Desde la retaguardiaMiquel Segura

El cierre de la mercería de doña Ángela: la puntilla

Era la Palma húmeda, un poco sucia, oscura en los días invernales, que tenía algo de embozada. El buen hacer profesional cubría, como un manto, un miedo impreciso

La desaparición de la mercería Ángela -excelente el reportaje publicado en «El Debate» por Mayte Amorós- es algo más que el cierre de otro comercio emblemático, tema recurrente en la prensa mallorquina de los últimos años. Se trata, sin duda alguna, de la puntilla definitiva al mundo de los botiguers de ascendencia conversa que medio siglo atrás, y desde mucho antes, dominó las relaciones comerciales en lo que hoy denominamos el «centro histórico de Palma». Yo conocí bien ese mundo, un pequeño universo de mayoristas, joyeros, engastadores y grabadores que latía en un espacio relativamente reducido: la confluencia del Call Major (Judería Mayor) y el Menor, cuya «frontera» urbana marcaba la calle Colón. Desde finales del siglo XVII -el antepasado de Miquel Aguiló compró la mercería a la Inquisición en 1685, seis años antes de «Sa Cremadissa», (El Auto de Fe en el que fueron condenados y ajusticiados un gran número de criptojudíos mallorquines) - el mundo del comercio chueta había permanecido prácticamente inalterable. El centro de Palma fue, hasta el inicio del siglo XXI, un bullicioso zoco en el que artesanos y comerciantes desarrollaban una intensa actividad. Era una zona peculiar -en el mismo corazón de Palma- que fascinaba a los visitantes que se topaban, de repente, con un paisaje humano y urbano que les retrotraía cientos de años en el tiempo. Era la Palma húmeda, un poco sucia, oscura en los días invernales, que tenía algo de embozada. El buen hacer profesional cubría, como un manto, un miedo impreciso. La calle bullía de actividad -los aprendices, casi adolescentes, iban de un lado para otro trayendo y llevando los encargos- pero los negocios se hacían en voz baja, casi en silencio, como si los esbirros de la Inquisición pudiesen irrumpir todavía en los talleres o las tiendas.

A pocos pasos de la mercería que ahora ha cerrado, de la que mi madre era cliente habitual, estaba la pequeña oficina de don Bartolomé Cortés, mayorista joyero. Las dimensiones físicas de la misma no se correspondían con su importancia. Casi todas las joyerías de la zona se surtían en «Sa Societat», pues ese era el nombre que le daban los profesionales del gremio. Dado que las joyerías se agolpaban una al lado de la otra, era común acudir a don Bartomeu para que les suministrase un pedido «en condicional» mientras el cliente solicitante esperaba en el establecimiento. Yo he visto como una misma pieza «iba y venía» varias veces, de proveedor a minorista, siendo devuelta al poco tiempo al no realizarse la venta. En la calle Argentaria (Platería) había un grabador que tenía su taller en una especie de ático, casi un palomar, al que se accedía a través de una angosta y oscura escalera. Mi padre, condicionado por su sobrepeso, le llamaba desde la calle a grandes voces. Al poco tiempo un cesto de mimbre sujeto a un gancho y movido por una polea, bajaba hasta detenerse frente a sus propias narices. Ahí estaba el encargo solicitado o, caso contrario, desde allí era enviado al obrador. En la calle Jaume II, también en un altillo, estaba el taller de en Joan d'ets aros (Juán, el de los aros) que fabricaba con sus propias manos brazaletes de oro macizo de estilo mallorquín. Si sus descendientes tuviesen ahora una mínima parte del oro que pasó por las manos de Juan, poseerían una fortuna de las mayores de Mallorca.

Volviendo a la mercería de doña Ángela: cuántas veces no habré acudido a ver al bueno de Miquel Aguiló acompañando a personajes -la mayoría extranjeros, muchos israelíes- que querían conocer la

historia judía de la vieja Palma, comprobar que los chuetas no éramos una leyenda urbana, sino que existimos y tenemos un pasado que nos ensambla con tiempos remotos. Fotografiaban el enorme árbol genealógico de la familia Aguiló, en el que, en sus más tempranas ramas, figura el nombre no solo de Miquel sino de Nicolau, su hermano, que un día agarró sus bártulos y se marchó a Israel, llegando a ser rabino e iniciando una nueva prole con doce hijos y un número de nietos que nunca he conseguido retener.

Cierto: la Inquisición no nos venció, pero sí que lo está haciendo la globalización. Lo que no quemó el fuego lo arrasará el olvido.

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