El sacramento de la no vergüenza
El Concilio de Florencia (1439) – Decreto para los Armenios – enseñaba, en su momento, que por el Sacramento de la Confirmación, el confirmando es ungido por el obispo en la frente, «donde está el asiento de la vergüenza», «para que no se avergüence de confesar el nombre de Cristo» y «señaladamente su cruz que es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles (cf. 1 Cor 1, 23)»; por eso es «señalado con la señal de la cruz». Luego estamos ante el sacramento, por antonomasia, de la «no vergüenza»; claro está que una «no vergüenza» bien entendida.
Para ilustrar el dato – en este que es el tiempo de las confirmaciones - me gustaría traer a colación la sabiduría de dos pasajes literarios. El primero de ellos es de Los novios, la celebérrima novela de Alessandro Manzoni. En concreto, se trata de la conversación entre el cobarde (por poco aguerrido) cura don Abbondio y el sabio Cardenal Federico Borromeo. El timorato y comodón don Abbondio considera ante el Cardenal: -«El valor, uno no se lo puede dar». Lo cual da pie a la más que pondera y virtuosa respuesta del Cardenal. Desgranemos la cardenalicia respuesta.
En primer lugar, hacer ver el Cardenal a don Abbondio que se ha comprometido a «un ministerio» que «impone estar en guerra con las pasiones del siglo». Además de que Borromeo afea la actitud de Don Abbondio con una serie de preguntas: «¿Cómo no pensáis que, si en este ministerio, sea cual sea el modo en que llegasteis a él, os hace falta valor, para cumplir con vuestras obligaciones, hay Alguien que os lo dará infaliblemente con solo pedírselo? ¿Creéis vos que todos esos millones de mártires eran valerosos por naturaleza?, ¿qué despreciaban la vida de modo natural?».
Si, continúa el Cardenal Borromeo, «todos tuvieron valor» - «porque el valor era necesario y ellos confiaban» – por qué Don Abbondio, conociendo su debilidad, no había pensado en prepararse para los pasos difíciles en que podría encontrarse. Dicho esto, el Cardenal le recuerda al pacato sacerdote – y aquí viene la clave - que «el amor es intrépido». El drama viene cuando del mismo modo que «la debilidad de la carne» hizo del timorato un tembloroso, tristemente la caridad no lo ha hecho temblar, debidamente, por sus fieles. Al final y al principio en don Abbondio solo cabía la vergüenza por «aquel primer temor», efecto de su miseria, pese a que toda su vida fuera resumible en un no escuchar «el temor santo y noble» por sus fieles que en ningún momento lo ha dejado en paz; lo cual por sí mismo es vergonzante. La pregunta final del Cardenal es tumbativa: -«¿Qué os ha inspirado el temor, el amor?». La respuesta de don Abbondio más que lacónica: «[…] calló en actitud de espera».
El segundo de los pasajes literarios se encuentra en Las cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis, En la ironía propia de la obra, el demonio versado y experto hace ver al «no iniciado» que no hay nada mejor que fomentar «cualquier pequeñita capilla» en la que por sistema y «sin vergüenza» se tienda «a desarrollar en su interior una encendida admiración mutua, y hacia el mundo exterior, una gran cantidad de orgullo y de odio». El experto lo tiene muy claro en todo momento: -«Queremos que la Iglesia sea pequeña no solo para que menos hombres puedan conocer al Enemigo, sino también para que aquellos que lo hagan puedan adquirir la incómoda intensidad y la virtuosidad defensiva de una secta secreta o un ‘dique’».