La fiesta continúa
Nuestro modelo de estado social y de derecho se está rompiendo por todas sus costuras. Nos dicen que se avizora un nuevo orden mundial que puede arramblar con instituciones que hasta no hace tanto tiempo creíamos inamovibles
En Mallorca existe una expresión que a menudo se utiliza para dar largas a la gente, posponer una cita o un trabajo: Passat festes. (Pasadas las fiestas). Se trata de una versión un tanto especializada del típico Ja ho veurem (Veremos) expresión que para los nativos del lugar -ya vamos quedando pocos- significa sencillamente una cortés negativa. Pero en esta isla el día posterior a la fiesta de los Reyes Magos no clausura en modo alguno el ciclo festivo de invierno: quedan dos santos muy importantes que festejar: san Antonio Abad en la Part Forana (fuera de Palma) y san Sebastián en la capital.
Ahora mismo, nos guste o no, tenemos por delante trece días de jolgorio a cuenta de un santo eremita y un canonizado centurión romano que murió acribillado a flechazos. Es el momento de los diablos mediterráneos sin distinción de género, la eclosión de la gastronomía ancestral -las típicas espinagades de sa Pobla fueron no hace tanto un plato exclusivamente local- la epifanía de la carne de cerdo, las fogatas y la pirotecnia.
Nadie diría, vive el cielo, que la situación económica y social transcurre por veredas que bordean el abismo. Cruz Roja informa que en Baleares hay más de 21.000 personas que reciben ayudas para obtener alimentos. Y un informe reciente advierte de que nada menos que 233.000 personas están en claro riesgo de exclusión social. La precariedad se ha enseñoreado del día a día de muchos ciudadanos que, incluso teniendo trabajo, no pueden llegar a fin de mes sin ayuda exterior. Uno no puede dejar de preguntarse cómo es eso posible en un país que, según presume Sánchez, disfruta de la economía más boyante de toda la Unión Europea.
La precariedad se ha enseñoreado del día a día de muchos ciudadanos que, incluso teniendo trabajo, no pueden llegar a fin de mes sin ayuda exterior
La realidad es tozuda y ninguna propaganda política puede ocultarla: es lo que nos ha traído la globalización. El progresivo deterioro de la antes próspera clase media, la muerte inevitable del pequeño comercio, los salarios bajos, el pavoroso problema de la vivienda -que el actual Govern intenta paliar por todos los medios tras las dos legislaturas comandadas por la izquierda, durante las cuales nada se hizo en ese sentido- la escalada progresiva de la cesta de la compra, todo ello ha dibujado un panorama de incertidumbre que atenaza a los colectivos sociales más vulnerables: la juventud, sumida en la desesperanza, y la tercera edad, que intenta sobrevivir con unas pensiones muy bajas y unos servicios sociales cada día más deteriorados.
Los expertos -yo no lo soy, solo aspiro a ejercer de cronista en un entorno que progresivamente me cuesta más entender- apuntan que estamos al final de una era y al comienzo de otra. Nuestro modelo de estado social y de derecho se está rompiendo por todas sus costuras. Nos dicen que se avizora un nuevo orden mundial que puede arramblar con instituciones que hasta no hace tanto tiempo creíamos inamovibles. Incluso el Rey -cuyos discursos, no lo olvidemos, son supervisados, cuando no dictados, por el Gobierno- nos advierte de que percibe «una sensación de amenaza».
Pero en Mallorca, ya ven, el duro invierno es una fiesta continua. Con los bolsillos expoliados por una fiscalidad casi confiscatoria, buscamos los últimos euros que quedan en el fondo del cajón de la cómoda y nos escapamos a un mundo poblado por criaturas de cartón piedra. Sin tratar de saber qué nos pasa y por qué nos pasa, nos sumergimos en unas fiestas que, para más inri, están perdiendo poco a poco su carácter ancestral para convertirse en el reflejo de lo que somos: una sociedad narcotizada y desorientada que practica un Carpe Diem que tiene poco de reflexión y mucho de anestesia colectiva.
Yo es que ya lo tenía escrito: los que ahora mandan en el mundo -¿quienes son?- nos quieren pobres, pero no miserables. No sé quiénes, pero sobreviviremos.