Carta de un neófito al Papa
Hace unos años, por recomendación de un artículo de Juan Manuel de Prada, empecé a interesarme por «la vida y milagros» de Ernesto Castro, profesor de Estética en la Universidad Autónoma de Madrid. En concreto, se preguntaba de Prada por la cercanía a la fe que Ernesto Castro parecía mostrar en su obra Jantipa o del morir (Madrid 2022) aun definiéndose como ateo militante. Según de Prada, Castro estaba a las puertas de la fe. Pues, hete aquí, cuál no ha sido mi sorpresa al leer lo que el mismo Ernesto Castro ha titulado como Carta de un neófito al Papa.
En la consabida carta, a propuesta de los organizadores del inminente viaje del Papa León XIV a España, Ernesto Castro, que ha recibido los sacramentos de la Iniciación cristiana hace apenas unas semanas, reconoce que la conversión lo «sacudió hace un año y aún se intenta cada día» y que «fue iniciativa de la Virgen de Montserrat». Castro define la carta como «improvisada», «falta de inspiración» y con un «exceso de transpiración» que «no resulta justificable ni arrimándose a la sombra de los pájaros y lirios de Mt 6, 26». Pese a todo e incluso a la ironía, dos pasajes de la carta, en su brevedad, impresionan por sí mismos. En uno de ellos, Ernesto Castro viene a resumir el dato esencial que ha aprendido en su «reciente catequesis alienígena frente a su formación académica previa»: «La verdad no es un qué, sino un Quién». El segundo de los pasajes pasa por una evocación: «Ante usted me siento tan abrumado y paralizado como debieron sentirse aquellos soldaditos de plomo franceses a los que Napoleón intentó espolear en vano ante las pirámides egipcias. ‘Cuarenta siglos os contemplan’. Veinte siglos y trece leones, en su caso».
Leer la carta de este neófito me ha recordado a la Teresa (Edith Stein) de su obra Jantipa o del morir. Una Teresa que reconoce haberse dado cuenta de que «ni la Suma Teológica ni las investigaciones lógicas eran el verdadero camino» – «a caballo entre esos dos intentos de sistematización intelectual, se hallaba la literatura mística del Carmelo» -. Una Teresa que ante el dilema de querer «ser a la vez filósofa, teóloga y poeta» – con los nazis queriendo que sea simplemente «un número» – decide seguir aquella vocación «cuya voz oiga más fuerte aquí dentro» – «Teresa se señaló el pecho»-.
Premonitorio o no, toda una serie de objeciones (¿autobiográficas?) serán superadas con el aplomo de Teresa y la interpretación que Castro hace, teniendo por escenario el campo de concentración de Auschwitz: 1) «Si la vida es un regalo de Dios, ¿no puedo rechazarla o devolverla?»; 2) «Si no somos propietarios de nuestra existencia no se nos puede responsabilizar moralmente de nuestros actos»; 3) «La inmortalidad del alma y la existencia de Dios no son objetos de conocimiento teorético, sino postulados de la razón práctica»; 4) «Si Dios existiese, no toleraría que hubiese tanto mal como hay en el mundo»; 5) Se puede «entender que un Dios omnipotente y omnibenevolente permita que sus criaturas elijan el mal por error, para que así aprendan a corregirse y a descubrir lo bueno por ellas solas. Pero lo que resulta ilógico o perverso es la tolerancia hacia el mal incorregible, deliberado y porque sí. Pudiendo no crearlas, ¿para qué crea Dios criaturitas tan invenciblemente malas?»; 6) «Tu Dios providente, quien responde a la oración, quien guía el devenir histórico, no es compatible con esa deidad absentista, ese demiurgo ausente, ese geómetra invisible que se prejubiló tras diseñar el cosmos»; 7) «Si Dios quiere que seamos libres y aprendamos de los errores, ¿por qué no nos permite mudar de actitud al conocer las consecuencias negativas de nuestros actos? ¿Es que no hay reinserción en el más allá?».
Lo curioso, tras el elenco de objeciones, es el texto del Fedón de Platón que en aquel momento insertaba Castro: «No vayamos a hacernos ‘misólogos’ […] como los que se hacen misántropos. Porque no se puede padecer mayor mal que el de odiar los razonamientos. Y la misología se origina del mismo modo que la misantropía. Pues la misantropía se infunde al haber confiado en algo a fondo sin entendimiento, y al considerar que una persona es enteramente auténtica, sana y de fiar, y descubrir algo más tarde que esta es malvada y engañosa, y de nuevo con otra, y cuando esto le ha pasado a uno muchas veces y especialmente con los que uno podía creer más íntimos y más familiares, chocando a menudo, al final acaba por odiar a todos y piensa que nada de nadie es sano en absoluto. ¿O no te has percatado que eso se produce así? […] los buenos y los malos son muy pocos los unos y los otros, y muchísimos los del medio».
Fin a las objeciones. ¡Bienvenido a la Iglesia!