Ha pasado apenas una semana desde la presentación de HODIO, la campaña de censura maquillada impulsada por Pedro Sánchez, y ya tenemos un ejemplo práctico de lo que pretende medir. Lo ha ofrecido su propio ministro de Transportes, Óscar Puente, convertido en termómetro oficial del insulto… siempre que no apunte al Gobierno.
Porque si el objetivo declarado es combatir la polarización y los bulos en redes sociales, lo cierto es que el primero en alimentar ese clima ha sido el propio Ejecutivo. Puente ha llamado «infantiles» a los andaluces que confían en el Gobierno de Juanma Moreno y ha etiquetado como «pseudomedios» a quienes informan de lo que al sanchismo le incomoda. Y lo que incomoda, en este caso, no es una opinión, sino un hecho: la Semana Santa ha llegado y la línea de alta velocidad entre Madrid y Málaga sigue cortada por las obras en Álora tras el desprendimiento del talud provocado por las lluvias de febrero.
Se podrá discutir —y es razonable hacerlo— la complejidad técnica de la intervención. Pero lo que no admite demasiada discusión es que en Andalucía llueve sobre mojado. Años de mantenimiento insuficiente en la red ferroviaria, en las carreteras y en las infraestructuras hidráulicas han quedado al descubierto con el tren de borrascas. A ello se suma un contexto político lastrado por los casos de corrupción que rodean al Gobierno y alcanzan a la cúpula del PSOE. El resultado no es precisamente un escenario que invite al optimismo.
Y mientras tanto, el impacto económico es inmediato. La hostelería malagueña habla de pérdidas mil millonarias y Córdoba tampoco escapa al golpe: el alcalde José María Bellido advertía esta misma semana de una caída de hasta el 20% en las reservas. Ese es el contexto real. Frente a él, la respuesta del ministro no ha sido explicar, sino descalificar. Desde la «actitud infantil» de la Junta hasta la acusación al PP andaluz y «sus terminales mediáticas» de «manipular» en una estrategia «enloquecida e irresponsable», Puente ha optado, una vez más, por el exabrupto como forma de comunicación política.
No cuesta imaginar qué estaría ocurriendo si el Gobierno central fuera del Partido Popular y de él dependieran estas obras.
El patrón, en cualquier caso, resulta reconocible. El socialismo convierte las consecuencias de su propia gestión en argumento político y, llegado el caso, en coartada victimista. La ruina no es solo el resultado: es también el relato. Y se sostiene, en parte, sobre la certeza de que enfrente no encontrará una contestación en la calle, sino una protesta contenida en redes sociales… esas mismas redes que ahora pretende someter a control bajo la etiqueta de HODIO.
Pero hay un medidor que no depende de campañas ni de ministerios. Es el de los ciudadanos. Y ese no mide el supuesto «odio» que denuncia el Gobierno, sino el desprecio que perciben en sus palabras, la ineficacia en su gestión y las consecuencias reales de sus decisiones. También en Andalucía, donde ha quedado demostrado que otra forma de gobernar es posible. Ese medidor, el único que cuenta, se activará pronto en las urnas. Y es posible que Puente pase otro mal rato.