Historia criminal del tapón unido a un cartón de leche
«Según una directiva de 2019, los tapones deben permanecer unidos para garantizar que se reciclen junto con el resto del envase. Como si fuéramos palurdos, oiga»
Tras llenar de «sopa» el depósito de la vespa en la gasolinera, aún me quedaban veinte pavos para llegar a fin de mes. Así que los invertí lo mejor que pude. Fui al badulaque de la esquina y pillé una bandeja de chopped, un bote de guindillas picantes, queso de sándwich, pepinillos en vinagre, pan de molde, bote de sucedáneo de zumo de naranja y cartones de leche La Vaquera. Definitivamente, lo que un hombre en épocas turbulentas necesita para subsistir.
En los 80, los muchachos y yo bebíamos a morro porque todos sabíamos que la leche, el fanta, el kas naranja, la schweppes limón y la casera cola sabían mejor bebiéndolas directamente de la botella al gaznate, sin pasar por el vaso duralex. Después, ya vacías, cortábamos la boca de la botella de plástico para fabricar tirachinas implacables. Aquello tiraba de lo lindo. Era la época de las rodillas llenas de costras, de las primeras pellas, de los vaqueros Rok con rodilleras.
Unas décadas antes, a finales de la década de 1950, un notas sueco llamado Ruben Rausing inventó el tetra-brik. Después de invertir una gran cantidad de dinero en su desarrollo, en 1963 se instaló la primera máquina de envasado en Suecia. Después, con los años, aquello se expandió por el resto del mundo. Nada que objetar, aunque la estética dejó mucho que desear.
Por su parte, el origen de la medida del tapón pegado a la botella mediante un artefacto homicida se encuentra en la legislación europea, y es que, según una directiva de 2019, los tapones deben permanecer unidos para garantizar que se reciclen junto con el resto del envase. Como si fuéramos palurdos, oiga.
Existen los criminales de guerra, los bandidos, los estafadores, los correvidiles o los gualtrapas. También los fartuscos, los cantamañanas, los robaperas, los papasfritas o los julays. Pues bien, si tuviéramos que visibilizar a todos estos sujetos en uno solo, este sería sin duda el autor intelectual del invento del tapón enganchado al tetra-brik o a la botella.
Denles tiempo a los esbirros de la dictadura del wokismo para que instalen ese oscuro mecanismo en los botes de champú, en los tarros de mermelada, en los potitos, en las cajas de tiritas o en las latas de mejillones en escabeche: entonces sí que nos echaremos unas risas. Legisla, tío, lo que sea, pero legisla. Hasta la decadencia final.
Cada vez que abro una botella e intento beber a morro y me clavo el puto tapón enganchado, y el líquido se desborda y se desparrama por mi bendita cara y por mi camisa hawaiana favorita, me acuerdo de que hay un canalla, un imbécil, un criminal en Bruselas que cobra por hacernos la vida imposible. En cuanto ahorre, el mes que viene, compraré un cortafríos y los ecos de mi victoria resonarán por todos los pasillos de la sede del parlamento europeo. Lo juro. Por lo más sagrado que lo haré.