Los que nunca retornaron
No se han contado demasiado las memorias del fracaso, que no cabrían en la más grande de las bibliotecas. El porcentaje de estos desventurados con el viento de cara multiplica al de los que lo tuvieron a favor. Malvivieron donde llegaron, y apenas podían encontrar consuelo en la red solidaria tejida por los españoles allá
En el monumento al emigrante de la playa de Navia puede leerse esta bonita inscripción: «De cara a la gran aventura de las Américas dejaron su tierra y cruzaron el mar, iluminados por una eterna alborada de descubrimientos. Estas piedras son el homenaje permanente y entrañable de los que quedamos a cuantos emigraron y volvieron y a los que nunca más retornaron».
Alrededor de sesenta millones de europeos atravesaron el océano rumbo al nuevo mundo entre 1820 y 1930. Debieron de ser bastantes más, ya que estos datos están extraídos de censos nunca del todo fiables. Si aún hoy resulta complicado controlar al detalle los movimientos migratorios, imagínense entonces. En cualquier caso, se calcula que entre finales del XIX y el primer tercio del XX cerca de cuatro millones y medio de españoles se embarcaron hacia América desde nuestros puertos. Aunque Argentina y Cuba fueron los destinos principales, también Brasil, Uruguay, Venezuela y México concentraron la mayor parte de población emigrada. «Hacer las Américas» se convirtió en el principal objetivo de centenares de miles de españoles, no solo por las indudables posibilidades que brindaban las costas de acogida en términos laborales o empresariales, sino por la prolongada precariedad económica que aquí se padecía. Tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial volverían a zarpar esos vapores dirigiéndose a otras zonas, como el resto de las Antillas, Ecuador, Bolivia o Perú.
El Debate (asistido por IA)
De ese enorme contingente de expatriados, lograrían su propósito los que lo lograron. Se han relatado con insistencia las grandes historias del éxito indiano, las de los que regresaban ataviados con elegantes trajes blancos, dispuestos a plantar una vistosa palmera delante de su casona en el pueblo que los vio partir con una mano delante y otra detrás. Pero está por escribirse la otra crónica de los que nunca retornaron, que fueron muchísimos más.
A los que la suerte acompañó les estaremos siempre agradecidos, por su ejemplo de superación y generosidad, tan visible en iniciativas altruistas en sus lugares de procedencia, en forma de traídas de aguas, puentes, hospitales, asilos, escuelas o parques, cuando el Estado no estaba en condiciones de sufragarlo. También, por reclutar a sus paisanos para trabajar en sus exitosas iniciativas comerciales, agropecuarias o industriales en ultramar. O por trasladarlas aquí, como sucedió con unos célebres grandes almacenes que todavía siguen funcionando a las mil maravillas.
Sin embargo, no se han contado demasiado las memorias del fracaso, que no cabrían en la más grande de las bibliotecas. El porcentaje de estos desventurados con el viento de cara multiplica al de los que lo tuvieron a favor. Malvivieron donde llegaron, y apenas podían encontrar consuelo en la red solidaria tejida por los españoles allá, o cobijándose bajo el amparo de sacerdotes que hacían lo que podían para devolver a sus compatriotas la dignidad perdida. Al comprobar que el infortunio se cebaba inexorablemente con ellos, no pocos decidían incorporarse a un submundo atorrante que solía terminar en espantosos episodios de novela negra. A los de «la maleta al agua», como contaban a los suyos por carta para justificar sus desgracias en América, les persiguió la adversidad de por vida, teniendo que viajar al quinto pino para seguir instalados en la misma penuria. En las repúblicas de acogida, al naufragar, se les consideraba de la peor condición, por representar lo contrario de lo que los españoles estábamos acostumbrados a hacer en aquellas orillas, con potentes carabelas y galeones.
Los que tenían la fortuna de regresar se enfrentaban a un oprobio similar en las aldeas de donde salieron. Debían soportar la crueldad de los que no habían tenido lo que hay que tener para escapar, como ellos, de la pobreza. No es ninguna opción quedarse en un sitio donde no hay para comer, como leí por algún lado. Ni los animales lo hacen. En esas coyunturas extremas no cabe más alternativa que buscarse la vida fuera, como hicieron tantísimos valientes españoles, hayan tenido buen o mal fario donde acabaron.
De ahí que aún les debamos un emocionado tributo y un sentido recuerdo a esa legión de desdichados emigrantes que no triunfaron en América: los que nunca retornaron. Son tan héroes como los que lo consiguieron, sin duda alguna.
Javier Junceda es jurista y escritor