Desde la retaguardiaMiquel Segura

Reflexión en el umbral de la Navidad (Otra)

Mis nietos menores -que ya son bastante mayores- me preguntarán este año por Franco, al que han descubierto gracias a la campaña de promoción que le ha hecho la izquierda

Este columnista regional también tuvo sus navidades. Recuerdo las de mi infancia y adolescencia con un cariño muy especial y una nostalgia abrumadora. Mi padre anotaba en estas fiestas tres citas ineludibles: la feria de sant Tomàs, en Sineu -negocio y placer en acertada combinación- la visita a Palma para comprar el turrón y los dulces -siempre el 22 de diciembre- y el día gozoso en que me llevaba al circo -en el teatro Balear, hoy de nuevo de plena actualidad- que en Mallorca y en aquel tiempo llamábamos ses títeres.

Nunca he podido olvidar la cara de felicidad de mi padre al llevarme a la mítica tienda de can Garcia a comprar los turrones elaborados en su propio obrador. La familia descendía de Valencia y se estableció en Palma, convirtiéndose en los turroneros de las familias de clase media alta. El pequeño establecimiento brillaba como un ascua de luz. La señora despachaba tras el reluciente mostrador, alicatado con baldosas relucientes. Había espejos por todas partes y pequeñas vitrinas que contenían las más increíbles exquisiteces. Papá llegaba de hacer sus recados profesionales mientras mi madre hacía cola. Llevaba un abrigo de tweed y un sombreo de ala ancha. Sonreía mientras me contaba que aquel año tampoco nos había tocado el Gordo pero que no nos hacía ninguna falta porque éramos muy felices.

Las navidades con mis hijos ya fueron diferentes, aunque también dichosas. Mientras vivieron los abuelos se mantuvo la liturgia de la mesa familiar el día de Navidad. Lo de la cena de Nochebuena es en Mallorca una tradición foránea, importada por la mixtificación de nuestras viejas costumbres bajo los auspicios del gordinflón vestido de rojo que nos impusieron desde el Norte. Al faltar los viejos patriarcas celebrábamos la tradicional comida en nuestra casa de la costa. Era un banquete con cuñados, ahijados y sobrinos. Yo preparaba unos sobres con aguinaldos para todos. Junto a los billetes de banco incluía notas o pequeños poemas. Mucho más tarde en el tiempo llegarían las celebraciones navideñas lejos de Mallorca. Recuerdo una -la de 2011- que pasamos en la embajada de Santo Domingo, donde mi hijo fue embajador. Palmeras sustituyendo a los abetos y baile para los más jóvenes. Y la nostalgia ya como invitada a la que no se espera pero que siempre llega.

Lo de la cena de Nochebuena es en Mallorca una tradición foránea, importada por la mixtificación de nuestras viejas costumbres

Ahora todo se reduce al banquete del día 25, con ausencias notables y una liturgia muy poco navideña, lo cual también tiene su lógica. Mis nietos menores -que ya son bastante mayores- me preguntarán este año por Franco, al que han descubierto gracias a la campaña de promoción que le ha hecho la izquierda, con don Pedro el Crispado al frente y el helicóptero como telón de fondo. Antes ni siquiera sabían de su existencia -de la de Franco, que al todavía inquilino de la Moncloa lo tienen hasta en la sopa de menudillos. Les interesa saber si el general africanista hizo algo bueno en los 40 años en los que fue el dictador de España. Sospechan que sí porque sus profesores y profesoras -progresistas ellos, empoderadas ellas hasta más no poder- les hablan de un monstruo asesino y de una época en la que faltaba de todo. Y los chicos, que no son tontos, no se acaban de fiar.

Este año, lo prometo solemnemente, trataré de hablar de temas más agradables. Me gustaría evocar la larga etapa de mis navidades felices, pero me temo que me vean como el abuelo Cebolleta contando sus batallitas y busquen en el móvil la respuesta a sus interrogantes. Por mi parte, no haré preguntas, señoría.

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