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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Susan Sarandon

Si España tuviera un presidente íntegro le reclamaría que se retractase, pero no lo esperamos: total, si a los que ha elogiado Sarandon son los mismos con los que pacta él. Hasta Otegi ha corrido a felicitar a Susan. Tal para cual

Le vamos a explicar a Susan Sarandon, de soltera Susan Abigail Tomalin (ese día el feminismo lo olvidó en casa), lo que hacían esos «presos vascos» «dispersados durante décadas», cuyos familiares tanto le «conmovieron». Resulta que antes que «presos vascos» fueron asesinos, crueles alimañas que desventraron a hijos, mujeres, padres, hermanos, abuelos y nietos de otras familias que, estas sí, han sufrido un alejamiento dramático de sus seres queridos. Tan lejos los tienen, que tendrían que cavar dos metros bajo tierra para hallar sus restos. Eso sí que es dispersión, Susan. No obstante, nada tan dispersa como tu brújula moral, descacharrada por un sectarismo que acaba de empañar tu dilatada y exitosa carrera de actriz.

No sé si lo sabes, pero acabas de pisotear la memoria de casi 900 víctimas de una banda de carniceros que mataba para imponer una dictadura comunista, aunque lo que realmente hizo fue montar una suculenta industria, la industria de la muerte. No eran, como insinuaste, unos seres benéficos alejados de sus mamás por cientos de kilómetros. Si tuvieras media neurona, Susan, te habrías informado antes de vomitar esas palabras. Porque, a pesar de tu admirado Pedro Sánchez, todavía en España sabemos distinguir entre el bien y el mal, entre los que descerrajan un tiro en la cabeza de un inocente, y los que lloran el resto de su vida sobre una tumba que nunca debió ocuparse. Es lógico que, en el pack de tus elogios al presidente socialista, de tu activismo a favor de una flotilla de pijas desocupadas defensoras de los terroristas de Hamás, de tu silencio sobre cómo machacan los ayatolás a las mujeres y niñas iraníes también se incluyera un guiño a ETA. Tiene todo ello la misma pestilente naturaleza. Mucha compasión en tu discurso de los Goya por los chavales palestinos y ninguno por los huérfanos de la banda que tanto te emociona.

Esos presos que te afligen estaban en «cárceles muy lejanas» porque mataban sin ninguna compasión mientras tú pisabas alfombras rojas para recibir galardones. Eran unos viles delincuentes, la peor bazofia humana. Un Estado entonces decente y fuerte les distribuyó por prisiones más dignas que los zulos donde ellos encarcelaban a funcionarios, empresarios o concejales de pueblos. No sé si lo sabes, Susan, pero las madres que visitaban en chirona a las serpientes que un día parieron pudieron llorar tranquilamente sin que las lágrimas hicieran un mortal surco en sus mejillas, como contaron los forenses que hallaron en la cara de un chico llamado Miguel Ángel Blanco, al que esas hienas con las que te solidarizas secuestraron, torturaron y pegaron dos tiros. Entonces había un Gobierno íntegro que no cedió a ese chantaje. Todos nos maliciamos que el «guapo» presidente que tanto te gusta hubiera entregado a los terroristas, bajo aquella presión, cuanto hubieran pedido. Como Churchill le dijo a Chamberlain, hubiéramos elegido el deshonor y también habríamos perdido a Miguel Ángel.

Por alguna razón que solo puede atender a la indigencia intelectual y a la impostura política, siguen desfilando artistas por nuestra vida que se creen en el derecho de manipularnos con su sectarismo y demagogia, de insultar a nuestras víctimas y de reñirnos si votamos mal: es decir, a la derecha, y especialmente a Vox. En España estamos muy bien servidos de personajes de esa calaña. Tenemos nuestro propio equipo cínico habitual: Miguel Ríos, Almodóvar, Luis García Montero, Aitana Sánchez Gijón, Javier y Carlos Bardem, Alberto San Juan, Luis Tosar... Su misión: anteponer sus resabios sectarios a la libertad de la gente para votar lo que le salga de la peineta. Sujetos al pesebre público, con subvenciones que en muchos casos salvan sus bodrios artísticos (las películas del último Goya son un ejemplo palmario), persiguen a partidos democráticos y salvan a totalitarios que pisotean la Constitución, que malversan dinero público para sus delirios separatistas, que mataron en nombre del pueblo vasco y que imponen la desigualdad entre españoles.

Ahora se les ha unido esta neoyorquina de 79 años, que presume de una fotografía con el dictador Chávez que haría sonrojar a una vaca. Es la oscarizada protagonista de Thelma y Louise, soberbia en esa interpretación del espíritu de libertad y feminismo, que la lleva al surrealismo de arrojarse al vacío. Gracias a Dios no murió, aunque parece haberse quedado tocada por el golpe. Un personaje como ella, que ha representado tantas vidas como para saber discernir entre lo bueno y lo malo, debería mostrarnos una actitud humilde que le permita terminar su carrera con los honores que ha cosechado en la ficción; porque de la realidad es claro que no sabe nada. Si España tuviera un presidente íntegro le reclamaría que se retractase, pero no lo esperamos: total, si a los que ha elogiado Sarandon son los mismos con los que pacta él. Hasta Otegi ha corrido a felicitar a Susan. Tal para cual.

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