Reivindicación del derecho internacional
La sacrosanta independencia de los países o territorios, o la misma paz, sucumben hoy a cálculos que no disimulan la codicia sobre los recursos que albergan sus entrañas, haciéndonos retornar a épocas felizmente superadas
Al respeto de normas cimentadas en valores a las que los países se obligaban, ha seguido en los últimos tiempos una deplorable multipolaridad que ha de tolerar por sistema los estragos que perpetran los totalitarismos, salvo los protagonizados por quienes carecen de poder disuasorio, a merced de unilateralismos de uno u otro signo. Aunque muchas de esas reglas hayan cristalizado en tratados de necesario cumplimiento, son hoy mero papel mojado ante decisiones coyunturales que tantas veces responden a sacudidas hormonales de líderes de muy diverso pelaje, entre los que hay hasta personajes que parecen sacados de la factoría Marvel.
Bastante culpa en todo esto tiene la deriva decadente de Naciones Unidas, impasible ante la infinidad de controversias que se han sucedido en las últimas décadas, no pocas consumadas por las potencias con derecho a ese extravagante veto en su Consejo de Seguridad. La ONU se ha convertido en un verdadero cero a la izquierda en las operaciones en defensa de sus principios e incluso en la gestión de los planes de paz, algo preocupante. Pero también cabe sumar a esta tesitura la irresponsabilidad de democracias que debieran impedir que alcancen el poder gentes con escasa sensibilidad hacia los límites jurídicos y éticos a los que han de someterse las relaciones exteriores, devolviéndonos a escenarios presididos por el derecho del puño.
Las formas y la razón que conformaban a ese ordenamiento universal no es posible encontrarlas en las actuaciones que cada dos por tres salen a la palestra. Ni aunque estén a priori más que justificadas. Por descontado que resulta ineludible acabar con los abominables regímenes tiránicos en los que pueden acreditarse, además, serios indicios de prácticas terroristas o ligadas al narcotráfico. Pero dicha intervención corresponde, llegado el caso, a una coalición de países, aliados en ese loable propósito de hacer cumplir los derechos humanos u otros cánones de imprescindible consideración. Extraña tener que recordar algo tan elemental en nuestros días, cuando advertimos a imperios violar fronteras por simples diferencias de criterio geopolítico o a otros erigirse en sorprendentes gendarmes planetarios, esgrimiendo supuestos motivos de seguridad interna para ignorar el derecho internacional, haciendo un uso irresponsable de aquella delirante jurisdicción universal que creíamos finiquitada.
En estos asuntos, como en otros muchos, el fin nunca justifica los medios. Es justo al revés: son esas robustas motivaciones en favor de la legalidad quebrantada las que han de hacer surgir la respuesta colectiva y enérgica de las naciones. Y las capacidades de los que cuentan con poderío debieran de saber encauzarse hacia ese noble propósito, en lugar de entregarse a peligrosas iniciativas que, pese a satisfacer sus objetivos, carecen de legitimidad, de origen y de fundamento en términos de derecho internacional.
No sirve como argumento que la ONU esté como está y sirva para lo que no sirve. Existen más fórmulas para reunir a aquellas naciones dispuestas a proteger el patrimonio jurídico común transgredido por esas odiosas dictaduras, y someter a juicio a sus responsables, sin necesidad de hacer un uso de la fuerza que orilla el marco multilateral vigente.
Hemos tenido muy mala suerte con los principales dirigentes que han coincidido en esta hora al frente de las superpotencias. Por lo que se ve, solo les une dar la espalda a la doctrina internacionalista que se ha fraguado a lo largo de los lustros, y que incluye en sus disposiciones la raíz que hace brotar unas relaciones externas fundadas en el amparo de los intereses esenciales de la humanidad, entre los cuales cabe recordar la libertad, la justicia, la dignidad personal o los derechos políticos de los ciudadanos.
Pero coinciden también en poner siempre a la economía por delante, haciendo claudicar a principios tan decentes como esos. Y hasta la idea de soberanía, desplazada ante el mero provecho del mandamás de turno con la testosterona por los aires. La sacrosanta independencia de los países o territorios, o la misma paz, sucumben hoy a cálculos que no disimulan la codicia sobre los recursos que albergan sus entrañas, haciéndonos retornar a épocas felizmente superadas.
La vigorosa razón y el sentido común que habita en las normas del derecho internacional debiera reverdecer. Y seguir custodiándonos. De no ser así, que Dios nos coja confesados.
- Javier Junceda es jurista y escritor