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En Primera LíneaJavier Junceda

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Lo más desazonador de esta vertiginosa caída de los índices de lectura guarda relación con el paralelo debilitamiento del pensamiento crítico. El análisis y cuestionamiento objetivo de la información disponible resulta impensable en un entorno así

Rubén Correa, un inquieto emprendedor limeño, lleva décadas investigando sobre los métodos más eficaces para potenciar la lectura. Ha llegado a concebir eficaces programas de comprensión lectora para todas las edades. Cuando nos vemos, me insiste en la decadencia generalizada que advierte en este asunto. De su larga experiencia, confirma que quienes leen con frecuencia estimulan sus cerebros, se concentran mejor y refuerzan su memoria, desarrollan destrezas lingüísticas, fomentan el razonamiento e incluso gozan de una mayor salud mental, al poder desconectar y reducir el estrés. Por no mencionar el alto conocimiento que proporciona, imprescindible para conocer el mundo que nos ha tocado vivir y saber desenvolvernos en él.

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El Debate (asistido por IA)

El llamado 'fentanilo digital', que se extiende por conocidas aplicaciones, está relegando la lectura al trastero. Incluso al libro electrónico, que nació para facilitar las cosas a quienes leían. Esos populares videítos de ocho segundos difundidos por las redes sociales, con su reconocido valor adictivo, no solo parecen deteriorar el nivel cognitivo y de atención de sus víctimas, sino que incrementan su progresivo aislamiento e incapacidad para poder acometer con garantías la apasionante aventura de leer una buena obra.

Aunque las circunstancias actuales sean estas, hemos de reconocer que el tema de la lectura no siempre ha sido abordado como se merece. En la etapa escolar, no era infrecuente que docentes poco o nada lectores nos obligaran a sus alumnos, como una especie de castigo, a dar cuenta de determinados clásicos de ficción. Solo los afortunados con familias con estanterías repletas de volúmenes se enganchaban a la lectura, y tampoco todos. Tal afición es más bien, a mi modo de ver, un signo que permite calibrar la curiosidad de unos y otros. A los que lo hacemos nos guía el interés por saber de las cosas y en especial de aquellas que desconocemos. Y tal vez los demás prefieran esa tiktokización que achicharra neuronas e idiotiza con rapidez al más pintado.

Como hemos dejado de leer hasta los prospectos de las medicinas, nuestras sociedades vagan desde hace tiempo por preocupantes océanos de insustancialidad. Mientras los periódicos «vegetales» apuran sus últimos años de vida, los digitales que los han sustituido ensayan fórmulas audiovisuales para convertir al lector en un mero espectador, siguiendo aquel certero pronóstico de Vargas Llosa acerca de la banalización de la cultura. Por lo que se ve, ya está aquí esa videocracia de la que hablaba Sartori, con sus alarmantes riesgos, entre ellos los de fijarse más en la apariencia que en la esencia, y menos en los hechos que en las imágenes de los hechos.

Lo más desazonador de esta vertiginosa caída de los índices de lectura guarda relación con el paralelo debilitamiento del pensamiento crítico. El análisis y cuestionamiento objetivo de la información disponible resulta impensable en un entorno así, abriendo la puerta de par en par a percepciones a la ligera impulsadas por simples sesgos externos en los que la lógica, la reflexión serena, la búsqueda de la verdad, la duda racional, las evidencias o las distintas perspectivas que admita cierta materia no encuentran nunca espacio.

Este triste escenario es en el que hoy nos movemos. Y en el que germina esa fatalidad que se ha venido llamando polarización, algo más viejo que andar a pie. Con gentes aficionadas a la lectura son más complicadas las posturas maniqueas que dificultan la cohesión de un pueblo. O las divisiones extremas entre esos «hunos y hotros» antagónicos de Unamuno, amplificadas por esos cretinos que hablan de muros en lugar de puentes. Quienes frecuentan los libros sólo saben que no saben nada, a diferencia de los que demonizan a los que piensan diferente, creyéndose en posesión de certezas políticas que no admiten una única forma de ver las cosas, aunque existan unos modelos que se han revelado mejores que otros.

Urge volver a la lectura. Y no solo para beneficiarnos de su rentabilidad en términos personales, sino por su imperiosa necesidad social. A quien lee es mucho más difícil comerle el coco. De ahí que precisemos de ciudadanos que frecuenten las bibliotecas, que dediquen las horas necesarias a cultivarse, para después decidir con sentido en cualquier ámbito.

Este es, desde luego, uno de los mayores retos que tenemos por delante.

  • ​Javier Junceda es jurista y escritor
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