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En Primera LíneaJavier Junceda

Chupetes para adultos

La velocidad con que ha contaminado a nuestra sociedad la estupidez y el infantilismo es de las que hacen época

Les supongo enterados de los chupetes para adultos, que han llegado para paliar, según dicen, el estrés. Apuesto que algunos los emplearán para ir al trabajo o a tomar el vermú. Tras los matrimonios con uno mismo, o los sujetos que se abrazan a los árboles, ya tenemos entre nosotros el chupo para la gente mayor, al que seguirán pronto los biberones y el patito de goma. La velocidad con que ha contaminado a nuestra sociedad la estupidez y el infantilismo es de las que hacen época.

Esta inmadurez colectiva está poblando el planeta de individuos incapaces de comportarse con la responsabilidad que corresponde a la edad adulta. Y no se trata solo de una cuestión estética, que también: se ha generalizado la ausencia de autonomía personal, como advierte Keith Hayward, autor de un interesante ensayo sobre este problemón que no deja de crecer y que apunta a una cultura que trata como niños a los que hace tiempo han dejado de serlo.

Chupetes para adultos

El Debate (asistido por IA)

En esa burbuja infantiloide viven a diario millones de seres ya talluditos. Las redes sociales e internet lo potencian, configurando un imaginario de cartón piedra en el que nada puede haber desagradable, ni realidades que requieran tener que pensar. Ahora, los inconvenientes habituales de la existencia humana se tornan a menudo en preocupantes cuestiones de salud mental, cuando debieran de ser superados sin dificultades por cualquier mente adulta, por complejos que sean. Y qué decir del riesgo, enterrado bajo esa ahogante sobreprotección guiada por la idea obsesiva de la seguridad a toda costa.

Cada vez es más frecuente tropezarte con ciudadanos a los que les resulta imposible protegerse o discurrir fuera del pensamiento de grupo. De hacerse cargo de sus decisiones, cumplir con sus obligaciones o conducir sus vidas hacia un futuro razonable. Aunque la población envejezca a pasos agigantados, sus hábitos son en cambio más y más adolescentes, tanto en lo adjetivo como en lo sustantivo. Hemos creado comunidades donde es sencillo descubrir a ridículos nonagenarios enamorados de la moda juvenil, como cantaba Radio Futura. Donde universitarios se hacen acompañar por sus padres para revisar sus notas o donde se suspende poco para no disgustar. O, en fin, en el que los errores garrafales no tienen consecuencias, porque nadie está libre de poder equivocarse alguna vez.

Como no hay espacio exento a esta fatalidad contemporánea, la política madura, fundada en el debate cargado de argumentos, se ha tornado en otra basada en una pueril emocionalidad, plagada de eslóganes vacíos y peleas de patio de colegio. Los insultos se suceden de forma continua, en una pedestre dinámica de «y tú más» genuina de los años mozos. La actividad política ha dejado de ser algo serio o sustancial, a lo que antes se dedicaban quienes habían desarrollado otras tareas profesionales y por eso contaban con experiencias vitales dignas de aprovecharse en beneficio del interés general. Hoy se ha convertido en el objetivo de personajes sin demasiado oficio ni beneficio o que buscan en ella afianzar perfiles que no han sabido o podido lograr en sus desempeños previos. Esa política superficial la dirigen en la actualidad quienes conocen de sobra que sus destinatarios principales están inmersos en una infantilidad profunda, y por eso son conscientes de que solo consumirán aquellos contenidos acordes a esa penosa perturbación.

De esta delicada coyuntura tiene bastante culpa la educación familiar hiperprotectora, pero también una sociedad que ha dejado de fomentar como valor supremo la libertad y su correlato, la responsabilidad. Ese determinante lugar ha sido sustituido por el Gran Hermano orwelliano y sus ojos que todo lo ven pero solo para controlar que adoptemos sin disidencias conductas inmaduras. Como sucede en la etapa infantil, los juegos y lo instintivo, y sobremanera lo que huye de la reflexión serena, ocupan el sitio que debiera presidir la lectura, la lógica o el conocimiento, desplazados en infinidad de casos.

Vivimos en una creciente infantilandia. En el escenario idílico para colocar al personal productos a granel en este enorme parvulario colectivo en que nos hemos convertido. Y no demorará el instante en que seamos paseados en un carricoche por el parque, junto al perrito, siempre con nuestra pantallita en la mano y el chupete en la boca.

Javier Junceda es jurista y escritor

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