El rodadero de los lobosJesús Cabrera

El rito de las vallas

«El primer paso es la foto y si es con una niña, mejor, que así da más pena»

Los libritos de la Semana Santa se han quedado cortos, definitivamente les falta información. Está muy bien que cada año te informen de las hermandades de vísperas, de las de penitencia, de las denominadas glorias, de los estrenos, de las bandas y del itinerario. Estos son los datos esenciales para echarse a la calle y disfrutar de las procesiones, pero esta celebración religiosa es mucho más, ya que se componen de infinidad de detalles que la enriquecen y de los que se debería informar puntualmente, si es que ello se puede.

Porque es imposible predecir la floración del primer azahara, algo maravilloso pero que se debe disfrutar el silencio porque hablar de ellos -y mucho más escribirlo- resulta ya excesivamente cursi. Tampoco se puede prever cuándo aparecerá la primera torrija en el escaparate de una confitería, algo imposible en tiempos en los que a estos negocios se les ha ido la olla y ya te la venden con crema de Lotus al lado de bandejitas de gachas, totalmente fuera de temporada.

En los libritos, por tanto, no se puede anunciar cuándo llegan el azahar y las torrijas pero sí se pueden anunciar otras cuestiones que forman parte de las tradiciones que cada año se enriquecen en torno a nuestra Semana Santa. Habrá quien disfrute cuando llegue a la calle Torrijos el primer camión para descargar los tubos de los palcos. Es algo perfectamente predecible que se podría anunciar en los libritos como la primera colgadura que luce en un balcón. Si esto se supiera con antelación no sólo habría gente esperando el momento sino que al rato estarían las redes inundadas con estas imágenes.

Otro rito que debería figurar en los libritos es el de la aparición en las redes sociales de la primera foto para criticar las vallas de la carrera oficial. Esto se ha convertido ya en una tradición que, con toda seguridad, es de las más divertidas pese a lo cansina que es. El primer paso es la foto y si es con una niña, mejor, que así da más pena. Después viene el comentario con el rosario de tópicos habituales: que si la privatización, que si es una Semana Santa para ricos, que si el PP nos expulsa, que si los curas no nos dejan acercarnos; vamos, nada nuevo.

Las propias redes sociales se encargan de desmentir estos mantras con tanta rapidez como eficacia, pero la foto de la niña encaramada a la valla sigue ahí cada año, como un rito más de la Semana Santa, como la chaqueta de estreno para el Domingo de Ramos, como la corbata negra del Viernes Santo.

Esas vallas que tanta alergia causan a algunos permiten que se pueda andar con fluidez por las lindes de la carrera oficial y son una eficaz vía de evacuación en caso de cualquier incidente.

Esta tradición se repite año a año con la frescura de la primera vez y nunca falta el político de turno que entra con facilidad en una polémica que lleva años cerrada. Este año le ha tocado al socialista Antonio Hurtado, que sabemos que no pierde ocasión alguna, a quien le han explicado por activa y por pasiva que la razón de ser de esas vallas no es otra que la seguridad.

Quienes conocen el percal de verdad saben que esos ‘ricos’ que ven las procesiones en la carrera oficial son mayoritariamente personas mayores o con niños muy pequeños que no están ya para meterse en las bullas. La otra opción, si es que de verdad se quiere disfrutar de las procesiones, es entrar al Patio de los Naranjos -que es carrera oficial- y acoplarse en alguno de los huecos que siempre hay. Y gratis.

Muchos de los que defienden la eliminación de estas vallas optan por la calle de la Feria o por Cardenal González, donde montan el campamento con sillitas, nevera, manta y muchas pipas, desde donde ponerse borde con quien intente pasar y con la propia Policía, si hace falta.

Como ven, las vallas de seguridad de la carrera oficial son una tradición a proteger y a promocionar a través de los libritos porque el rito se repite año a año con puntual exactitud. Se comienza criticando las vallas y se termina añorando la plaza de las Tendillas, donde se colocaron las primeras con un gobierno municipal de izquierdas, como también era de izquierdas en que las implantó en el entorno de la Mezquita Catedral hace casi una década. Al final, todo esto encierra la nostalgia por volver a los rótulos luminosos del bar Boston o de Creusa junto a nuestros pasos.

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