La verónicaAdolfo Ariza

No eres nadie

Parece que tú no eres nadie y tu particular negociado (incluso eclesial) no es nada sin un ad man de Madison Avenue que te visita ya con su briefing subrayado en highlighter. Obviamente, el comienzo de este hipotético asesoramiento no será bueno si careces de equipo de comunicación, agenda de media training, manual de crisis, calendario de campañas y un road map de acciones coordinadas.

Lo primero de lo que se te advertirá es de la necesidad de que cuentes con un head of communications y todo un brand manager. ¿A dónde pretendías llegar sin plan de medios o un gabinete que simultáneamente filtre, diseñe, produzca y supervise cada uno de tus pasos públicos? Ya se sabe que no hay nada más urgente que generar imágenes, titulares y engagement.

Ya estás tardando en planificar tu storytelling y calendarizar un content plan. Por supuesto no te atrevas a hablar sin guion, mide la pose para la foto, ajusta tu lenguaje a lo último del diccionario politiqués del target. El caso es que puedes intentarlo sin un PR executive aunque - ¡por favor! - has de rehuir del amateurismo. Recuerda que tu objetivo es optimizar la marca, monetizar el engagement y explotar la comunidad.

Tu meta habrán de ser los inputs, deliverables y KPIs. No hay éxito sin claim publicitario. En ningún momento puedes dejar de tener en cuenta ratios, share of voice ni conversion rates.

Y sin embargo, puede que, cuando el orgulloso ad man se enamore o se tope con la muerte, la eficacia de todas sus estrategias y medios se esfume. Es más, hay quien se ha preguntado: «Si la Iglesia controlara los mass media y las redes sociales, ¿le daría eso alguna ventaja de cara a la Nueva Evangelización?». El filósofo francés Jacques Maritain respondió - allá por 1930 en su libro Religion et Culture - con no poca claridad hablando de unos «medios temporales» que son «los medios del espíritu»; y de entre ellos, el medio por antonomasia es la Cruz. Lo primero que hay que aclarar es que «cuanto más ligeros de materia son, cuanto más desnudos y poco visibles, más eficaces son». «Son únicamente medios para la virtud del espíritu». Propiamente, «son los medios propios de la Sabiduría».

En segundo lugar se ha de hacer notar que precisamente esta Sabiduría «no es muda, grita en las plazas públicas». De tal manera que «gritar así es lo propio de la Sabiduría»; por lo que «le hacen falta, por tanto, medios para hacerse oír». Y hete aquí que el error más frecuente está en pensar que para la Sabiduría «los mejores medios serán los medios más potentes, los más voluminosos». Maritain demuestra el error dejándonos toda una ristra de ejemplos que hablan por sí mismos: «Cuando Rembrandt pintaba, cuando Mozart o cuando Satie compusieron sus obras, cuando Santo Tomás escribió la Summa y Dante La Divina Comedia, cuando el autor de la Imitación de Cristo escribió su libro, cuando San Pablo escribió sus epístolas, cuando Platón y Aristóteles hablaban a sus discípulos, cuando Homero cantaba, cuando David cantaba, cuando los profetas profetizaban, ahí había medios temporales pobres».

Y todavía, en tercer lugar, nos restaría el ejemplo del «hombre espiritual por excelencia»: -«¿Cuáles eran los medios temporales de la Sabiduría encarnada? Predicó por las aldeas. No escribió libros, que también eran un medio de acción demasiado cargado de materia, no fundó periódicos ni revistas. Su sola arma fue la pobreza de la predicación. No preparaba discursos ni conferencias; abría la boca y el clamor de la sabiduría, el frescor del cielo, pasaba por los corazones. ¡Qué libertad! Si hubiera querido convertir el mundo con medios temporales ricos, con métodos americanos, qué fácil le hubiera resultado. ¿No hubo alguien que le ofrecía todos los reinos de la tierra? Haec omnia tibi dabo. ¡Qué ocasión para hacer apostolado! Nunca se encontrará otra igual. La rechazó». Impresiona la conclusión con la que cierra Maritain: «El mundo perece por su peso. Sólo ayunará con la pobreza de espíritu».

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