Carmelo Rodero, junto a sus hijas; María, que ejerce como responsable comercial, y Bea, enóloga de la bodega
La historia de Carmelo Rodero: de trabajar como pastor a los 10 años a producir el mejor vino tinto crianza
Detrás de una de las bodegas más emblemáticas de Ribera del Duero se esconde el esfuerzo y la tenacidad de un hombre que siempre creyó en el potencial de la tierra y en sí mismo
María y Beatriz Rodero pasaron su infancia entre viñedos y, de algún modo, su destino ya estaba escrito desde que su padre Carmelo fundó en 1991 una bodega en la zona de Pedrosa de Duero (Burgos). Las dos hermanas nos citan en el restaurante Vinology de Madrid para recordar sus orígenes y relatar una historia escrita con tinta de uva. «Mi padre era el mayor de tres hermanos y decidió dejar la escuela. Después de que se marchara el pastor, tenía que echar una mano y él encantado de la vida. A día de hoy, me dice que la escuela no le gustaba nada. Le gustaba el campo. Y empezó con diez años con las ovejas. Era gente muy humilde con pocos recursos económicos en un pueblo en el que la actividad principal era la agricultura y de secano, básicamente cereal», declara María, directora comercial de Carmelo Rodero.
Recuerda que la familia siempre iba justa de dinero y con 13 años, Carmelo le propuso a su padre comprar una máquina para hacer alpacas. «Dos años más tarde se marchó a Aranda y ahí empezó sus primeros negocios con máquinas trabajando horas y horas. Comenzó con la parte de la paja que le dio una rentabilidad muy buena y fue invirtiendo esos ahorros».
Con las pequeñas viñas que tenían Carmelo Rodero comenzó a abastecer a algunas bodegas vallisoletanas, entre ellas Vega Sicilia y Protos. «Mi padre dijo si con mis uvas se hace Vega Sicilia, yo seré capaz de hacer un buen vino». Cuando obtuvo la liquidez suficiente para comprar la maquinaria, Carmelo y su mujer Elena hicieron su primer vino en 1989. «Ha sido poquito a poquito, una carrera de fondo. Ahora todo el trabajo anterior está dando su fruto», declaran.
Beatriz Rodero
Con 170 hectáreas de viñedo en el corazón de Ribera del Duero y repartidas en diferentes pueblos aledaños a Pedrosa, hoy es una de las pocas bodegas que elabora el cien por cien de los vinos por gravedad. En concreto, se trata de un método tradicional que evita el uso de bombas y mangueras en el proceso de vinificación. Este enfoque minimiza el daño en las uvas y preserva sus características naturales, haciendo que el vino final sea una representación fiel del fruto y del terroir.
Vendimia de Carmelo Rodero
Los viñedos de tempranillo, cabernet sauvignon y merlot se extienden a una altitud de 840 metros hasta los 910 metros sobre el nivel del mar, a través de varios pagos seleccionados. Esta diversidad geográfica es clave en la creación de unos vinos con el sello de su terroir, lo que se traduce en una mayor complejidad.
La producción hoy ronda las 950.000 botellas, tal y como explica María Rodero y cerca del 70 por ciento se destina al territorio nacional, aunque sus vinos también viajan fuera de nuestras fronteras, con especial presencia en Latinoamérica y zonas como México o República Dominicana.
El vino Carmelo Rodero Crianza fue galardonado con el premio especial al Mejor Tinto de Crianza en la Guía Gourmets 2025. Este vino presenta un atractivo color rojo cereza con delicados tonos rubí. En nariz ofrece una armoniosa combinación de notas afrutadas de la uva tempranillo, complementadas por los elegantes matices de su crianza en barrica. En boca es goloso, de cuerpo medio y taninos dulces, culminando en un posgusto largo y persistente que deja una impresión duradera.