Ni payasos, ni jabalíes ni tenores
Aunque haya pasado bastante tiempo, ese trío de protagonistas políticos continúa entre nosotros. Y no solo aquí: en los procesos electorales por Europa o América son cada vez más frecuentes sus apariciones, tantas veces con ulterior presencia parlamentaria
«Hay tres cosas que no podemos venir a hacer aquí: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí», recordó en 1931 a sus señorías de las Cortes Constituyentes el diputado por León José Ortega y Gasset. Su pequeño partido estaba compuesto por personalidades cuya sola cita provoca melancolía: Marañón, Pérez de Ayala, Azcárate o Giner. Unamuno, que tuvo sus diferencias con Ortega, uniría esas tres categorías orteguianas en una posterior columna suya en El Sol, concluyendo que «hacer el jabalí no es serio, sino una forma de payasada, y su gruñido, un modo de gorgorito de tenor».
Los «jabalíes» de la Segunda República nutrían una categoría heterogénea de extremistas demagógicos, con «vozarrón formidable, pero con una absoluta falta de preparación que no les permite utilizarla en decir cosas importantes o luminosas, limitándose a hacer eso tan fácil que es interrumpir», como dejó dicho el gran genio coruñés Wenceslao Fernández Flórez. La deriva que experimentaría la política de entonces, bajo la batuta de jabalíes, payasos y tenores, es de doloroso recuerdo.
Aunque haya pasado bastante tiempo, ese trío de protagonistas políticos continúa entre nosotros. Y no solo aquí: en los procesos electorales por Europa o América son cada vez más frecuentes sus apariciones, tantas veces con ulterior presencia parlamentaria. Hasta en una de las cunas de la democracia moderna, Inglaterra, no dejan de crecer estas propuestas, desafiando a un turnismo que no ha sabido hacer las cosas como corresponde. En Estados Unidos, incluso han permeado a viejos partidos sistémicos, como el Republicano, imprimiendo a su política una dinámica que, al lado de la razonable defensa de ciertos valores, ha traído consigo un carrusel de sorpresas indeseables en el panorama internacional y doméstico, deteriorando el nivel de previsibilidad que se espera de cualquier superpotencia.
A pesar de que estos jabalíes, payasos y tenores tiendan a atemperarse una vez alcanzado el poder, no siempre sucede. En el caso norteamericano, hemos comprobado cómo su actual líder comenzó su mandato jactándose de sus esfuerzos en pos de la paz mundial y autoproponiéndose al Nobel noruego, para, acto seguido, amenazar con la anexión a las buenas o malas de Groenlandia, desinteresarse de la invasión de Ucrania o participar en conflictos bélicos sin autorización previa de su Congreso.
Los jabalíes, payasos y tenores británicos, por su parte, parecen empeñados en seguir creyendo que la niebla en el Canal aísla al continente, y no a las islas de Su Majestad. No les ha debido parecer suficiente el balance de su salida de la Europa institucional como para embarcarse en un ensimismamiento aún mayor, contrario a los vientos universales tendentes a la apertura de fronteras, economías y mentalidades.
Y qué decir de este trío en nuestra casa. El atento lector podrá identificar sin complicaciones a los jabalíes, payasos y tenores españoles contemporáneos. Cada miércoles, en la sesión de control al Gobierno, representan su función con entera fidelidad. Y luego por las redes sociales se difunden sus escenas, debidamente editadas para sacarlas de contexto y potenciar sus ocurrencias. El problema es que, a diferencia de otras épocas, los jabalíes, payasos y tenores no solo se localizan hoy en las bancadas de la oposición, sino del propio ejecutivo, lo que supone una novedad digna de analizar.
Josep Pla, que conoció los estertores de la Segunda República como corresponsal de prensa de un rotativo barcelonés, consideró que su fracaso fue consecuencia de la velocidad con la que se quisieron abordar los cambios, así como de la radicalidad en sus planteamientos. Como hay tendencias que parecen repetirse, últimamente no dejamos de asistir a proposiciones alejadas de la moderación y el consenso, y que se presentan en términos belicosos, como si no se dirigieran a una misma ciudadanía, piense lo que piense.
Alguien a quien conozco apaga el televisor o la radio cuando ve o escucha a estos jabalíes, payasos o tenores. Y borra o bloquea a los que le envían al móvil vídeos cortos con sus ingeniosidades y océanos jamás descubiertos. Porque ha de reconocerse que estos personajes son los únicos que las cazan al vuelo y saben lo que hay que saber para resolverlo todo.
Desde luego, ¡qué país y mundo tan precioso nos está quedando, eh!
- Javier Junceda es jurista y escritor