La familia que aborta unida...
Ahora mismo en este país apenas queda oposición pública al aborto
La pasada semana, La Voz de Córdoba publicaba un reportaje sobre el intento de amedrentamiento que estaban sufriendo las personas que rezan junto a la puerta de la clínica abortiva de Córdoba situada en la calle Ollerías. Algunos energúmenos se dedicaban a echar aceite en la especie de banco que hay en la zona, realmente un embellecimiento de un respiradero que, sin embargo, sirve para que los vecinos del lugar descansen un ratito ahí. No era la primera vez que ocurría, sino la quinta. Y eso solamente durante la actual campaña. El acto de gamberrismo ya venía de años anteriores y ha obligado a los voluntarios, casi 200 activos, a llevar una cubeta con amoníaco y útiles de limpieza. Al margen de este suceso, la publicación en el Facebook del diario se llenó de imprecaciones e insultos directos a las participantes que aparecían en la foto. El ataque llegó a tal punto que hubo que borrar varias docenas de intervenciones por su gravedad. Sin duda, lo del aceite no era nada en comparación con lo que algunos serían capaces de hacer a gente que se limita a rezar. O quizá no, que luego la valentía suele flaquear.
La combinación de la noticia y los insultos era un reflejo exacto sobre cómo ha afectado el medio siglo de ingeniería social a los españoles. De ser un país con un poso católico donde el aborto plantearía un serio debate moral a un amplio porcentaje de la población, a generar una agresividad inusitada en sentido contrario porque prima una supuesta libertad individual y exclusiva de la mujer. Nunca la del embrión humano, el padre o los familiares de todos ellos. Es más, una de las responsables de esta actividad centrada en la oración comentaba que es frecuente ver a familiares con niños en la puerta del abortorio. O sea, que acompañan bien a una hija o a una nieta que va a eliminar al hermanito de los anteriores. «No se dan cuenta de que son lo mismo», se preguntaba. De la familia que reza unida, permanece unida, hemos desembocado en la familia que aborta unida... quizá permanezcan unidos aquellos miembros a los que se permitió vivir. Y con la eliminación de uno de ellos siempre rondándoles.
A esto hay que añadir la ira extrema que suscita la más mínima defensa de la vida. Ríase usted del perro de Pavlov y su campanilla. Basta mencionar una actividad en una clínica abortiva unida a la fe católica para que al otro lado se desaten accesos de rabia que sólo se ven en plena transformación en una peli de zombis. Las coacciones intentan socavar no sólo ya las acciones contra el aborto, sino el mero planteamiento de una sencilla discusión acerca de este asunto. Sobre este tema debe imperar el silencio en favor de la muerte.
En esa violencia se observa también el rechazo a la virtud. El ser humano, al fin y al cabo hecho a imagen y semejanza de Dios, no quiere ver ni oír a aquéllos que se oponen con coraje y bastante solos a la máquina picadora de carne, pues, no nos engañemos, eso es el aborto. Callándolos a la mínima que se expresan, insultándolos, echando aceite... tienen la oportunidad de mantener su conciencia a salvo. ¡Los malos son ellos!, se dirán a sí mismos.
Y así, ahora mismo en este país apenas queda oposición pública al aborto. Si antaño esa práctica era clandestina, ahora la defensa de la vida va camino de ello. En este punto, la comunidad católica se muestra bastante tibia, pues únicamente un grupo reducido de personas con principios religiosos se atreve a defender al nasciturus en un amplio sentido, ya sea desde medidas como las comentadas o sencillas conversaciones con amigos o familiares. La democracia liberal ha conseguido invertir los valores hasta hacer casi proscritos a los que alzan la voz por los más indefensos. Y además insertar en ellos una especie de autocensura por miedo a la presión externa.
Desde el aborto, al divorcio, a la devastación de la educación, la sexualidad temprana, la destrucción de la maternidad y la familia y, no digamos ya, la demoníaca promoción de la pedofilia, todo en este Occidente se conjura contra los más pequeños desde el mismo momento de su concepción. Se trata de un conjunto perfectamente hilado de elementos destinados bien para devastar, bien para dejar solos e indefensos a los niños.
Sin embargo hay cierta esperanza. Mucha más gente de la que suponemos se opone al aborto de manera fundada y decidida. Si hay en Córdoba cientos de voluntarios para rezar, ¿no es motivo de optimismo? Se trata de no ceder a ese silencio y amenazas que generan un clima en el que parece que hay pocos. No es así. Ante el acoso a la infancia debemos abandonar la tibieza, y más valdría ver qué dice la biblia sobre los tibios...