Luz de enero
El sol del invierno proyecta sobre Coruña unas sombras larguísimas, en las que
nos vemos estilizados dentro de una silueta falsaria que niega los michelines ganados a pulso en las benditas comilonas navideñas
Cuando estos días asoma el azul del cielo, se despliegan sobre Coruña las sombras más largas del año. Uno puede plantarse al pie de la Torre de Hércules, que mide sesenta metros, y, si se pone a nadar a lo largo de su proyección sobre el océano, llegará tranquilamente a la bahía de Dublín. Al final, no es que en Irlanda haga mal tiempo, sino que va para dos mil años que les damos sombra con nuestro faro romano.
Esta gloriosa luz del invierno sale despedida de un sol bajísimo y timiducho, que casi no se atreve ni a amanecer del todo. Ese haz luminoso se desploma sobre nuestra esquina del mundo con una artillería de luz casi horizontal, como si el sol estuviese agazapado al final de las calles y nos disparase sus fotones a ras de suelo. Es una luz de zancadilla y, como los perritos falderos y los defensas lentos, busca siempre nuestro tobillo.
El sol de enero nos regala unas sombras dilatadas, que parecen trazadas a carboncillo sobre el granito dorado de los Cantones. Son unas proyecciones estiradas al límite, casi a punto de desprenderse de los objetos, en las que los paseantes nos vemos estilizados y esbeltos dentro de una silueta falsaria que niega los michelines ganados a pulso en las benditas comilonas navideñas.
Confieso que, al caminar por Coruña bajo esta luz formidable, espío de reojo ese contorno alargado que escupe mi cuerpo sobre las baldosas. No me fío de mi sombra. Temo que esos estiramientos sobre el empedrado de la calle Real no sean más que un amago. Una pura triquiñuela para pillarme desprevenido cuando a esa imagen oscura de mí mismo le dé por ejecutar su verdadero plan, que es escaparse y vivir a su aire, ajena a mis rutinas y manías.
Suena surrealista. Pero la huida de mi espectro no sería la primera de la historia. Ya le sucedió a Peter Pan cuando perdió su sombra en la casa de los Darling. Al reencontrarse con ella, primero intentó pegársela con jabón. No funcionó. Pan tuvo suerte porque Wendy se la cosió a los pies, aunque quedó algo arrugada de tanto arrastrarla por ahí. No fue tan afortunado Peter Schlemihl —parece que esto de perder la sombra es cosa de los Peter—, del que se contaba que un extraño personaje le había ofrecido una bolsa con una cantidad inagotable de dinero a cambio de su penumbra. Schlemihl aceptó el trato y, con su economía bien aseada, fue feliz durante un tiempo. Pero luego descubrió que un hombre sin sombra no es ni la sombra de lo que era. Y ya nunca la recuperó.
Por eso —aunque no me llame Peter— temo que ese perfil oscuro que me acompaña a todas partes caiga también en la tentación de la fuga. La culpa es de esta luz de enero. No tendrá el prestigio de la luz de agosto porque todavía no ha llegado un Faulkner que le ponga una novela, pero es mucho más sutil y delicada. Una pura filigrana frente a la ostentación plana del verano y sus sudores.
No sé si lograré retener conmigo a esta figura que me acompaña desde hace medio siglo. Por si acaso, siguiendo las enseñanzas de Wendy, le he dado unas puntadas de refuerzo en los talones y procuro alejarme de las ventanas, donde quedó atrapada la sombra de Pan, y de los hombres grises que la quieren cambiar por un saco de oro (como le ocurrió a Schlemihl).
Así vuelvo a pisar las calles de enero entre siluetas interminables. Y cuando veo este fabuloso espectáculo de sombras infinitas sobre las aceras y los muros de Coruña, me imagino que, allá arriba, está Dios sentado a horcajadas sobre el sol. Desde su taburete galáctico va cortando a mano, con una navaja afiladísima, cada uno de los rayos de luz que lanza estos días sobre la Tierra.