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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Todo empezó otro 11-M

Su infantilismo, su 'talante', su sonrisa bobalicona y su 'zeja' subvencionada, escondían un programa disruptivo que nos llevó a engendrar el monstruo del «procés», a resucitar el guerracivilismo, al aislamiento internacional y al choque con la primera potencia del mundo, cristalizado en la Alianza de Civilizaciones

Sucedió tal día como hoy hace 22 años. Fue en vísperas de unas elecciones generales. Decían todas las encuestas que las ganaría la derecha. Unas bombas, detonadas por el yihadismo, dejaron varadas, muertas, a 191 personas en los atestados andenes madrileños. Buena parte de lo que ha pasado en España desde entonces es tributaria de aquel maldito atentado que desventró los trenes que portaban a trabajadores y estudiantes, todo el afán de progreso y democracia de un país. Un país que ya no miraba hacia atrás, que se había conjurado en perdonar y perdonarse, en enterrar una Guerra Civil y una dictadura, en mirar solo al frente. Aquel zarpazo terrorista se resolvió mal: los cambios que originó fueron mucho más allá del desgarro brutal del asesinato de casi 200 inocentes.

Nuestra convivencia se averió. Ese atentado influyó en el resultado de las elecciones que se celebrarían cuatro días después de aquel 11 de marzo de 2004. Millones de españoles fueron a votar traumatizados, con la certidumbre de que su Gobierno les había mentido. Resultado: ganó Zapatero y perdió Rajoy. Un atentado criminal había servido para dar un vuelco a los pronósticos, cambiar el sentido del voto, colocar a un mediocre presidente en Moncloa y, por si fuera poco, para alimentar una teoría de la conspiración que contradecía la verdad judicial y que nunca se ha podido probar. Así se perfeccionaba la propaganda socialista del relato falso que el Gobierno saliente le puso en bandeja: la derecha mentía. Curioso: en vista de los resultados, la izquierda desde entonces no ha salido del surco labrado por la mentira.

Si se pergeñó o no el atentado para cambiar la orientación del voto no lo sabremos nunca. Lo que es indubitado es que aquel día se emprendió el más vergonzoso agitprop de la izquierda. El objetivo no era otro que conectar los atentados yihadistas con la política exterior de Aznar, que reforzó el vínculo atlántico y apoyó –más formal que efectivamente– la intervención americana en Irak. En contra de lo que se ha sostenido de que el «no a la guerra» hubiera cambiado el resultado, sin necesidad de las bombas, hay un dato esclarecedor: en las elecciones autonómicas y municipales que se celebraron en mayo del año anterior, cuando el rechazo unánime a Irak era transversal en la sociedad española, el PP logró ganar en 8 de las 13 autonomías. Ergo fue el atentado el que inclinó la balanza.

La gestión del PP puso en bandeja al PSOE de Rubalcaba la movilización de un voto de castigo a la derecha en aquellas horas de vértigo. El «pásalo» socialista para que se acosara la sede del PP en plena jornada de reflexión –una ilegalidad palmaria– dio sus frutos y una aberración se abrió paso: el apoyo de Aznar a la guerra de Irak y su foto en las Azores con Bush y Blair, fue la causa del 11-M. Como si el terror admitiera justificación alguna. Ahí empezó una degradación de nuestra moral colectiva de la que aún no nos hemos recuperado.

Y en esto llegó Zapatero. Un gris y anodino diputado por León, que ha terminado de lobista de dictaduras, accedió a La Moncloa. Sabedor de lo bien que había funcionado la adulteración de las conciencias, usó el mismo método para conseguir sus bajas pretensiones: tomó como primera decisión, sin el consenso de nuestros aliados, la retirada de las tropas de Irak. Su infantilismo, su 'talante', su sonrisa bobalicona y su 'zeja' subvencionada, escondían un programa disruptivo que nos llevó a engendrar el monstruo del «procés», a resucitar el guerracivilismo, al aislamiento internacional y al choque con la primera potencia del mundo, cristalizado en la Alianza de Civilizaciones que nos sentó a la mesa con los sátrapas del orbe. Mientras el mal llamado «bambi» sonreía en la tele, a los demás nos crispaba, nos enfrentaba, nos derrotaba moralmente; el cainismo irrumpía en nuestra vida pública. La sociedad se hizo naíf, comodona, quejica, y, por tanto, manipulable. Solo había que diseñar una buena ingeniería social, con medidas de buena venta propagandística, y el rebaño votaría «bien». Como corolario, nos vendieron una memoria histórica que no era colectiva, sino de parte, y que, maldita memoria esta, orillaba a las víctimas de ETA para sucumbir a las pretensiones de sus herederos, que necesitaban ser blanqueados.

Hoy, seguimos atrapados en aquella dolorosa mañana; Pedro Sánchez ha detenido el reloj ahí, justo ahí: en el «no a la guerra». En la ruina moral.

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