Lógica desconfianza
«Ha desaparecido el viaje por ocio, el que ocupaba los hoteles de Córdoba, el que permitía una escapada a Madrid y dejaba hacer uso de la libertad de cada uno»
Efectivamente ha sido una pesadilla la vivida durante un mes al haber estado Andalucía incomunicada por tren. Todo trayecto ha sido una aventura, llegando a multiplicar por tres la duración normal del recorrido, con transbordos decimonónicos y precios astronómicos para el servicio prestado.
La tragedia del accidente de Adamuz ha destapado la fragilidad sobre la que a diario se desplazaban decenas de miles de personas en España. Desde el pasado 18 de enero se ha ido conociendo cómo el mantenimiento no ha sido el más adecuado en los últimos años, precisamente cuando desde 2020 comenzaron paulatinamente a operar otras compañías y, consecuentemente, se multiplicó el tráfico por las vías. La consecuencia directa ha sido un incremento del desgaste y del deterioro que crecía a un ritmo mayor que el de las inversiones realizadas desde el Gobierno de la nación, si las ha habido.
Han sido semanas en las que las reducciones de la velocidad, las suspensiones de circulación en determinados trayectos y los retrasos tercermundistas se han puesto a la orden del día. Y todo ha ocurrido de golpe, con el miedo de quien ha tapado una situación que ya cuesta vidas.
Tampoco ha sido muy afortunada la reanudación del servicio. El anuncio del lunes de que los trenes volverían a circular entre Andalucía y Madrid «el martes o el miércoles» ha sido poco serio. El Gobierno, tan ducho en materia de comunicación en algunas ocasiones, ha trasladado en este caso una sensación de improvisar sobre algo demasiado delicado como para hacerlo a la ligera, como si diera igual un día que otro.
Como era de esperar, la normalidad no ha vuelto al servicio ferroviario de alta velocidad. Los pasajeros cuentan que los vagones van prácticamente vacíos y que los pocos que los ocupan son quienes no tienen más remedio que viajar. Esto significa que ha desaparecido el viaje por ocio, el que ocupaba los hoteles y los restaurantes de Córdoba, el que permitía una escapada a Madrid y, en definitiva, dejaba hacer uso de la libertad de cada uno.
El concepto de viaje en alta velocidad se ha volatilizado a una velocidad de vértigo y ha dado paso a una desconfianza más que comprensible. ¿Recuerdan este verano la de trenes que quedaron parados a pleno sol sin que nadie diera explicaciones convincentes? ¿Cuántos viajeros se subieron al vagón bien pertrechados de agua, alimentos y baterías para el teléfono móvil por lo que pudiera pasar? Ha pasado sólo medio año y todo se ha olvidado, como se olvidará también lo sufrido este invierno.
Ese servicio ferroviario que estaba «en el mejor momento de su historia» hace aguas y ofrece una lamentable imagen de España además del descrédito que sufre en el interior. Pocos se fían de su servicio.
Pero, eso sí, cuando usted saque un billete de alta velocidad tenga la completa seguridad de que se lo van a cobrar como alta velocidad, como si fuese a tardar cien minutos en plantarse de Córdoba a Madrid, como ha sido siempre. Pero no va a ser así, porque usted va a pagar como si el tren circulara a 250 kilómetros por hora cuando realmente su velocidad y la duración del trayecto será la misma a la que había en los años 80, pero entonces los billetes eran más baratos.