Cordotherians
«¿Se mezclará el fenómeno therian con el gastronómico o foodie para dar lugar a personas que se crean tosta de melva o berberecho a la sartén»
En tan sólo unos días nos hemos visto asaltados por una extravagante tribu urbana, los therian, que son calificados en algunos foros como los nuevos transexuales. Si aquéllos consideraban que su cuerpo y mente pertenecían a otro sexo, éstos se identifican espiritualmente con un animal, incluso varios, ahorrándose por una parte la mutilación de los genitales, y por otra la reencarnación. Ambas ventajas y disfraces atractivos -nunca hay un therian que se identifique con un lirón careto como homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente; ni con un koala, un tapir, un gorrino vietnamita, un pez borrón o una babosa- hacen el resto . Todas las personas con cierta edad nos convertimos alguna vez en un proyecto de grulla con la intención de emular la patada de karate kid, topándonos con la realidad de su ineficacia para el combate callejero, aunque el hecho de que esa ave no tuviera ni media guantá ya nos debió hacer sospechar. El fenómeno therian va a más, pues añade un elemento identitario y difusamente religioso.
Recientemente, se iba a producir una quedada therian en Córdoba, pero los organizadores se echaron atrás a causa de los insultos recibidos en las redes sociales, curioso achantamiento cuando cualquiera de ellos se parece bastante más a un personaje de «The purge: la noche de las bestias» que a una dócil criaturilla del bosque. A pesar de las apariencias, deben ser animales espirituales con la sensibilidad a flor de piel, cuando en plena naturaleza esto es relativo y prima más la lucha por la supervivencia: el león mata al leopardo, el leopardo al guepardo, y todos los anteriores se comen a los ñus.
Decepciona un poco ver la uniformidad de estos therians. Lobos, zorros, osos, grandes felinos, delfines o vistosas aves rapaces suelen ser las elegidas. A veces también el simpático mapache. Quizá la quedada cordobesa no triunfó por falta de therians verdaderamente autóctonos, en los que uno pudiera reconocerse. Y así, hacen falta therians lince ibérico, o su versión de lince blanco; therians cigüeñas de las torres de electricidad; therians garcilla bueyera o nutria de los Sotos de la Albolafia; therians cernícalo primilla de las iglesias fernandinas; no pueden faltar los ciervos y jabalíes de las monterías; tampoco el therian paloma carnívora del Bulevar o el perrito cagón de los parques. Se pueden añadir el therian vaca de Covap, pato de Los Patos valga la redundancia y, por encima, el rey de todos ellos: gato de molinos del río, aquel animal superior, cúspide de la cadena trófica, que vive como un príncipe saudí.
¿Se mezclará el fenómeno therian con el gastronómico o foodie para dar lugar a personas que se crean tosta de melva, berberecho a la sartén, lomo de vaca a la piedra, cochinillo al horno, cordero lechal a baja temperatura, dorada a la sal o boquerón frito con limón? ¿O apenas será esto un juego en comparación con las locuras por venir? Lo cierto es que hace décadas, quizá siglos, el hombre le dio la espalda a Dios, es más, se creyó él mismo un dios. ¿Podría llamarse transdivinidad? ¿Un dios atrapado en el cuerpo de un ser humano? Ante semejante dislate hoy plenamente normalizado, el resto posiblemente no sean sino estrambóticos sucedáneos.