Paco Daroca
«Aquello reunía todos los ingredientes para que la ciudad se hubiera sumergido, una vez más, en una de esas disputas estériles que cíclicamente afloran»
Es corriente que en las sociedades haya personas productivas, brillantes e imprescindibles que no vayan buscando el foco ni la notoriedad. Su herramienta principal es el camuflaje que les hace pasar desapercibidos, algo que no evita que quienes los conozcan sepan de sus múltiples méritos.
Esa discreción no logra evitar el brillo de una ejemplar carrera profesional ni de unas cualidades humanas fuera de lo común. Paco Daroca, fallecido esta semana era así, tan necesario como enemigo de la foto, tan ejemplar como generoso. Porque a veces no bastan sólo los logros para definir a una persona, sino que las cualidades humanas terminan de perfilar ese retrato.
Nos conocimos hace más de tres décadas, en un debate de la TVM. Desde entonces descubrí su valor y no fueron pocas las veces que recurrí a él en busca de un dato, de una opinión, de lo que necesitara para ejercer un periodismo que él conocía mejor que bien, al ser hijo y padre de buenos periodistas.
Por esto, eran habituales las llamadas y los mensajes por whatsapp intercambiados. Puntualmente llegaban cada vez que un servidor escribía modestamente algo de arquitectura. Que nadie crea que todo eran felicitaciones, porque también corregía con una elegancia extraordinaria al periodista que había escrito mal un apellido o se había confundido en el director de una determinada entrevista, algo que siempre se agradece.
Tampoco faltaba por Navidad la foto del «Belén gitano», pleno de gracia andaluza. Una vez, tras un artículo sobre la desaparecida cafetería Dunia agradeció que me hubiese acordado de este establecimiento que tanto marcó a los cordobeses de la época y añadió: «Donde se conocieron mis padres».
Gracias a él los cordobeses apreciamos la arquitectura de mediados del siglo XX, cuando la ciudad se abrió a la modernidad con Rafael de La-Hoz, al que tan bien estudió, como nombre más destacado en un plantel de excelentes profesionales. Un día, paseando por Cruz Conde me dijo: «Esta calle tiene mucho nivelito». La mejor definición para una ciudad que actualmente se pierde a dentelladas.
En estos días, con motivo de su fallecimiento, se ha recordado su trayectoria como profesor y como autor de numerosos proyectos, muchos de ellos premiados. Pero hay uno especialmente que no aparece en estos listados y en el que pude apreciar de cerca su altura como arquitecto. A comienzos de la década pasada andaba la hermandad de los Dolores intentando darle forma al solar cedido por el Ayuntamiento para la construcción de un lugar desde el que pudieran salir los pasos procesionales. El proyecto estaba enquistado y la hermandad resolvió comenzar de cero y encargarlo a Paco Daroca, quien mantenía estrechos vínculos familiares con la cofradía.
Lo que parecía imposible lo resolvió a la primera en su estudio de la plaza de San Nicolás, y no hubo problema alguno ni con la Gerencia de Urbanismo ni con la Delegación de Cultura. Pero faltaba por superar otro riesgo, acaso peor, como es el de la opinión pública. Al estar situado el solar en la plaza de Capuchinos, tras el Cristo de los Faroles, en una zona de alta sensibilidad estética, nadie estaba libre en aquellos años, en que las redes sociales habían hecho ya su puesta de largo, de que saliera cualquiera y la liara parda.
Aquello reunía todos los ingredientes para que la ciudad se hubiera sumergido, una vez más, en una de esas disputas estériles que cíclicamente afloran. Pero no fue así, porque tanto durante los meses que duraron los trabajos como después no ha habido voz disonante que haya cuestionado este trabajo, que era la primera intervención en siglos en este lugar. Y ahí sigue, dignificando como merecía la plaza de Capuchinos a la espera de la autoridad competente remate el trabajo de Paco y elimine la veintena de antenas que, tan decadentes como abandonadas, afean sobremanera la perspectiva.