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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Sánchez, el maestro ciruela del periodismo

A él, a Su Sanchidad, a un superhéroe que vive dedicado a salvarnos de las guerras en el mundo y a acabar con la ultraderecha, no se le puede venir con estas cosas mundanas cuando le está sonando el estómago

A las múltiples virtudes que adornan a Pedro Sánchez hay que sumar una que es especialmente irritante. No sabe gobernar y da lecciones continuamente de periodismo al respetable. El respetable es la prensa que le escucha, aunque algunos de sus oyentes no sean tan respetables como dicen ser, sobre todo cuando ejercen de fanática clá de aquel que insulta a la profesión. No le gusta la Prensa a Pedro. Por eso no contesta, por eso le falta al respeto, por eso no convoca ruedas de prensa, por eso da la palabra a afines y silencia a quienes no lo son, por eso tutea a los colegas que cree de su cuerda y ningunea a los demás. Sánchez querría que fuéramos un club de fans que le aplaudiera hasta reventar las palmas de las manos, como hacen sus ministros. A fuerza que con algunos periodistas lo consigue.

Últimamente ha ido más allá. Ya no evita mostrar el fastidio que le genera que le preguntemos por la inédita falta de presupuestos en una democracia que se precie o por el contenido de las medidas para paliar los estragos de la guerra en Irán. El viernes, además, terminó quejándose y tildando de «salseo» —le tienen bien aleccionado de la jerga juvenil— que los colegas se interesaran por sus socios en el Gobierno de coalición que sabotearon el Consejo de Ministros extraordinario durante dos horas porque no conseguían incluir el retraso de dos años en la renovación de alquileres entre las medidas sociales. Se le veía contrariado. Dijo que estaba enfadado con Trump, pero realmente lo que está es feliz con el presidente americano porque le ha regalado unos minutos pancarteros de gloria cuando peor estaba. Contra quien sentía desprecio es contra Sumar, cuyos cinco ministros le tomaron por el pito del sereno y le forzaron a hacer el ridículo; y, además, le molestó que la canallesca no celebrara, como él cree merecer, lo bueno que es. Nos sube los impuestos para que paguemos las pagas que luego quiere regalar a cambio de votos en las urnas.

Ya recordó hace meses que «eran las cinco y no he comido» para que los plumillas pelmas dejaran de asaetarle con sus cuestiones. A él, a Su Sanchidad, a un superhéroe que vive dedicado a salvarnos de las guerras en el mundo y a acabar con la ultraderecha, no se le puede venir con estas cosas mundanas cuando le está sonando el estómago. A él le van a amargar con esas menudencias de preguntas sobre las cuentas públicas o la guerra abierta en el Gobierno. Estoy tomando a guasa una cuestión de fondo, y gravísima: el periodismo español, salvo excepciones como este periódico en el que tengo el honor de escribir, está editando uno de los peores papeles deontológicos de nuestra historia. Los jirones de decencia y respetabilidad no sé si seremos capaces de pegarlos en nuestra piel, después de que el presidente más autócrata de la democracia marche hacia Pozuelo de Alarcón.

Antes, los reporteros asfálticos solo tenían que acercarse a Isabel Pantoja y preguntarle por algún lío de su familia para que esta, colérica, explotase despotricando contra los que osaban abordarla. Ahora, bajo el techo del Palacio de la Presidencia del Gobierno de España, se puede escuchar al mismísimo titular del Ejecutivo ofender a los profesionales, cuando no le gustan sus interpelaciones. En octubre de 2025 llegó a espetar, el día que le inquirían por la ley de amnistía, aquello de «¿cuántas veces me vais a preguntar eso?», visiblemente encocorado. Hace dos años nos reconvino cuando le interrogamos sobre las irregularidades del Gobierno en la compra de mascarillas. «No —dijo enfadado—, la pregunta es: ¿cómo responde el Gobierno de España ante casos concretos?» Los que critican al Gobierno se convierten en sospechosos, se les señala por su nombre, y se les incluye de forma vitalicia en la máquina del fango.

Adiós al Manual de Redacción Periodística de Martínez Albertos que chapé durante la carrera. Adiós a esas magistrales clases de Teoría de la Información de Ángel Benito. Los totalitarios que mandan en España han abierto una Facultad volandera de Ciencias de la Información, que imparte títulos en función de lo amiguito que seas de los profesores que, albricias, no son otros que los propios ministros o el presidente. Un claustro de altura que pagaría porque todos tuviéramos los códigos profesionales de, por ejemplo, El Gran Wyoming, un alma cándida que llama día sí y día no «mierda», «ultra» y «corrupto» al PP o «fascista» a Vox. Sus clases más demandadas son las que resultan de acosar a los políticos o periodistas que no le gustan, o a meterles la alcachofa en los ojos, o a formular preguntas-trampa sin respuesta. Y luego critican cuando eso mismo se hace desde la otra orilla.

La izquierda no para de impartir doctorados en comunicación. Como el día en que Pablo Iglesias se molestó por una pregunta de una periodista sobre las deudas contraídas con Europa (qué insolencia la de la colega), y con su superioridad moral ironizó sobre el abrigo de piel de la informadora, ante las risotadas de los palmeros —digo, de los compañeros. Que este aprendiz de autócrata despreciaba la prensa libre ya lo sabíamos. Pero que el gremio calle, sus asociaciones miren para otro lado, y haya incluso quienes celebren en silencio que se maltrate a un colega sentado a su lado, no lo vimos venir. Y, mientras tanto, que alguien vaya oficiando el funeral por una profesión herida de muerte, que antaño se indignaba con los plasmas de Rajoy.

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