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Uno de los nuestros

Pucho Boedo convirtió la alta poesía en una gran celebración popular y llevó por los escenarios de medio mundo el orgullo de la Galicia de los barrios

Este domingo se celebra en Coruña un gran homenaje a Pucho Boedo. El crooner del fin del mundo, como lo bautizaron con puntería en un documental. Pucho es uno de los elegidos que cuentan con dos monumentos en la ciudad. Uno está en la plaza de Azcárraga, bajo un glorioso magnolio de raíces nudosas. El otro se levanta, por supuesto, en su Ventorrillo natal.

En la Ciudad Vieja vemos al cantante de perfil, con una silueta casi monárquica. Podría ser la efigie de una de aquellas monedas de 500 pesetas que parecían doblones y que los parroquianos hacían restallar sobre la barra del bar como proclamando: cóbrame lo de esta gente. En su barrio, Pucho se aparece de cuerpo entero. Micrófono en ristre. Y, como telón de fondo, un colorido mural con su rostro. Desde allí otea sus paisajes nativos de la Silva.

Esta reivindicación de la voz de Los Satélites y Los Tamara, que ha promovido con entusiasmo El Ideal Gallego, ha abierto un debate muy atractivo. El siempre inquieto Xurxo Souto ha propuesto que se le dedique a Pucho Boedo el Día das Letras Galegas. El vocalista fue sin duda uno de los salvavidas a los que se aferró el idioma en los tiempos duros. Boedo cantó en gallego en el Olympia de París y llevó a los escenarios de medio mundo los versos de Curros, Pondal y Rosalía. ¿Por qué no puede tener nuestro Sinatra del Ventorrillo su 17 de mayo?

A algunos se les han abierto las carnes solo de imaginarlo. Son los mismos que se proclaman los legítimos —y únicos— propietarios de la lengua en particular y de la cultura gallega en general. Estos soporíferos popes odian la Galicia industrial y urbana. Los bloques de ocho pisos de la ronda de Outeiro no encajan en ese reino imaginario con el que sueñan. Viven ensimismados en su legado medieval y eternamente resentidos con un memorial de agravios que recitan en bucle como si repasasen la lista de la compra en los pasillos del Gadis. Quieren resucitar una sociedad rural que en realidad nunca ha existido como ellos la recuerdan. Y en esa quimera ruralista no hay sitio para los barrios.

La estatua y el mural que homenajean a Pucho Boedo en O Ventorrillo

La estatua y el mural que homenajean a Pucho Boedo en O VentorrilloEL IDEAL GALLEGO

Por eso Pucho Boedo resulta tan incómodo. Porque es uno de esos miles de niños que crecimos en el extrarradio de Coruña y Vigo. Uno de los nuestros.

Convirtió la alta poesía en una celebración de arrabal. Un pecado que jamás perdonarán quienes prefieren una cultura de vitrina con bolitas de naftalina. Jibarizada, reservada para un selecto club de entendidos, que se mantenga siempre bajo el control de sus vetustos gurús y en la que se puedan repartir sin interferencias cargos, premios y prebendas. No quieren que les muevan los marcos.

Así que, aprovechando que el Monelos pasa por Cuatro Caminos, y que mañana Coruña llenará el Palacio de la Ópera para rendir tributo al colosal Pucho, quisiera sumarme a la propuesta de Souto e ir más allá. Dediquemos un Día das Letras al gran triunvirato de la canción gallega: Pucho Boedo, Ana Kiro y Andrés do Barro.

Creo que esa fiesta de la literatura que se inventó Paco del Riego se reconciliaría así con una sociedad que no siempre entiende ni comparte las exquisiteces y elitismos de la Academia, empeñada en demasiadas ocasiones en rumiar sus rarezas y en alejarse de los genuinos defensores del idioma. Porque está muy bien que se facturen sesudas tesis doctorales sobre el infinitivo conjugado. Pero no basta con pontificar desde las capillas universitarias. Una lengua solo existe si se habla en la gasolinera, en la parroquia, en la fábrica y —por supuesto— en la discoteca.

Si Boedo, Kiro y Do Barro tuviesen su 17 de mayo, el acto central no podría ser la clásica ristra de discursos tediosos desde un atril con banderitas. Nada de paraninfos para los héroes de la periferia. El único homenaje a su altura sería una gigantesca verbena en el Ventorrillo. Pero no sé yo si los guardianes de las esencias estarán preparados para semejante rebelión de las masas.

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