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Sísifo en la ronda de Nelle

En este enero coruñés interminable, el titán con una piedra a sus espaldas no es un mito griego: es un señor anónimo que sube apurado la cuesta para no llegar tarde al trabajo

Galicia es una cuesta. La orografía gallega, con sus subidas y bajadas constantes, es la secuela que nunca nos contaron de esa leyenda según la cual las rías son la huella que dejó Dios cuando, al séptimo día de la Creación, se echó a descansar y apoyó su mano —no sabemos si la izquierda o la derecha— sobre este pedazo de la Tierra. Para mí que, al levantarse de su divina cabezada, sin querer, arrugó el mapamundi y a Galicia le salieron todas estas chepas y jorobas.

Algo de todo esto debió intuir Adolfo Domínguez cuando dijo aquello de que la arruga es bella. En principio, pensamos que se refería a la ropa sin planchar. Pero enseguida entendimos que también hablaba de las pieles añejas. La prueba es que los pliegues de Galicia tienen una hermosura de 300 millones de años.

En el laberinto de ese paisaje desplanchado, me fascinan los relieves urbanos. No tienen la fama de las cordilleras y colinas, pero con su modesta elevación ponen la ciudad más cerca del cielo. Por eso, justo ahora, cuando enero se eterniza en el almanaque con su agotadora cuesta de facturas y pagos a plazos, es el momento de reivindicar las ondulaciones coruñesas.

Así a lo lejos, la ciudad engaña bastante. Se antoja mucho más plana de lo que es. Porque si huimos de eso que llamamos, a bulto, el centro, empiezan a aparecer repechos por todas partes.

Ronda

Calle ronda de Nelle, en La Coruña

Qué decir de Monte Alto, donde los niños no aprenden a jugar a las canicas porque no encuentran un trozo de tierra lisa ni a patadas. Ya me gustaría ver a los del Tour de Francia entrenando en Santa Teresa, la rampa del Matadero o Santo Tomás. Al Tourmalet del 15002 —la calle Faro— los ciclistas no se asomarían ni con bici eléctrica.

Entre mis despeñaderos favoritos está Julia Minguillón, en Peruleiro. Un pequeño Himalaya al que incluso le han puesto un pasamanos para que los vecinos puedan agarrarse y no salgan rodando ladera abajo. O la Amargura, en la Ciudad Vieja, que en invierno los montañeros más experimentados acometen armados de piolet y botellas de oxígeno.

En medio de este inventario de declives, escalo estos días la ronda de Nelle y veo cómo todos llevamos a caballito nuestra cuesta de enero. Me imagino a Sísifo como un señor de la Falperra que trepa por la ronda, apurado para no llegar tarde a la oficina, y que ve cómo la piedra que lleva a la espalda cae hacia Cuatro Caminos. Hasta que, al día siguiente, la vuelve a cargar e inicia de nuevo su ascenso. A mí, más que el Sísifo trágico de los griegos, me gusta el Sísifo cotidiano de Camus, que nos enseñó que había que imaginárselo feliz con su tarea.

Quería escribir esta columna sobre esos Sísifos corrientes y molientes —que son los verdaderos titanes— y me fui a la prosa de Malcolm Lowry, a buscar esa frase donde describe el instante en que el cónsul británico de Bajo el volcán, borracho perdido, se estampa contra la acera. Es uno de los momentos estelares de la historia de la literatura: «De pronto, la calle Nicaragua se alzó para salir a su encuentro».

Y entonces me di cuenta de que, por segunda vez en una semana, la calle Nicaragua también salía a mi encuentro —afortunadamente, no para estrellarse contra mi cara—. Primero en aquella cita que emocionaba a Borges porque aparecía esa vereda de Buenos Aires. Y ahora en la cuesta mexicana de Bajo el volcán. Regresé así a nuestra calle Nicaragua, una de las pendientes más pronunciadas de Coruña, y recordé aquella noche de hace muchos años en que unos amigos dejaron su coche aparcado frente al Finita for you. Olvidaron poner el freno de mano y, al salir del pub, descubrieron que el Seat había decidido bajar él solo hasta Juan Flórez.

A las palabras a veces les pasa lo mismo. Si olvidamos ponerles el freno de mano, cobran vida propia y se largan cuesta abajo por este artículo inclinado, en el que van resbalando y juntándose ellas solas a su aire. Hasta que, de pronto, en el párrafo final, la calle Nicaragua se alza para salir a su encuentro.

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