El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Acisclos en peligro de extinción

Cada cierto tiempo, tanto los medios locales como los de toda España, se llenan de una noticia recurrente: ¿Cuáles son los nombres y apellidos más frecuentes? Jugamos entonces a encontrarnos, y Pedro dice «mira, aquí estoy», Carlos se ríe porque está por encima, y Antonio José y Antonio Jesús compiten por unas décimas pero ya a la cola de la lista, como si luchasen por las metas volantes o los sprint especiales de la cosa. Lo mismo sucede, claro está, con las mujeres, pues se trata de un ámbito igualitario. De momento, las estadísticas no muestran las preferencias trans, y desconocemos si los Alejandros se autoperciben mayoritariamente como Natalias y, por el contrario, si las Beatrices mutan a Ignacios. Y así, sabemos que el nombre más frecuente de la capital cordobesa, con mucha diferencia, es Rafael, seguido de Antonio, Manuel, Franciso y José. Por la parte femenina tenemos en el podio a María del Carmen, María y Carmen, que es como insistir para que queden claras las preferencias. Les siguen María Dolores y Antonia. Rafaela aparece en séptimo lugar. Ambos, Rafael y Rafaela honran al ángel custodio, San Rafael, en todas sus vertientes: faletes, rafaletes, rafis y falis. Pero en todos estos estudios siempre falta algo. ¿Dónde están los Acisclos?

Córdoba cuenta, insistimos, con ángel Custodio: San Rafael. Según el INE, hay en España más de 219.000 Rafaeles y más de 23.000 Rafaelas, con gran presencia en Córdoba. También hay muchas Dolores en la ciudad, por la Señora de Córdoba. Si tomamos al Señor de Córdoba, Jesús (Rescatado) también es un nombre popular. Fuensanta, por la copatrona, goza de buena salud y, mucho más, Victoria, por la patrona. Pero,...¿nuestro patrón? ¿Y Acisclo?

Hay 241 Acisclos en España, con una media de edad de 63’6 años. Se diseminan por varias provincias, como Huelva, Badajoz, Toledo, Albacete, Alicante y Córdoba. En la provincia de Córdoba tienen dos bastiones. Por un lado la capital, y por otro Pozoblanco, que es la verdadera capital acisclera, como si muchos de los últimos ejemplares se hubieran refugiado allí para hacerse compañía antes de que el nombre desaparezca, a modo de cementerio de elefantes. Porque estamos hablando de Acisclos en peligro de extinción.

¿Por qué su propia tierra maltrata así a su patrón? Incluso lo desmerece ante su hermana, la también santa Victoria, que cuenta con iglesias, bonitas calles, parroquias o colegios que llevan su nombre. ¿Y Acisclo? El pobre tiene una calle perdida en Sagunto que prácticamente nadie conoce, y la parroquia de Valdeolleros. La gente no quiere saber de él en el bautismo ahora que ya no se bautiza. No hay niño alguno al que gritarle Acisclovenacapacá, en un mundo en el que empiezan a abundar los Enzos, los Ajax, los Ottos, los Thiagos, los Gaeles y los Liam. ¿Acisclo? Ninguno.

Como recoge la Wikipedia a través de ‘El gran libro de los nombres’ (Manuel Yáñez) y ‘El libro de los santos’ (José María Montes), Acisclo es un nombre propio masculino de origen latino en su variante en español. Proviene del latino Aciscŭlus y significa «pequeño martillo o hacha», de ascicŭlus, diminutivo de ascia (hacha). Quizá este carácter varonil (martillo, hacha) y sus resonancias arcaicas, además de ser de difícil pronunciación para un cordobés, que lo convertiría inmediatamente en Asihclaeh, se unan a ese cierto e inexplicable ninguneo en favor de otros santos o ángeles. Tampoco es cuestión de echarlos a pelear a ellos. Pero al final tenemos una situación clara: hay muchísimos menos Acisclos que linces ibéricos. Y ni siquiera se tienen datos sobre si existe algún Acisclo albino, lo que sería una verdadera joya.

¿Cómo revertir esta situación? Necesitamos urgentemente un Observatorio de los Acisclos, con representación colegiada, que realice el informe pertinente con las posibles causas y soluciones, además de un Acisclo Lab que analice la situación con herramientas de IA. Pero lo cierto es que Acisclo, por su importancia en Córdoba, merece mejor suerte. Quizá sin saberlo, al andar por la calle, ese anciano que cruza la calle sea el último Acisclo. Y, anunque sean pocos, una Córdoba sin Acisclos ya no es una Córdoba de verdad.

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