La Corredera de Antonio Mancha
«El plan de reforma supuso la salvación y revalorización de la arquitectura de la plaza pero, en cambio, fue la tortura y la extinción de un ecosistema propio»
Hubo un tiempo en el que la plaza de la Corredera era algo muy distinto a lo que se puede ver hoy día. Donde ahora proliferan los ‘selfies’ para Instagram, los kebabs, los gigantescos parasoles de las terrazas y el olor a queso fundido de las pizzas existió un ámbito -muy degradado, eso sí- que tenía un pulso propio que latía al margen del resto de la ciudad, con una personalidad que hoy no se imaginan ni por asomo las nuevas generaciones.
Aquella plaza de la Corredera que existió hasta justo los años finales del siglo XX era la heredera directa de la que nació en la Edad Media y adquirió sus hechuras en el barroco, contagiando a todas sus inmediaciones de una febril actividad comercial de la que hoy apenas queda rastro más allá de algún nombre en el callejero.
El plan de reforma que acometieron de la mano la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Córdoba en los años 90 supuso la salvación y revalorización de la arquitectura de la plaza pero, en cambio, fue la tortura y la extinción de un ecosistema propio que era un manifiesto de vitalidad en las horas de la mañana y todo un riesgo para la integridad física en cuanto anochecía.
Cuentan que en los soportales estaban los manteses -localismo reconocido por la RAE y usado por Baroja, entre otros- que eran los ‘homeless’ de la época y que había pendolistas de bella caligrafía que se dedicaban a escribir cartas a quien carecía de la formación necesaria. Eso quedó en el pasado, pero hasta hace unas décadas se podían comprar pajaritos ensartados para el arroz, ancas de rana y galápagos para los patios, que ofrecían amontonados en cubetas, antes de que el extremismo verde impusiera sus formas autoritarias.
En aquella plaza de la Corredera de carajillo matinal para quienes trabajaban en el mercado, de Flores el afilador junto a la taberna de Paco Lopera, al lado de Carmela la jeringuera; de Encarna la barbera, de Benito el chamarilero, de Trujillo el de los libros, de Pepa Jurado, tan grande siempre, y de un sinfín de personajes más, acudia media Córdoba a comprar a diario antes de que se generalizaran los frigorificos. Era el mercado por excelencia de la ciudad. Era la plaza grande.
Todo aquella vitalidad que había en la Corredera se multiplicaba por diez en la mañana de los sábados. La plataforma central -donde se levantó la estructura metálica del viejo mercado- se convertía en un mercadillo donde lo mismo se podía comprar unos pantalones, ropa interior, hierbas medicinales, una rebeca de perlé para los niños o un botijo, mientras a las doce sonaba el campanillo de la ermita del Socorro. La sentencia de muerte de este mercadillo está escrita en el denominado Plan de Usos de la Corredera y se aplicó con toda severidad. Con rapidez quitaron de enmedio el cadáver para dar paso a la hostelería a gran escala.
En aquellos años, nada más cruzar el Arco Alto, estaba la tienda de Antonio Mancha, fallecido esta semana. Su comercio, y más concretamente su escaparate, era la delicia de los niños que se pasmaban ante una abigarrada mezcla de objetos imposibles que no se podía encontrar en otro sitio. Desde el mechero de yesca a la canilla para el barrilito de casa, desde el rosario fosforescente al llavero con la cara de Herminio Trigo, en medio de peroles, ollas, trébedes, paletillas y todo lo necesario para unas cocinas de entonces que eran mucho menos sofisticadas que las de ahora.
Antonio Mancha, como era todo corazón, se entregaba con una pasión sin límites a todo lo suyo. Comenzando por su familia y después las peñas o el Córdoba CF. Sin ser cordobés de nacimiento supo ser un elemento imprescindible en su tejido social y ahí no podía faltar su pertenencia a la hermandad de Santo Domingo. El día de la romería de San Álvaro era su día grande y no faltaba con su sombrero de ala ancha, su camisa blanca y su chaqueta, como un elemento esencial en el paisaje serrano del santuario.
Con la muerte de Antonio Mancha desaparece un capítulo importante de la plaza de la Corredera de buena parte del siglo pasado. Ahora, sólo queda Manoli Palomo, aguantando el tipo, que ha reconvertido su negocio de mesas camilla, sillas de enea, tarimas y canastos de esparto en objetos de decoración para las casas de los ‘hipster’. Ella es el último bastión no sólo de una época sino también de una forma de vida.