El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Mujeres de alto valor

«El Gobierno ya no le dice a las mujeres cómo deben comportarse, sino qué no deben ser, enlazando sibilinamente con lo que los hombres no deben desear»

Evito adentrarme en la manifestación del 8M como quien sortea un área radioactiva. Si tengo que acudir por motivos de trabajo periodístico, me limito a tomar las pertinentes declaraciones, huyendo de hacer cualquier tipo de incursión en el interior del vórtice. Pero hace unos ocho años, en plena efervescencia de este encuentro debido al caso de La Manada, quedé atrapado en el interior de un céntrico local cuando pasaba la muchedumbre. No tenía más remedio que salir para volver a casa, y cuando lo hice, sin comerlo ni beberlo, estaba en el mismo meollo de la aglomeración. Durante el poco tiempo que tardé en escapar de aquel ambiente, presa de un miedo cerval, podría haber escrito un tratado de antropología. Mujeres maduras, varias de ellas miembros de sindicatos, increpando a un policía local al borde de la jubilación por su carácter masculino; pancartas con lemas obscenos; proclamas procaces e increíblemente agresivas; voces constantes y un conjunto de vestimentas que dejarían al carnaval más hortera en mero aficionado.

Conocía entonces de sobra cómo se las gastaba el feminismo, pues por mi actividad en medios, foros y redes sociales ya había perdido amigos y trabajos por criticar esta ideología. Pero ver a tantas mujeres convertidas por propia decisión en particulares Torrentes, pero sin la distancia irónica de Santiago Segura y su crítica social, me hizo estremecer. Era como observar un conjunto innumerable de imitaciones de hombres, pero no de los grandes valores que se atribuyen al eterno masculino (autoridad, disciplina, coraje, protección, fecundidad espiritual), sino al parroquiano de barra vulgar y ebrio por la ingesta de aguardiente que, al paso de otro como él, le desafía hasta pelearse en una de esas riñas que terminan con ambos asfixiados en el suelo sin haber acertado un sólo puñetazo. En resumen: salí por patas de aquella ordinariez en cuanto pude.

Desde entonces, y salvando el 2019, la manifestación no ha vuelto a contar con tanta asistencia y ha pasado por diversas etapas, entre ellas aquel recordado 2020 en que ejerció de fuente de contagio de coronavirus por empecinamiento del Gobierno. Pero al final se ha institucionalizado dentro del calendario como si existiese desde siempre, y marca las fechas en los medios ya desde los días previos, ejerciendo de canal periódico de propaganda. Este año, el Ministerio de Igualdad ha realizado un interesante vídeo encabezado por la frase «Mujeres de alto valor. No dejaremos que el pasado avance».

En este pequeño anuncio de algo menos de minuto y medio, el Gobierno da un paso más en sus líneas políticas. Ya no le dice a las mujeres cómo deben comportarse, sino qué no deben ser, enlazando sibilinamente con lo que los hombres no deben desear. Y así, seguramente, en próximos años ya se dirijan directamente a un sector masculino desmoralizado y autoemasculado.

Vemos a la actriz Ángela Molina, elegantemente vestida pero con un punto estrafalario, estilo «El crepúsculo de los dioses», enumerar una serie de características que han de tener las llamadas «mujeres de alto valor» en la jerga que se emplea en algunos lugares de internet. Entre estos rasgos están, precisamente, vestir bien, una buena apariencia, modestia, feminidad, simpatía, gusto por la familia, tendencia a la exclusividad sexual, fidelidad, pureza o sumisión. Entre tanto, se va cambiando la ropa a algo más moderno, se quita el maquillaje y se suelta el pelo. Finalmente, coge la pancarta casi como si fuese un arma y, andando decidida y enfadada, cual antiguo veterano de los Tercios de Flandes hacia el campo de batalla espada en ristre, se encuentra en la calle con una amiga. Ambas se dirigen corriendo a la manifestación.

Si la protagonista rechaza esas particularidades con tanta firmeza, hemos de colegir que se decanta por las contrarias: desaliño, informalidad, dejadez, tosquedad, vanidad, narcisismo, ostentación, androginia, masculinidad o brusquedad, además de antipatía, rebeldía, impureza, desapego a la familia o incluso indecencia en un amplio sentido. Al oponerse a lo que hasta hace tan sólo unos lustros serían consideradas generalmente virtudes, la apuesta se dirige en el otro sentido.

Pero, como indicamos, apela también al deseo de sectores de hombres que manifiestan sus preferencias por los valores más tradicionales, aquellos que se atribuirían justo al eterno femenino, denostando retorcidamente sus inclinaciones: ¡no debes elegir eso! ¡Lo otro es mucho mejor ¡Pero a dónde vas con una mujer fiel, poco promiscua, familiar, agradable y femenina! ¡Es que estamos locos!

De forma involuntaria, el vídeo refleja el destino de la mujer. Si hace un tiempo oímos aquello de «sola y borracha quiero llegar a casa», aquí Ángela Molina, mujer ya de 70 años, anciana por tanto, permanece sobria aunque con actitudes erráticas. Nadie hay en casa salvo ella, de hecho más bien parece un hotel. Sin familia, sin hogar, sin tan siquiera perros o gatos, no digamos ya Dios, envejece aislada con el único vínculo de la ideología representada por su amiga. Ya ni siquiera tiene que imitar a la mala parodia de un hombre. Por fin lo ha conseguido: es un cascarón vacío hacia la muerte.

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