redes sociales la disculpa se interpreta como debilidad; en la política es raro escuchar un «me equivoqué». Sin embargo, las personas que más confianza generan suelen ser aquellas capaces de admitir sus errores sin hundirse por ello.
La liturgia católica lo expresa con una fórmula muy sencilla: antes de mirar al mundo, mírate a ti mismo. No para recrearte en la culpa, sino para situarte en la realidad. Porque reconocer las propias limitaciones no empequeñece a la persona; la hace más humilde, más prudente y, paradójicamente, más libre.
Incluso para quien no comparte la fe cristiana, comenzar el día con una pregunta semejante —«¿en qué me he equivocado yo?»— probablemente sería un ejercicio tan exigente como saludable. No resolvería todos los problemas, pero quizá ayudaría a comprender mejor los propios y a juzgar con menos dureza los ajenos.
Esa actitud, como decimos, no debería limitarse al ámbito religioso. También sería saludable en la vida pública. Sin embargo, ocurre con frecuencia lo contrario: cuando aparecen errores, irregularidades o incluso indicios graves de corrupción, la reacción no consiste en examinar los hechos, sino en negar cualquier responsabilidad y buscar culpables externos.
En el caso del Gobierno de Pedro Sánchez y del PSOE, la respuesta ante las sucesivas investigaciones judiciales que afectan a personas de su entorno político y personal ha evolucionado desde la denuncia del supuesto lawfare hasta la idea de una conspiración de jueces, medios de comunicación, oposición y poderes ocultos decididos a derribar un Gobierno legítimo. Cuanto más graves son los indicios que afloran, más amplia parece hacerse la nómina de presuntos conspiradores. El eje del discurso se desplaza así desde la respuesta a los hechos hacia la deslegitimación de quienes los investigan o los publican.
El problema de esa estrategia no es solo político. Es, sobre todo, moral. Porque una democracia sana exige que cualquier gobernante contemple al menos la posibilidad de que las acusaciones tengan algún fundamento. No significa renunciar a la presunción de inocencia. Significa reconocer que las instituciones de control existen precisamente para investigar aquello que genera sospechas razonables.
A este gobierno que se atribuye así mismo el concepto de progreso hay que recordarle que ese progreso se construye sobre la exigencia de la verdad, incluso cuando esta resulta incómoda o amarga. Cuando esa exigencia desaparece, surge el hartazgo; cuando el adversario político deja de ser un rival para convertirse en un enemigo, crece la polarización; y cuando nadie asume nunca sus errores, se instala el cinismo. Entonces los ciudadanos dejan de confiar en los partidos, en las instituciones, en los medios y, finalmente, en la propia democracia.