Aventuras en un SancheskiÁlvaro García de Luján Sánchez de Puerta

Mañana ponen «Martes y Trece» por la tele

«Mañana por la noche cenaré las sobras de una civilización europea en decadencia»

A finales de los 80, gran parte de la vida se intuía a través de programas en viejos televisores Philips o Grundig que ya no existen, casi ninguno con mando a distancia. Poco años antes, salió el «Cojo Manteca» por esas mismas teles, destrozando mobiliario urbano con su muleta drogota. Hasta ahí hubo algo de épica. Escasa, pero eran otros tiempos, güey. Mientras, por la segunda cadena -aún no era La2-, Jimenéz del Oso siguió haciendo las delicias de algún «beatnik» de derechas, otros gualtrapas de izquierdas, y algunos otros apasionados, quizás confusos, como yo: por lo estrafalario. Aquella tele chusca, elegante y maravillosamente libre donde José Luis Balbín fue ley. Jiménez del Oso, según leí después, mientras grababa su programa -el show, le gustaba decir al maestro-, escondido bajo el estrado desde donde presentaba sus directos maravillosos, incorrectos y como del otro mundo, nunca faltó un gin-tonic fuera de cámara, mientras nos hablaba de cosas imposibles. Comparen con lo de ahora. Blanco y en botella. Así crecimos unos cuantos, antes de nuestra actual y aburrida dictadura bien pensante.

Por entonces, no había puntos violeta.

Por Navidad, cuando era niño, allá en los 80, bajábamos de Madrid en un Seat Ritmo 65L, atravesando por carretera un Despeñaperros de carril único para cada sentido, destino Córdoba, y por entonces nadie bebía Baileys: a no ser que fueras un verdadero gilipollas. Como bien me di cuenta poco después. Ya sabes.

Las Navidades -al próximo que me diga «Felices Fiestas», se lleva un gallifante- eran un sueño de polvorones indigestos, figuras de belén de plástico de clase media -que también te intentabas comer-, de Suchards liberadores, de carnes mechadas, de sidra El Gaitero, de mujeres bonitas engalanadas, y de algo parecido a la libertad. Quien lo probó lo sabe. No es fácil cuantificar el tiempo: porque eso es indirectamente proporcional a tomarse uno en serio. De hecho, es una estupidez. Pero así son las cosas. Porque, para varias generaciones, la Navidad de los 80 y primeros 90, era esperar ansioso el programa de «Martes y Trece»: cada año a las once, en Nochevieja, antes de las campanadas. Porque lo del discurso del Rey en Nochebuena, francamente, siempre nos dio un poco igual.

Millán Salcedo y Josema Yuste fueron los dos tíos de «Martes y Trece» con los que nos criamos. Antes de triunfar -y cómo- por la tele, se curraron salas de fiestas, boités, discotecas de mala fama, y diversos antros. Eran tan buenos que llegó un momento en que la vieja TVE no pudo si no contratarlos. Fueron la delicia políticamente incorrecta de un par de generaciones -como si eso fuera tan fácil- cuando todo era mejor. Porque lo fue. Su entrevista en directo a Madonna -búsquenlo, se lo recomiendo- lo demuestra. Déjense mecer por los vaivenes de lo políticamente incorrecto.

No, mañana en Nochevieja no estarán «Martes y Trece» con nosotros, como aquellas noches de finales de los 80, para reírnos de lo miserables y benditos que somos; para reírnos de nosotros mismos, por muy cabrones que fuéramos. Porque mañana miércoles, día de Nochevieja, nos impondrán un supuesto y único modo de vivir, en el cual ni usted ni yo podamos echarnos unas risas. Porque ni siquiera de nuestras miserias nos dejan reírnos. Ahora, que es cuando más necesitamos chistes de mariquitas, de gangosos, y de cornudos. De nosotros mismos, al fin y al cabo. Pues nada. Que no.

Les voy a contar un secreto en voz alta. Solo porque es casi Nochevieja. Mañana por la noche cenaré las sobras de una civilización europea en decadencia, brindaré solo con una botella de Tío Pepe -o C.B-, y veré por Youtube una docena de aquellos viejos sketches incorrectos de «Martes y Trece», perpetrados por la mejor de las vidas posibles y punibles. Y, a quienes no les guste, a aquellos que quieran censurar por ver y pensar sobre lo supuestamente indebido y con su poquito de delito de odio, que arree. Porque se les acaba el tiempo. Y mientras, ya de paso, nos echamos unas risas.

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