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En Primera LíneaJavier Junceda

Nuevas catacumbas

Tampoco se han visto, hasta el momento, excesivas reacciones ante la imparable islamización del continente, tal vez por una cándida interpretación del ecumenismo que desconoce la confesada intencionalidad colonizadora del credo musulmán

Hace más de dos décadas, san Juan Pablo II advirtió la necesidad de una primera evangelización de Europa, no de una nueva. Ese panorama de creciente indiferencia religiosa que entonces constataba, lejos de atenuarse, ha ido en aumento, convirtiendo a marchas forzadas a Occidente en un espacio neopagano, beligerante, con el imponente legado cultural que durante veinte siglos ha forjado la cristiandad.

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El Debate (asistido por IA)

Como señala con acierto el arzobispo Sanz Montes, el mutismo y la invisibilidad se impone hoy en el mundo de las artes, las ciencias, la opinión pública, los debates éticos, o los demás retos y desafíos sociales. Para él, nos están confinando a los cristianos en unas nuevas catacumbas, empujándonos a la inanidad.

Tiene mucha razón el prelado en su diagnóstico, pero ha de reconocerse que a esa situación hemos llegado, al menos en parte, como consecuencia de la pasividad que durante demasiado tiempo ha tenido la propia Iglesia sobre este fenómeno de descristianización galopante que padecemos.

Que nuestra cosmovisión cristiana haya caído en la semiclandestinidad no es descartable que guarde alguna relación con la renuncia de ciertos sectores eclesiales a dar la batalla cultural como corresponde, entregándose, en cambio, a movimientos de naturaleza variopinta en los que en ocasiones cuesta detectar un mínimo aliento espiritual. También ha habido excesos de tibieza o de abierta cobardía en otros ambientes clericales, en lugar de mostrar sin complejos los tesoros de una fe que vela por la libertad, la belleza, la verdad, la bondad o lo trascendente.

Tampoco se han visto, hasta el momento, excesivas reacciones ante la imparable islamización del continente, tal vez por una cándida interpretación del ecumenismo que desconoce la confesada intencionalidad colonizadora del credo musulmán, con sus fanáticas estructuras sociales y jurídicas, incompatibles de raíz con los tradicionales modos de vida europeos.

Tratando de aproximarse a una sociedad descreída, en lugar de hacer justo lo contrario, hemos asistido a estrategias banalizadoras de lo sagrado, lo que no es difícil de percibir incluso en determinados ritos ceremoniales, tan a menudo plagados de frivolidad. Aunque existan iniciativas educativas o sociales que combaten como es debido a los dioses falsos en escuelas o familias, otras no han dejado de confundir al personal con desafíos diversos a una milenaria doctrina que ha llegado a nuestros días, precisamente por su sencilla y conmovedora veracidad.

Sanz Montes, responsable del episcopado continental en este clave asunto de la defensa cultural, apuesta por desempolvar a los maestros de la certeza frente a los de la sospecha en el mundo del pensamiento, saliendo al paso de los Marx, Freud o Nietzsche poniendo sobre el tapete la vida y obra de grandes santos como Benito, Francisco e Ignacio. O como Agustín y Tomás, cabría añadir. Y apuesta por proyectar luz sobre la infinidad de inconmensurables monumentos, inmuebles, u obras de arte que han encontrado su inspiración en el mensaje cristiano. Un simple recorrido por las magnas catedrales, basílicas, o claustros católicos desperdigados por estas vetustas tierras debiera bastar para abrir los ojos a esa legión de idólatras para los que sobra cualquier referencia a la religión que ha configurado el alma y estilo europeos.

Las raíces cristianas de la vieja Europa, sostiene don Jesús Sanz, «pueden estar necesitando regarlas con un agua vivificadora que devuelva su fecundidad secular». En efecto, como igualmente ha escrito, el panorama hostil que padecemos está sembrando ese escepticismo pesimista que termina claudicando en esas nuevas catacumbas en las que se nos quiere enmudecer, censurando nuestra palabra y expulsando nuestra presencia.

Cada cristiano, en su entorno próximo, está llamado a la reconquista de esa poderosa herencia común. No es posible que sigamos por más tiempo asistiendo impasibles al desmoronamiento de un colosal patrimonio que durante centurias se ha levantado con paciencia, confianza y humildad. Los imperios de las ideologías contrarias a Dios siempre han generado una cultura enemiga del hombre, considera Sanz Montes. Y la nuestra es profundamente humana, de modo que tarde o temprano deberá resurgir de sus cenizas, guste o disguste a los que no descansan para ir a contracorriente de lo que somos, ya que, como dijo el Guerrita, lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.

Va siendo hora de salir de las dichosas catacumbas.

  • Javier Junceda es jurista y escritor
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