Desde la retaguardiaMiquel Segura

La gata moteada y el «triángulo mágico»: reflexiones en tiempo vacacional

La coalición nacionalista se alinea, aunque sea solo por un momento, con PP y Vox para condenar enérgicamente la regularización de medio millón de inmigrantes que está llevando a cabo Sánchez en busca del voto perdido

En mi actual casa de acogida tienen una gata de pelo moteado, blanco y negro. Nadie sabe cómo llegó ahí pero los nietos del propietario se encariñaron con ella y aquí que se quedó. Es arisca y sigilosa y uno se la encuentra donde menos se espera. Dadas las enormes dimensiones de la villa resulta difícil saber donde se encuentra «Cuqui». Puedes encontrarla encaramada en un sofá, arrebujada a tus pies o en el jardín, siguiendo el vuelo de las numerosas aves que, al anochecer, buscan acomodo en las cumbres de los árboles en una especie de ceremonia que tiene mucho de ritual.

No soy de gatos pero en esos días no he podido dejar de observar las evoluciones de la gata moteada, su habilidad para recolocar los cojines donde se despereza en interminables siestas. Me pregunto si eso es lo que significa descansar: abstraerte en las idas y venidas de un felino, contemplar desde una cierta lejanía los movimientos de los jugadores en el inmenso campo de golf y, por supuesto, rechazar cortésmente cualquier discusión gratuita, ya sea sobre la guerra en Oriente Medio, la situación económica o el problema de la saturación en Mallorca, ese que a lo mejor nos solucionan los ayatolás si se empeñan en mantener el bloqueo del famoso estrecho de Ormuz.

Los isleños criticamos que los inmigrantes creen guetos cuando eso era lo primero que yo buscaba al llegar a una ciudad americana

¿Por qué he iniciado este artículo hablando de «Cuqui»? Ni yo mismo lo sé, aunque aventuro que no será por falta de temas. Recibo una nota de prensa de Coalició per Mallorca que llama mi atención. (entre nosotros: esa gente abusa, a mi modo de ver, de la comunicación con los periodistas, pero luego lo piensas y comprendes que su actual indigencia política no les ofrece muchas otras alternativas). A mí me interesó aquella nota en particular porque Joan Lladó -que es quien, en este caso, la firma- vuelve a trazar, quizá sin darse cuenta, las líneas de lo que yo denomino «el triángulo mágico». Es decir, la coalición nacionalista se alinea, aunque sea solo por un momento, con PP y Vox para condenar enérgicamente la regularización de medio millón de inmigrantes que está llevando a cabo Sánchez en busca del voto perdido. Mi presidenta Prohens ya se ha referido en repetidas ocasiones al impacto que supondrá para Baleares dicha regularización y el efecto llamada que la misma va a ocasionar.

Lladó, creo, va todavía más lejos: dice que las nuevas disposiciones del gobierno central en materia de inmigración van a impactar sobre nuestras islas de manera brutal. “Será -asegura- como si de repente la población de Montuiri se multiplicase por veinte. Hombre, la hermosa villa del Pla tampoco es Nueva York, pero también es verdad que en un territorio tan pequeño como Mallorca, que ya está a rebosar, eso puede ser la gota que colme el vaso.

Cuando, hace unas pocas semanas, escribí en esta casa un artículo titulado: «Mallorquines: extranjeros en nuestra propia casa» me llovieron reproches y felicitaciones a partes casi iguales. Tampoco quiero que eso se repita, especialmente si recuerdo que hace unos 30 años publiqué cinco libros, cinco, sobre el tema de los emigrantes mallorquines en Centro y Sudamérica. Ahora la situación se ha invertido y los isleños criticamos que los inmigrantes creen guetos cuando eso era lo primero que yo buscaba al llegar a una ciudad americana: los restos de los guetos que habían creado los inmigrantes de las islas en aquel lugar. ¿Qué son, si no, las «Casas de Baleares» que todos los gobiernos de ese pequeño país insular se han esforzado en mantener?

Ahora mismo la gasta moteada ronronea cerca de mis pies. La casa, ya lo escribí, es muy grande y aquí los invitados somos los reyes. Pero: ¿qué ocurre cuándo ya no hay sitio?

Nunca dejaré de escribir desde la contradicción. Mucho menos en vacaciones.

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