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Mario de las Heras

A Raúl del Pozo solo le entendíamos a medias

Siempre quedaba algo por descubrir en las letras de la leyenda de los escritores de periódicos que nosotros ya sabíamos que era o queríamos que fuera

Yo tenía un amigo, lo tengo aún, que conocía a Raúl del Pozo. Entonces hablábamos mucho de él. Quiza un poco al estilo de cómo hablaban los que se emocionaban con Dylan en los primeros tiempos del futuro Nobel de Literatura (quién se lo iba a decir).

Entonces Del Pozo ya tenía una edad (rondaría los 70, aunque no llegaba) y ya estaba hecho, no como el Dylan de cuando hablo, que era el misterio que siempre pretendió ser (y sigue siendo). En la mejor serie de televisión de la historia, el Quijote de las series, Mad Men, uno de sus protagonistas decía que sentía iluminarse el mundo al escucharle cantar. O algo parecido.

Raúl del Pozo, en una imagen de archivo

Raúl del Pozo, en una imagen de archivoEuropa Press

A mi amigo y a mí no se nos iluminaba nada con las columnas y crónicas parlamentarias de Raúl del Pozo porque solo las entendíamos a medias. Y eso era lo bueno: siempre quedaba algo por descubrir en las letras de la leyenda de los escritores de periódicos que nosotros ya sabíamos que era o queríamos que fuera.

Ese no entender era la clave. Porque él ya había llegado a la cumbre y nosotros merodeábamos por sus alrededores como aspirantes a alpinistas por el campamento base buscando entre los restos o los rastros y los objetos de sus triunfos: un columnista que había escrito novelas, y buenas, y que a pesar de su corbata imprescindible venía de lugares no tan sedosos, pero igualmente imprescindibles.

Raúl del Pozo era entonces lo suficientemente mayor como para haber vivido la época dorada del Gijón y para haber sido nosotros mismos observando a Raúl del Pozo, pero observando a González Ruano sin que nosotros, por el momento, seamos el Raúl del Pozo que una vez observó a Ruano. Raúl del Pozo había conocido a Ruano y eso ya era como si llevara con él su aroma.

Mi amigo le conocía por haber ido directamente en el periódico a saludarle. Yo nunca me atreví a tanto ni tampoco sentí el impulso de hacerlo. Mi amigo incluso le pasó algunas de sus cosas. Y luego mi amigo me decía, imitando a la perfección su tono y su voz característica, lo que le había dicho.

A mí me bastaba con observarle las contadas (dos) ocasiones que le vi. Una vez Raúl del Pozo recorría un pasillo y mi amigo le saludó. Y yo estaba con él. «Qué hay, chaval», le dijo, y no recuerdo lo que contestó, pero un momento después yo estaba dándole la mano. Era el tiempo en que uno empezaba y todo conocimiento, por efímero que fuese, era una hazaña que contar.

Y luego seguimos leyéndole como siempre y entendiéndole no del todo, aunque cada vez un poco más y, lo que es mejor, comprendiendo que no había que entenderle como a cualquiera, sino como a Raúl del Pozo a quien, al principio de todo, uno le recordaba de la televisión y las tertulias y de sus querencias de izquierdas y resultó que además era un escritor magnífico.

Dejamos de hablar de Raúl del Pozo cuando ya podíamos entender a Raúl del Pozo sin entenderle y siempre aprender de él a escribir. Sobre todo aprender. Mi amigo seguía imitándole al hablar de vez en cuando como quien imita orgulloso a un ídolo y a mí me hacía gracia.

Y algo más que gracia (más bien emoción ahora que lo recuerdo) me hizo el día, el segundo y el último que le vi en persona, al cruzarme con él en la calle (en El ruido de la calle), cerca del periódico, y no me atreví a saludarle mientras le veía pasar cuando, cuando ya me arrepentía de mi insoportable timidez, le escuché decir: «Qué hay, chaval».

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